Una defensa de la libertad | Antonella Marty

No quiero creer, quiero saber.

CARL SAGAN (1934-1996)

 

Son innumerables las contiendas a las que hoy se confronta la libertad, que está amenazada por los peligrosos artilugios de tendencias como el socialismo, el estatismo, el populismo, el conservadurismo, el nacionalismo, la izquierda, la derecha y otros tantos instrumentos que se exaltan y encariñan ante el bosquejo de la masa y ante toda pretensión colectivista, aniquilando cualquier vestigio de individualidad.

Los demagogos de nuestros países llegan al poder e instauran sistemas regidos por el populismo. ¿Por qué? Es que convergen determinados aspectos que pueden explicarnos, de algún modo, la geografía del populismo basada en un concepto místico del Estado grande, la necesidad del «enemigo del pueblo» en cada uno de los discursos populistas, la promesa del cielo en la Tierra, la presencia de una «verdad oficial» y el infaltable culto popular al exaltado líder carismático.

Es cierto que el populismo también tiende a adoptar un lenguaje nacionalista que le sirve para apelar al brote de los símbolos y las emociones de las masas, sumergido en una expresión o discurso de oposición constante, con epítetos que se transforman en instrumentos de descrédito recurrente, convirtiendo a los adversarios en enemigos que el populista «debe» erradicar, ya que representan una «amenaza» que pone en jaque los intereses del «pueblo» o una supuesta «voluntad popular», acto reflejado, tal vez, en uno de los interminables discursos de Hugo Chávez, cuando argumentó que «esto no es entre Chávez y los que están en contra de Chávez, sino que es entre los patriotas y los enemigos de la patria»: una y otra vez, bajo el populismo abunda la creación de identidades populares colocadas por el mismo caudillo redentor frente a todo lo que ponga en jaque su poder absoluto.

Bajo estos argumentos, el populista declara el deber moral de conquistar todas las instituciones de modo tal que «los enemigos del pueblo» no puedan regresar al poder, autoproclamándose una especie de ser o deidad infalible que desconoce lo que es el error, convirtiéndose en nuestro padre permanente al que todo debemos consultar y a quien siempre debemos pedir un permiso o bendición. «Tengo dudas en construir viviendas, porque te pedí tu apoyo y no me lo diste», expresó Nicolás Maduro, el narcodictador venezolano en un discurso público hace algunos años. Fiel traducción paternalista de un «te portaste mal, desobedeciste, ahora te amenazo y tendrás que soportar el regaño por no haber obedecido mis órdenes. Te quedaste sin dulce».

El populismo, que combina lo político con lo afectivo, finalmente acaba polarizando a la sociedad en polos antagónicos, devaluando la democracia en nombre de la mismísima democracia, rompiendo el orden institucional, criticando a los medios como base de la retórica populista y utilizando el poder como una herramienta personal para repartir recursos y hacer favores específicos con el fin de ganar votos. El populista busca encarnar la famosa figura del «hombre-pueblo», adoptando un perfil de tipo cuasi religioso.

El populismo, ya sea de izquierdas o de derechas, es siempre hostil al liberalismo y a los principios liberales basados en las libertades civiles, la división de poderes y la pluralidad de voces, algo que nos deja en claro que siempre, sin excepciones, el populismo es profundamente antiliberal y representa una dinámica antidemocrática de ejecución del poder político. En palabras de Steven Pinker, en su obra En defensa de la Ilustración (2018): «El populismo se presenta en versiones de izquierdas y de derechas, que comparten una teoría popular de la economía como competición de suma cero: entre clases económicas en el caso de la izquierda, entre naciones y grupos étnicos en el caso de la derecha […]. En cuanto al progreso, olvidémonos de él: el populismo mira hacia atrás, a una época en la que la nación era étnicamente homogénea, prevalecían los valores culturales y religiosos ortodoxos, y las economías eran impulsadas por la agricultura y las manufacturas».

Todos estos sistemas populistas, que aparecen con promesas de mejoras que jamás han cumplido, llegan al poder en sistemas donde se avizoran fragilidades institucionales, donde el ascenso al poder se puede configurar como un rechazo directo a la dirigencia política tradicional y puede capitalizar el descontento de la gente, convirtiéndolo en una lógica que construye al pueblo como una entidad homogénea, lleva la gestión hacia la concentración del poder absoluto, somete a los demás poderes estatales, utiliza el nombre de la ley como un mecanismo para autolegitimarse cuando ya han perdido toda legitimidad, forja gobiernos autoritarios que nos muestran que el populismo puede nacer mediante la democracia y las vías electorales, utilizando las elecciones como un trampolín al poder y como base de legitimidad inicial, pero a la larga el populismo sólo sobrevive por y mediante la fuerza.

Ernesto Laclau, en su obra La razón populista, describe el populismo como una clara estrategia discursiva de construcción de una frontera política que divide a la sociedad en dos. Chantal Mouffe, filósofa y politóloga belga, también exponente y promotora de los regímenes populistas, explicó en su libro Por un populismo de izquierda que el populismo no es una ideología ni un régimen político, sino un modo de hacer política que puede adoptar diversas formas ideológicas en función del movimiento y del lugar. A su vez, Mouffe argumenta a favor de su preferencia populista de izquierda, amparándose en que el populismo de izquierda busca recuperar la democracia con el fin de profundizarla y ampliarla (algo que jamás ha sucedido bajo ningún tipo de populismo, ni de derecha ni de izquierda, ya que la tendencia es caer en el profundo hechizo que genera el poder en el caudillo amante de los aduladores). Mouffe insiste, por supuesto, en que la estrategia populista busca unificar las demandas democráticas en una voluntad colectiva para construir un «nosotros», un «pueblo» capaz de enfrentar a un adversario común. Éste es el pensamiento de los exponentes del populismo y de los políticos populistas que tanto abundan, al estilo de Cristina Fernández de Kirchner, Hugo Chávez, Jean-Luc Mélenchon o Íñigo Errejón. Todos estos personajes de izquierda y sus olas de fanáticos encajan en aquella descripción que el maestro Carlos Alberto Montaner dio años atrás: «La izquierda es el sector de la sociedad más interesado en la distribución que en la producción, es un grupo fanáticamente convencido de que el maná cae del cielo. Después de cierto tiempo, perpleja, descubre que ya no queda nada para distribuir y sale a apedrear la embajada de Estados Unidos».

El populismo es aquella política demagógica de algunos políticos y caudillos que no vacilan a la hora de sacrificar el futuro de una población por un presente efímero. Este populista, este ser providencial, esta nueva deidad que encarna al «pueblo», se coloca siempre por encima de las leyes y se basa en la movilización de un grupo de emociones y fuertes pasiones. Ésa es la cultura política del populista, siempre escudada en la distinción entre «ellos» y «nosotros».

Esta historia de altercados entre el poder y la libertad, entre el abuso y la libertad, pareciera asemejarse a una especie de ciclo que repetimos una y otra vez sin cesar, tanto en los países de habla hispana como a lo largo del mundo. Steven Pinker, en su obra ya mencionada En defensa de la Ilustración (2018), específicamente en su tercer capítulo, que hace referencia a las «contrailustraciones», señala cómo la segunda década del siglo XXI ha asistido al surgimiento de movimientos populistas que rechazan abiertamente los ideales de la Ilustración, y que son tribalistas en lugar de cosmopolitas, autoritarios en lugar de democráticos, desdeñosos hacia los expertos en lugar de respetuosos hacia el conocimiento, y nostálgicos de un pasado idílico en lugar de esperanzados respecto de un futuro mejor.

Cuantiosos gobernantes, incluso a sabiendas de los malos resultados a largo plazo de determinadas políticas, las ponen en práctica porque a corto plazo les ayudan a conservar el poder. Ésta pareciera ser la regla de la política iberoamericana. En realidad, un buen gobierno es, en pocas palabras, el que hace que no necesites de él, no el que te vuelve dependiente de él. Como bien lo sintetizó Thomas Jefferson en 1801 en su discurso inaugural, un gobierno sensato es el que intenta impedir que los seres humanos se agravien entre sí, y el que los deja libres para que organicen sus propias aspiraciones de trabajo y progreso.

De tal forma, a lo largo de nuestra región nos encontramos con fieles creyentes de aquella idea que, en cambio, sostiene que el Estado tiene que resolvernos la vida: darnos una vivienda digna, darnos un cheque a fin de mes, enviarnos una caja con alimentos, entre otros tantos disparates. Tenemos que empezar preguntándonos lo siguiente: ¿de dónde sale el dinero del Estado?, ¿hay tal cosa como el «dinero estatal»? En realidad, ese dinero no crece en los árboles, sino que puede salir de la emisión monetaria (que genera inflación), de la deuda (que nunca es buena y es uno de los pretextos latinoamericanos para seguir sumergidos en el populismo) y de los impuestos (que son un robo o un castigo al éxito). Y esto nos lleva a aquella famosa distinción que otrora hizo el sociólogo Charles Dunoyer cuando señaló que «existen en el mundo sólo dos grandes actores: los que prefieren vivir del producto de su trabajo o de su propiedad, y los que prefieren vivir del trabajo o de la propiedad de otros». Algunos generan riqueza (a duras penas en el caso latinoamericano ante la colosal burocracia y lo complejo que es poder abrir un negocio) y otros se apropian de esa riqueza producida. Ésa es, básicamente, la historia.

Tom G. Palmer escribió un importante artículo titulado «Los orígenes del Estado y del gobierno» (2012) en el que concluye con una reflexión vital acerca de qué significa ser libres: «Cuando meditamos acerca de lo que significa vivir como personas libres, nunca debemos olvidar que el Estado no nos concede nuestras identidades o nuestros derechos. La Declaración de Independencia de Estados Unidos afirma que “para asegurar estos derechos, se instituyen gobiernos entre los hombres”. Aseguramos lo que desde ya es nuestro. El Estado puede agregar valor cuando nos ayuda a hacer esto, pero los derechos en una sociedad preceden al Estado».

El liberalismo concibe que el método más efectivo a la hora de sacar a los individuos de la pobreza es a partir de la creación de riqueza, apostando por el libre mercado y dejando que cada ser humano utilice y explote al máximo su propio potencial.

El camino hacia un país exitoso se logra con esfuerzo, trabajo, responsabilidad y libertad, no con un gobierno más grande que busca imponer el éxito por ley mientras destruye las escaleras para alcanzarlo. No se puede progresar castigando la riqueza. Nuestros gobernantes insisten en que la pobreza se combate poniendo impuestos a la riqueza o con políticas de redistribución. La historia nos ha mostrado una realidad muy diferente. La libertad genera prosperidad y crea riqueza donde antes no existía, y eso se logra con talento, innovación e iniciativa privada, no a través del persistente saqueo gubernamental. Si queremos progresar no podemos continuar colocando la carreta delante de los bueyes.

Así y todo son cuantiosos los retos que avizoramos en el mundo ante un virulento y recurrente retorno populista. El gran desafío no es únicamente cómo elegimos a nuestros gobernantes, sino también cómo los contenemos para que no utilicen el poder de manera arbitraria, y cómo los sacamos del poder cuando, precisamente, sobrepasan aquellos límites que les planteamos.

En pleno siglo XXI, el populismo, al igual que otras tantas quimeras, continúa representando un peligro para la libertad. No importa el origen del que provengan los colectivismos, ya sea de movimientos conservadores, movimientos socialistas, de derechas o de izquierdas, siempre, tarde o temprano, representarán una vehemente amenaza a la libertad.

Los simpatizantes de la derecha no esconden su creencia de que, para ellos, existen «dictaduras menos malas» o «dictadores benevolentes». En América Latina abundan estos tipos de personajes que indebidamente se hacen llamar «liberales» mientras salen a defender a dictadores militares como Augusto Pinochet, quien hizo desaparecer y asesinó a disidentes chilenos de izquierda en la década de los años setenta del siglo pasado. Como bien lo ha dicho Mario Vargas Llosa, hay personas que creen que hay «dictaduras buenas» o que hay «dictaduras menos malas». La realidad es que las dictaduras son todas malas. En ningún caso, y en ninguna circunstancia, un liberal puede aceptar que una dictadura es tolerable. Todas las dictaduras son inaceptables. En palabras de Ayn Rand, de su libro Capitalismo: el ideal desconocido: «El asunto no es la dictadura de una “buena” pandilla versus la dictadura de una “mala” pandilla. El asunto es libertad versus dictadura». Ser anticomunista no te hace liberal.

A la hora de integrar los pilares de la libertad, corresponde hacer énfasis en sus materias decisivas: el comercio, la sociedad abierta, la libre empresa, la propiedad privada y la seguridad jurídica, por mencionar sólo algunos de los pilares más célebres.

Sin embargo, cabe aclarar que el liberalismo o «defender las ideas de la libertad» no significa únicamente enarbolar las banderas que hacen referencia a libertades económicas y, algunas veces, a libertades políticas. Eso es una parte sustancial de la materia, pero no es la totalidad de las vértebras que componen la columna liberal: hay mucho más.

El liberalismo va mucho más allá de basarse únicamente en libertades económicas que se refieren a la importante tarea de reducir la presión tributaria de un país, la reducción del gasto público, lo esencial de comerciar con el mundo, de tener mercados libres o de eliminar los terroríficos controles cambiarios o de precios. Lo mismo acontece con las libertades políticas: el liberalismo va mucho más allá de creer únicamente en la seguridad jurídica, la propiedad privada o en tener bien delineados los límites de quienes nos gobiernan. Todo esto es trascendental y vital, pero no es lo único que abarca el liberalismo.

Nuestras ideas también están cimentadas, históricamente y desde sus inicios, en las libertades individuales que, podríamos decir, descansan en tres notables pilares: primero, que todos somos iguales ante la ley; segundo, que, como menciona siempre la fantástica economista Deirdre N. McCloskey, mi libertad de mover mis manos termina donde comienza la nariz del otro, es decir, la base del principio de no agresión, y, tercero, que mis libertades o derechos no terminan donde comienzan los sentimientos de los demás. El liberalismo es, pues, una filosofía política que defiende el derecho a la libertad de todos los individuos. El liberalismo, que permite la vida contractual, es lo que hace florecer la convivencia pacífica, donde nadie busca imponer su voluntad a otro y donde impera el respeto mutuo. La vida liberal es una vida regida por contratos voluntarios.

Los liberales creemos que los seres humanos somos libres para vivir nuestras vidas como más nos guste mientras respetemos esa misma libertad en el resto de las personas. Un liberal sabe muy bien que su vida no le pertenece a nadie más que a sí mismo y que, además, tampoco es dueño de la vida de los demás.

Ser liberal es, parafraseando a Alberto Benegas Lynch (h), respetar irrestrictamente los proyectos de vida personales que cada ser humano tenga para sí mismo y para su manera de vivir su propia vida sin imponer una moralidad ni el mismo proyecto a los demás, dejando que cada ser humano persiga sus propios fines y sueños sin dañar a los otros. El liberalismo se asegura de que nadie más que tú tome decisiones por ti mismo. No te garantiza ni te asegura que tomarás las mejores decisiones, pero sí que serás tú quien las tome. El liberalismo se asegura de que seas un individuo, no un número más en el ordenador del gobierno ni «un ladrillo más en el muro» (tal cual lo entonó la banda de rock británica Pink Floyd).

David Boaz sintetiza el pensamiento liberal de una manera bien acertada en Liberalismo: una aproximación (2007):

El liberalismo sostiene que cada individuo tiene derecho a vivir su vida como desee, siempre y cuando respete los derechos iguales de los demás. Los liberales defendemos el derecho de cada individuo a la vida, la libertad y la propiedad, derechos que el ser humano posee de forma natural, antes que se crearan los gobiernos. Según la visión liberal, todas las relaciones entre seres humanos deben ser voluntarias. La ley debe prohibir solamente las acciones que implican el uso de la violencia contra aquellos que no la han ejercido. En otras palabras, la ley debe circunscribirse a reprimir asesinatos, robos, secuestros y fraudes.

En consecuencia, resulta trascendental efectuar un repaso por aquellas libertades individuales que están plasmadas a lo largo de este ejemplar de la mano de grandes voces liberales: el feminismo liberal, la legalización de las drogas, la legalización de la eutanasia, las libertades sexuales, las libertades religiosas, la importancia de la apertura al mundo y la libertad de expresión, al igual que la importancia de favorecer la inmigración y luchar tanto contra la xenofobia como contra el racismo y los nacionalismos que, a flor de piel, se la rebuscan permanentemente para levantar muros.

El liberal cree en «la verdadera liberación de las mentes», tal cual lo cantó el grupo musical The 5th Dimension en su tema Aquarius, una de las canciones más enérgicas y fantásticas de la historia (ubicada en el número 66 en la lista de Billboard de las mejores canciones de todos los tiempos), que representa la esencia y el despertar de la libertad de finales de los años sesenta del siglo pasado.

Liberal o conservador: a las cosas por su nombre

Diferenciar el liberalismo del conservadurismo resulta, hoy más que nunca, esencial. El liberalismo está asazmente lejos del conservadurismo, de los movimientos nacionalistas o de aquello que se denomina «derecha». Por este motivo, insisto, celebro la labor de autoras como Gloria Álvarez a la hora de exponer la verdadera cara de un conservadurismo o colectivismo de derechas que se ha camuflado a lo largo de estas décadas y que es sumamente temeroso ante los cambios o ante todo lo nuevo que pueda poner en jaque su «modelo ideal» de revista de los años cincuenta. Tanto desde la izquierda como desde la derecha se ha buscado mediante el Estado y, por ende, la coerción, la imposición de lo que cada una de estas tendencias políticas entiende por la «buena sociedad» o el «buen modelo de vida».

Y, del otro lado, los liberales sostenemos una actitud abierta porque defendemos la sociedad libre, defendemos el orden espontáneo, y sostenemos que el cambio surge libremente como resultado de la evolución de las cosas. Frente a este aspecto, y como siempre es delicioso recurrir a las fuentes, nada mejor que recurrir como referencia a dos de los más grandes liberales de nuestra historia: Ludwig von Mises (1881-1973) y Friedrich August von Hayek (1899-1992). Comenzaré por el pensamiento del último.

  1. A. Hayek, en su libro Los fundamentos de la libertad (1960), pormenoriza con extrema lucidez su postura antagónica al conservadurismo al escribir Por qué no soy conservador, donde remarca que es conveniente trazar una clara separación entre la filosofía que él mismo propugna y la que tradicionalmente defienden los conservadores. Hayek comienza citando a lord Acton, quien enuncia lo siguiente:

Siempre fue reducido el número de los auténticos amantes de la libertad; por eso, para triunfar, frecuentemente tuvieron que aliarse con gente que perseguía objetivos bien distintos de los que ellos propugnaban. Tales asociaciones, siempre peligrosas, a veces han resultado fatales para la causa de la libertad, pues brindaron a sus enemigos argumentos abrumadores.

A lo largo de su texto, Hayek advierte que lo contrario al conservadurismo, hasta el auge del socialismo, fue el liberalismo. Es decir, que ambas posturas siempre estuvieron en veredas opuestas. En palabras del autor en Por qué no soy conservador comprendemos que:

El liberalismo nunca se ha opuesto a la evolución y al progreso […]. He aquí la primera gran diferencia que separa a liberales y conservadores. Lo típico del conservador, según una y otra vez se ha hecho notar, es el temor a la mutación, el miedo a lo nuevo simplemente por ser nuevo; la postura liberal, por el contrario, es abierta y confiada, atrayéndole, en principio, todo lo que sea libre cambio y evolución […]. Los conservadores, cuando gobiernan, tienden a paralizar la evolución o, en todo caso, a limitarla a aquello que hasta el más tímido aprobaría. Jamás, cuando avizoran el futuro, piensan que puede haber fuerzas desconocidas que espontáneamente arreglen las cosas […]. Los conservadores sólo se sienten tranquilos si piensan que hay una mente superior que todo lo vigila y supervisa; ha de haber siempre alguna «autoridad» que vele por que los cambios y las mutaciones se lleven a cabo «ordenadamente» […]. Ese temor a que operen unas fuerzas sociales aparentemente incontroladas explica otras dos características del conservador: su afición al autoritarismo y su incapacidad para comprender el mecanismo de las fuerzas que regulan el mercado […]. El conservador, por lo general, no se opone a la coacción ni a la arbitrariedad estatal cuando los gobernantes persiguen aquellos objetivos que él considera acertados […]. Al conservador, como al socialista, lo que le preocupa es quién gobierna, desentendiéndose del problema relativo a la limitación de las facultades atribuidas al gobernante; y, como el marxista, considera natural imponer a los demás sus valoraciones personales […]. El liberal, en abierta contraposición a conservadores y socialistas, en ningún caso admite que alguien tenga que ser coaccionado por razones de moral o religión […]. Esa repugnancia que el conservador siente por todo lo nuevo y desusado parece guardar cierta relación con su hostilidad hacia lo internacional y su tendencia al nacionalismo patriotero […]. Esa predisposición nacionalista que nos ocupa es con frecuencia lo que induce al conservador a emprender la vía colectivista […]. El repugnar lo foráneo y el hallarse convencido de la propia superioridad inducen al individuo a considerar como misión suya «civilizar» a los demás y, sobre todo, «civilizarlos» no mediante el intercambio libre y deseado por ambas partes que el liberal propugna, sino imponiéndoles «las bendiciones de un gobierno eficiente» […]. Lo que en esta materia distingue al liberal del conservador es que, por profundas que puedan ser sus creencias, aquél jamás pretende imponerlas coactivamente a los demás. Lo espiritual y lo temporal constituyen para él esferas claramente separadas que nunca deben confundirse.

Ahora vayamos al gran maestro de Hayek: Ludwig von Mises. Este titán del liberalismo, por otro lado, nos recordó en Burocracia (1944) que:

La tendencia de nuestros contemporáneos a demandar prohibiciones arbitrarias tan pronto como algo no gusta y a la disponibilidad de someterse a tales prohibiciones aun cuando no se está de acuerdo con su motivación, demuestra que aún no nos hemos liberado del servilismo […]. Un hombre libre debe saber tolerar que sus semejantes se comporten y vivan de un modo distinto de lo que él considera apropiado y debe abandonar la costumbre de llamar a la policía tan pronto como algo no le gusta […]. El liberalismo se limita total y exclusivamente a la vida y la praxis terrenal. El reino de la religión, en cambio, no es de este mundo. De suerte que ambos, liberalismo y religión, podrían coexistir cada uno en su propia esfera sin interferencias recíprocas. Si a pesar de todo se ha llegado inevitablemente a un conflicto entre ambas esferas, la culpa no es del liberalismo. Aunque ya no se enciendan hogueras Ad maiorem Dei gloriam, sigue habiendo aún mucha intolerancia […]. El liberalismo no es una religión, no es una concepción general del mundo y mucho menos un partido que defiende intereses particulares. No es una religión porque no pide ni fe ni entrega, no vive en una aureola de misticismo y no posee dogmas.

¿Qué es, entonces, lo más bonito de la libertad? Que nos permite dudar. La libertad nos permite la duda: aquella «primera gran virtud del ser humano» tal cual la describió Carl Sagan, quien también nos recordó que el «primer gran defecto fue la fe». En Un pálido punto azul (1994), Sagan nos señala, haciendo referencia a la religión, que supuestamente había un árbol en particular del cual no debíamos participar, el árbol del conocimiento. El conocimiento, la comprensión y la sabiduría nos estaban vetados en esa historia. Debíamos permanecer ignorantes. Pero no pudimos resistirlo. Nos mataba el hambre de conocimientos. Ahí residió la causa de todos nuestros problemas. En concreto, ésa es la razón por la que ya no vivimos en un jardín: quisimos saber demasiado. Mientras permanecimos indiferentes y obedientes, supongo, podíamos consolarnos con nuestra importancia y centralidad, y decirnos a nosotros mismos que éramos la razón por la que fue creado el universo […]. Somos nosotros los guardianes del sentido de la vida. Ansiamos unos progenitores que cuiden de nosotros, que nos perdonen nuestros errores, que nos salven de nuestras infantiles equivocaciones. Pero el conocimiento es preferible a la ignorancia. Es mejor, con mucho, comprender la dura verdad que creer una fábula tranquilizadora.

Retomando la cuestión de la duda, cabe insistir en que la libertad nos permite, en efecto, dudar y eso es algo que ni a los conservadores ni a los socialistas les encanta, debido a que pretenden, de manera incesante, imponer a los demás su propio modelo de vida, su propia idea de lo que está «bien» y de lo que está «mal» enmarcado en su propia moral ideológica o religiosa.

Empero nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de decidir cómo debemos vivir y cómo no. Pues ya lo manifestaba John Stuart Mill en el siglo XIX: «Sobre sí mismo, sobre su mente y cuerpo, sólo el individuo es su soberano».

Sobre las libertades sexuales

Estos aspectos nos llevan, una vez más, a contenidos que hacen alusión a las libertades y derechos individuales adecuadamente tratados por cuantiosos autores a lo largo de esta obra, como son, por ejemplo, las libertades sexuales.

Sobre este asunto el gran interrogante que esbozamos es el siguiente: ¿a quién daña la homosexualidad, la transexualidad, el poliamor, la prostitución, siempre que estas relaciones, al igual que las relaciones heterosexuales, por ejemplo, ocurran en el marco de decisiones o relaciones consentidas y voluntarias? La respuesta es simple: a nadie. Tu cuerpo, al fin y al cabo, es tuyo. Ni al Estado ni a nadie le corresponde dictaminar cómo debe ser tu conducta en la cama. Lo que dos adultos (o más) hagan en su intimidad de manera voluntaria es asunto de ellos y de nadie más.

¿Por qué hacemos alusión a esto? Porque el Estado no puede tener un lugar en tu cama y, si de conservadores se trata, no se puede utilizar al Estado (ni a nadie) para organizar las camas ajenas de acuerdo con la propia idea de «cama correcta». Tú, como adulto, tienes todo el derecho de ir a la cama con el adulto que quieras (siempre que se cuente con la voluntad de todas las personas involucradas) y de amar a quien quieras libremente. Como bien nos explica Deirdre N. McCloskey en esta obra, el liberalismo es ser adulto: nadie puede decirte cómo debes vivir tu propia vida. Asimismo, la libertad está completamente ligada a la responsabilidad, esto es algo que no podemos olvidar. La responsabilidad es la habilidad de una persona para responder ante las decisiones que ha tomado, y es la cualidad de ser responsable, de saber responder después de haber actuado libremente.

Pero vayamos a la historia. La homosexualidad ha sido penada durante siglos a lo largo de nuestro mundo. Sin ir más lejos, todavía hoy, en pleno siglo XXI, las relaciones sexuales entre personas adultas del mismo sexo siguen siendo atrozmente perseguidas, condenadas y castigadas en más de setenta países. Durante siglos, la homosexualidad fue penada en todo el mundo, pero la gran pregunta es qué daño les hace a estos conservadores (que hoy día muchos de ellos se llaman —de manera falsa— «liberales» o «libertarios») que alguien tenga sexo con alguien de su mismo sexo. O por qué no, preguntarnos qué daño les hace que Juan quiera ser Juana en vez de Juan porque así lo desea, porque así lo quiere y porque ése es su propio cuerpo, su propia propiedad. ¿La respuesta? Ninguno.

Lo único que les hace a estos conservadores y falsos liberales es que les toca su moralidad personal, encabezada por su inquisición religiosa, basada en su modelo de vida «perfecto», donde constantemente hablan de amor al prójimo pero, evidentemente, aquel «amor al prójimo» no es más que puras palabras de relleno, que sólo quedan en palabras y ninguna en acción.

Luego se suman a la discusión aspectos como lo «antinatural», buscando la imposición de la «familia natural» o la «familia tradicional», que para ellos es la compuesta únicamente por mamá, papá e hijos (la familia heterosexual) y todo lo demás es una aberración.

Es que no hay falacia más grande que la de la «familia natural». A lo largo de la historia de la humanidad, desde que éramos unos cavernícolas, las familias eran tribales: mujeres cuidando a los niños de la tribu, hemos tenido y tenemos familias de mamás solteras, papás solteros, viudas, viudos, tíos cuidando a sobrinos, abuelos cuidando a nietos, dos padres e hijos, dos madres e hijos, etc. ¿Es que todas esas no son familias?

Una vez más, los conservadores se enrocan en aquella postura de la defensa de la «familia» como una defensa de Occidente mismo, mostrándolo permanentemente «amenazado». Alejandro Bongiovanni, en su reseña Benegas frente al caballo de Troya (2019), nos explica con absoluta claridad la idea del autor argentino José Benegas, quien sostiene que en cierto momento histórico el liberalismo fue la «infección de Occidente» y que si el liberalismo se desarrolló en Occidente fue por la misma razón que los anticuerpos contra una enfermedad se desarrollan en el cuerpo enfermo. El hoy idealizado Occidente (nuevo «ser nacional») fue, previo al liberalismo, un lugar signado por la tradición totalitaria de la Iglesia, el absolutismo monárquico, los privilegios, las castas, la censura de ideas y los siervos de la gleba. Al que hay que salvar es al liberalismo, no a Occidente.

A fin de cuentas, estamos rodeados de inquisidores morales que buscan imponer el estatismo emocional, los constructores de clósets, como bien señala Benegas en su libro Lo impensable: el curioso caso de los liberales mutando hacia el fascismo (2018). En este extraordinario texto, Benegas deja expuesto el caballo de Troya que representa el colectivismo de derechas. Allí, el autor hace referencia a aquella rareza ideológica que se denomina «paleolibertarismo», uno de cuyos máximos exponentes es Hans-Hermann Hoppe, miembro del Mises Institute, personaje idolatrado por tantos latinoamericanos que se dicen «libertarios» o «liberales» (en realidad, unos férreos defensores del conservadurismo, del colectivismo de derechas y de los populismos al estilo de Trump, Bolsonaro o Abascal). Hoppe llama activamente a discriminar a todo individuo que no sea blanco y heterosexual, y se autodenomina el «verdadero libertario», cuando en realidad todos sus argumentos son la antítesis de las ideas libertarias. Capítulos más adelante, José Benegas nos explica con mejor detalle de qué trata este tópico.

Así, el Estado y las religiones han ambicionado entrometerse en la vida individual a lo largo de toda nuestra historia. En los tiempos de la Inquisición, en el caso de Francia y otros tantos, las personas homosexuales eran quemadas vivas. La Inquisición española se encargó de apedrear, quemar y hasta castrar a homosexuales. En 1553 estaban en vigencia las leyes inglesas que apelaban a la pena de muerte con ahorcamiento para los homosexuales. Dante, ya en su Divina comedia, por ejemplo, consignaba a los homosexuales al séptimo de los nueve círculos del infierno, donde estarían condenados a pisar una arena ardiente.

No obstante, tampoco hace falta irnos tan atrás en el tiempo. En el siglo pasado, en los años sesenta, la homosexualidad era ilegal prácticamente en todo el mundo.

En los Estados Unidos de 1960, los gais y lesbianas eran prácticamente forajidos, vivían en secreto y con miedo. Eran etiquetados de locos por los médicos, de inmorales por los líderes religiosos y de criminales por la policía. Los rastreos postales se hacían con frecuencia a fin de detectar dónde había homosexuales, los locales frecuentados por homosexuales eran allanados y clausurados y a un sinfín se los intentaba «curar» con descargas eléctricas y otras prácticas.

Miles de personas eran arrestadas cada año en ciudades en las que hoy no podríamos ni imaginarlo, como es el caso de Nueva York, por lo que las autoridades llamaban «crímenes contra la naturaleza». Y precisamente allí, en Nueva York, ocurrió un importante suceso en el famoso barrio de Greenwich Village, aquella noche de verano del 28 de junio de 1969, en la que gais, lesbianas y personas trans se rebelaron en el famoso bar Stonewall Inn, frente al recurrente hostigamiento policial, cambiando millones de vidas hasta el momento de hoy.

Éste fue el primer momento oficial en la historia del país en el que la comunidad LGBTQ+ peleó contra un sistema legal hostil que los perseguía por sus orientaciones sexuales. La famosa Revuelta de Stonewall significó una serie de manifestaciones espontáneas en protesta contra la operación policial que tuvo lugar en el Stonewall Inn, en los Estados Unidos de Richard Nixon, donde las personas LGBTQ+ se encontraban en pleno ojo del huracán, donde toda persona que se saliera de la estricta normatividad era perseguida por la ley, golpeada por las fuerzas policiales y castigada con prisión por aquel Escuadrón de la Moral. Estos disturbios sirvieron para infundir la fuerza necesaria a las personas oprimidas y perseguidas, que comenzaron un levantamiento contra la homofobia.

Desde ese momento, las protestas y marchas que se llevan adelante a lo largo de las próximas décadas, desde los años sesenta y setenta en adelante, son las que se rebelan contra un sistema inquisidor. Estas protestas han estado amparadas en el concepto liberal de la igualdad ante la ley y son las que ponen sobre la mesa una libertad y una igualdad ante la ley que han sido negadas durante muchos siglos y que todavía hoy son negadas en cuantiosos países de nuestro planeta.

Traeré a colación casos como el de Federico García Lorca, uno de los más grandes poetas de nuestra historia, fusilado por sus ideas y también por ser homosexual, en el año 1936 en Granada, tal cual nos lo recordó Antonio Machado en su poema El crimen fue en Granada, dedicado a Lorca.

Corresponde referirnos, cómo no, a Alan Turing, gran héroe de la Segunda Guerra Mundial y encargado de descifrar el Código Enigma empleado por los nazis, quien, por ser homosexual, se lo condenó a escoger entre la prisión o la castración química. Turing optó por la segunda opción, pero se quitó la vida tiempo después. Incluso después de la Segunda Guerra Mundial, muchos homosexuales que lograron sobrevivir a los repulsivos campos de concentración del nazismo volvieron a prisión para cumplir con las normas del siglo anterior que todavía perseguían a los homosexuales.

A todo esto, la izquierda ha alzado las banderas de la defensa de las libertades sexuales cuando, en realidad, y esto lo vemos históricamente, la izquierda en el poder ha detestado la homosexualidad, la ha perseguido, la ha prohibido, ha asesinado homosexuales como sucedió en la Unión Soviética o, por qué no, en Cuba, tierra de sanguinarias aventuras de Ernesto Che Guevara, un homófobo y asesino que se refería a los homosexuales —en sus propias palabras— como «pervertidos sexuales».

En cambio, el liberalismo, como permanentemente ha señalado el libertario estadounidense del Cato Institute, Tom G. Palmer, ha sido pionero en la campaña por la liberación de las personas LGBTQ+ frente a la injusticia y la opresión. Los primeros argumentos a favor de que el comportamiento consentido mutua y voluntariamente entre adultos no le incumba a nadie más que a esos adultos fueron formulados por autores como Montesquieu, Voltaire, Beccaria y Bentham durante la Ilustración. Johan Norberg (2017) hace un repaso de cómo ha cambiado el mundo frente a la homosexualidad a lo largo de los últimos siglos:

Los primeros signos de un cambio de actitud en relación con la homosexualidad también se dieron durante la Ilustración. Jeremy Bentham, que defendió con ahínco los derechos de las mujeres, escribió un ensayo en defensa de la despenalización de la homosexualidad. Firmado en 1785, el documento rechazó la idea de que los gais y lesbianas fuesen una amenaza para la sociedad y concluyó que no podíamos llamar crimen a algo que no dejaba víctima, de manera que argumentó su desclasificación como delito […]. Los valores de la Ilustración y las ideas del liberalismo clásico han conducido a una mayor tolerancia.

En su artículo «El capitalismo, no el socialismo, promovió los derechos de los homosexuales» (2016), David Boaz señala que todos los avances en derechos humanos que hemos visto en la historia estadounidense (y, agrego yo, en el resto del mundo) como el abolicionismo, el feminismo, los derechos civiles o las libertades de los homosexuales, derivan de las ideas fundadoras de la sociedad libre como lo son la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. El énfasis en la mente individual de la Ilustración, la naturaleza individualista del capitalismo de mercado y la demanda de derechos individuales fueron los factores que, como bien ha indicado Boaz, condujeron a las personas a pensar más cuidadosamente acerca de la naturaleza del individuo y reconocer que la dignidad de los derechos individuales debía ser extendida a todas las personas.

Al fin y al cabo, Steven Pinker (2018) dejó claro que fue la razón la que llevó a la mayoría de los pensadores ilustrados a repudiar la creencia de un Dios antropomórfico que se interesaba por los asuntos humanos, que los relatos de milagros eran dudosos, que los autores de los libros sagrados eran sumamente humanos, y que las diferentes culturas creían en deidades mutuamente incompatibles, ninguna de las cuales tenía menos probabilidades que las demás de ser fruto de la imaginación. De este modo, y parafraseando a Pinker, los ideales de la Ilustración son productos de la mente y la razón humana, y siempre se han encontrado en pugna con otras facetas de la naturaleza humana, como la lealtad a la tribu, la deferencia hacia la autoridad o el pensamiento mágico.

Si recurrimos a los índices y números, contemplaremos que los países con mayores libertades para las personas LGBTQ+ son aquellos con mayores grados de libertad económica, los más capitalistas y los más libres. ¿Qué hay en la otra cara de la moneda? Los declarados países socialistas se ubican últimos en cada ranking de libertades para las personas LGBTQ+. Una vez más: el dato mata al relato.

Hoy la homosexualidad se castiga con pena de muerte en once países. En más de treinta —si eres homosexual, debes cumplir una condena de diez años de prisión. Ni hablar de la cantidad de aquellas aberrantes y monstruosas «terapias de conversión», todavía vigentes en tantos países del mundo.

En términos de números y datos específicos, corresponde citar al economista argentino Iván Carrino, quien en su artículo Matrimonio igualitario, libertad económica y los valores conservadores (2020) señala lo siguiente:

En el mundo existen hoy veintinueve países que tienen legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo. Lo que choca con las tesis conservadoras es que estas leyes tienen una presencia abrumadoramente mayor en los países de mayor libertad económica. Tomando datos de libertad económica de la Fundación Heritage, y dividiendo a los ciento ochenta países evaluados en grupos de cuatro cuartiles, donde el primer cuartil es el grupo que se encuentra en los primeros cuarenta y cinco puestos de mayor ranking, se observa que el 62,1 por ciento de los países que tienen legalizado el matrimonio gay está en el primer cuartil. Por otro lado, en el segundo cuartil (allí donde se encuentran del país número 45 al 90 en el índice de la Fundación Heritage) aparece otro 24,1 por ciento de países con matrimonio igualitario legal. Es decir, que el 86,2 por ciento de los países con matrimonio gay pertenecen a los primeros dos cuartiles de países de mayor libertad económica. Los países con menor libertad económica, por el contrario, tienen una concentración increíblemente menor de este tipo de arreglos institucionales. Sólo el 3,5 por ciento en el tercero y el 10,3 por ciento en el cuarto, donde se encuentra Argentina.

Pero esto no es todo, Carrino continúa señalando que:

Si agrupamos a los países por su PBI per cápita en grupos de 4 cuartiles de 46 países cada uno (la muestra aquí es un total de 184), se observa que de los 29 que tienen legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo, el 72,4 por ciento están entre los países más ricos del planeta, mientras que el 24,1 por ciento están en el segundo grupo de países más desarrollados económicamente. Es decir, que el 96,5 por ciento de los países más «progresistas» en lo cultural, son también los más ricos en lo económico, quebrando las expectativas fatalistas del pensamiento conservador.

Insistimos, no es casualidad que justamente esos países que cuentan con mayor libertad económica, son líderes en la defensa y promoción del libre comercio, en derechos de propiedad, en libertades políticas, en seguridad jurídica y en términos de libertades civiles.

Así y todo, vemos a conservadores y representantes de la derecha argumentando, al parecer, que hay «libertades marxistas». Argumentan que las libertades individuales que defendemos los liberales (los derechos LGBTQ+, el feminismo, la legalización de las drogas, de la eutanasia o de la prostitución) son lo que ellos llaman «marxismo cultural». Qué casualidad que justo todas esas libertades y derechos (bien liberales, insisto) abundan en los países más capitalistas, y no en los países socialistas, marxistas o proteccionistas. Pero claro, como argumenta José Benegas, como hoy no pueden llamarnos «herejes», nos llaman «marxistas culturales» o simplemente «progres». Respecto de estos conservadores y todo lo que engloba a esa derecha, Gloria Álvarez se pronuncia de la siguiente manera en su libro Cómo hablar con un conservador, afirmando algo completamente cierto:

Ya no vivimos en la Edad Media, donde muchos se hubieran dado el gusto de achicharrarme en la Inquisición. De hecho, a mí, en todos los siglos y épocas históricas, me habrían mandado al manicomio, a la hoguera, al calabozo a violarme, a apedrearme y a la Inquisición. Ahora sólo les queda insultarme utilizando la electricidad con un dispositivo en una red social que, gracias a muchos científicos ateos, están hoy en sus manos sin que muchos sean conscientes de ello.

En La invención de la ciencia (2015), David Wootton nos recuerda cómo un inglés, allá por 1600, solía creer que las brujas podían convocar tormentas para hundir barcos en el mar, que existían los hombres lobo, que un cuerpo asesinado sangraba en presencia del asesino, que era posible convertir el metal común en oro, que el arcoíris era un signo de divinidad, que la Tierra estaba quieta y que el Sol y las estrellas giraban a su alrededor una vez cada veinticuatro horas.

Pero los seres humanos nos atrevimos a pensar, nos atrevimos a dudar, nos atrevimos a cuestionar. Muchos han muerto por atreverse a cuestionar los dogmas y las creencias de sus épocas. Uno de los miles fue el gran Giordano Bruno (1548-1600), magnífico astrónomo, monje, filósofo y matemático italiano del siglo XVI, quien se dio cuenta de que en un universo tan grande, en un universo infinitamente grande, tenían que haber surgido infinitos casos de vida inteligente, que debería haber otros soles e incluso otros mundos. Nicolás Copérnico (1473-1543) nos había dicho que la Tierra no era el centro del universo, que sólo era uno de los planetas que giraba alrededor del Sol. Muchos, como el reformista protestante Martín Lutero, tomaron su idea como una escandalosa ofensa hacia la Biblia y quedaron horrorizados. Giordano Bruno quiso descubrir ese vasto universo, insistiendo en que Copérnico tenía razón al afirmar que nuestro mundo no era el centro del universo. Lo hizo en una Italia en la que no existía la libertad de expresión, donde tuvo el gran coraje de leer los libros prohibidos por la Iglesia. Fue excomulgado por la Iglesia católica romana en su país natal, expulsado por los calvinistas en Suiza y por los luteranos en Alemania. Giordano Bruno cayó en las manos de la policía del pensamiento y la Inquisición lo declaró culpable de herejía y lo quemaron en público en la hoguera en la plaza romana de Campo di Fiori porque la Iglesia lo consideraba «peligroso», declarándolo culpable por «haber cuestionado la divinidad de Jesucristo» y por «haber afirmado la existencia de otros mundos».

Uno de los libros prohibidos que llegó a las manos de Giordano Bruno fue el de un antiguo romano que había muerto mil quinientos años atrás. Ese libro era De la naturaleza de las cosas, del inigualable Lucrecio (99 a. J. C.-55 a. J. C.), el más original de los poetas, quien describió el universo como si estuviera compuesto por las partículas indivisibles de Demócrito, un universo sin límites, un cosmos infinito. Su obra fue prohibida en las escuelas por la Iglesia en 1516, y el Concilio de Trento prohibió la lectura de su obra en 1551 porque era «subversiva» y presentaba una visión del mundo que no recurría a Dios. La influencia directa de Lucrecio llegó a Isaac Newton, John Dalton, Baruch Spinoza, Charles Darwin y Albert Einstein.

Las Cruzadas, la Inquisición, las cazas de brujas y las guerras de religión europeas son algunos ejemplos de todo aquello a lo que el ser humano se tuvo que enfrentar. La razón abrió las puertas para condenar la violencia religiosa y las crueldades de la época. La Ilustración condujo a la abolición de las prácticas más bárbaras y terribles que habían sido la norma durante largos siglos.

Sobre las drogas

Brinquemos hacia otros aspectos de la libertad individual que también giran en torno a las decisiones, gustos y necesidades individuales de cada ser humano: las drogas. Un asunto que se encuentra bajo la lupa y es frecuentemente cuestionado por abundantes movimientos inquisidores de los últimos dos siglos. La necesidad y tendencia existente de alterar la propia conciencia mediante sustancias naturales (o sintéticas) es algo tan antiguo como el mismísimo ser humano, y cumple una función en la sociedad humana. El libro de Stuart Walton titulado Una historia cultural de la intoxicación (2001) es un buen recorrido por esa historia cultural, demostrando que la intoxicación es una necesidad fundamental que ha logrado abrirse camino a lo largo de la historia, a pesar de las restricciones morales que han buscado la proscripción, desde las religiones a las autoridades gubernamentales. La búsqueda por alterar la conciencia está presente en el ser humano desde que uno es pequeño: el autor pone como ejemplo cómo de pequeños damos vueltas sobre nosotros mismos hasta marearnos. El vínculo existente entre el ser humano y las sustancias psicoactivas es algo ancestral. Y Walton, al igual que lo hace Thomas Szasz en 1992, nos demuestra algo vital: nuestro derecho a la intoxicación.

Ahora hagamos referencia, por ejemplo, a una droga específica: el cannabis, una planta ancestral que ha tenido un rol sumamente relevante en la historia de la humanidad (como fibra, como planta psicoactiva y como planta medicinal) y que hoy es irracionalmente perseguida por numerosos gobiernos.

Antes de todos los condicionamientos morales, religiosos o políticos, esta trama tenía un desenlace sumamente distinto al que tiene en nuestros tiempos. Las poblaciones antiguas, y nos podemos remontar al Neolítico si queremos, no tenían problemas a la hora de darle uso a todas las partes de la planta. De hecho, hace más de cinco mil años el cannabis ya era frecuentado como remedio.

Los asirios, por ejemplo, hacían uso del cannabis como medicina e incluso extraían la fibra para darle un uso textil. La influencia de los persas tuvo una formidable repercusión en los asirios hacia el año 900 a. J. C., quienes emprendieron el uso del cannabis con propósitos de ritual y llamaron qunubu a la planta, la «droga para la tristeza». Luego, cerca del año 600 a. J. C., la planta aparece descrita con el nombre de kunnapu, vocablo que da origen al término árabe kinnab y al cannabis que adoptan el griego y el latín.

El Imperio romano hizo bastante popular el uso de la planta a la hora de confeccionar la ropa de sus soldados y guerreros. Galeno de Pérgamo, el famoso médico griego de la Antigua Roma, escribió en el siglo II sobre las propiedades medicinales del kannabis y, además, la menciona como planta de consumo recreativo o social al narrar que las flores se ofrecían en reuniones sociales, como una costumbre que fue aprendida de la sociedad ateniense o de los celtas, recomendándolas como un mecanismo para conseguir relajación, satisfacción y un potente analgésico para el dolor de oídos.

No nos olvidemos de Johannes Gutenberg, responsable de imprimir la Biblia de cuarenta y dos líneas en el año 1456 sobre papel de cannabis. Esta planta ancestral representó un elemento central en la historia del desarrollo cultural de los seres humanos.

Fernando Soriano, en su libro Marihuana (2017), apunta que Colón no habría podido llegar a América de no existir esta planta, porque las jarcias y las telas de las velas de todas las embarcaciones estaban hechas a partir de su fibra, del mismo material que era la estopa con la que se sellaban las juntas de las carabelas, barnizadas también con aceite extraído de la misma planta, y lo mismo con los pantalones, las medias y los abrigos de la tripulación, todos hechos con hilos de este yuyo milenario, más barato que la seda.

El mismo autor también nos señala que los holandeses fueron pioneros en desarrollar la industria cañamera para confeccionar velas para navegar los mares con un material duradero y resistente, y que, a su vez, los ingleses se preocuparon ante el ascenso de la Armada Holandesa y apuraron la importación de grandes cantidades de cáñamo, tanto así que el rey Enrique VIII, con su característico estatismo, comprendió la importancia del cultivo de esta planta para el poderío naval y en 1533 decretó que serían multados los campesinos que se opusieran a cultivar cannabis en una porción de sus campos.

Mencionemos también lo que significó el Club des Hashischins (Club de los Hachisinos), el grupo parisino que exploraba las experiencias de las drogas, donde se encontraban Victor Hugo, Alejandro Dumas, Charles Baudelaire, Gérard de Nerval, Honoré de Balzac y Eugène Delacroix. Este grupo de amigos se reunía regularmente en el hotel Pimodan con motivo de suscitar un sugestivo espacio donde la literatura, la poesía y las letras se dilataban a partir de los efectos del cannabis en la imaginación de estos grandes artistas.

Charles Baudelaire, en su libro Los paraísos artificiales (1860), relató su experiencia personal con el cannabis y lo describió del siguiente modo:

Comienzan las alucinaciones. Los objetos exteriores adquieren apariencias monstruosas. Se presentan en formas desconocidas hasta entonces. Luego se deforman, se transforman y, finalmente, penetran en nuestro ser o bien nosotros penetramos en ellos. Tienen lugar los equívocos más extraños, las trasposiciones de ideas más inexplicables. Los sonidos tienen color y los colores música. Las notas musicales son números y resuelves con una rapidez espantosa prodigiosos cálculos aritméticos a medida que la música penetra en los oídos. Estás sentado y fumas, pero crees que estás sentado en tu pipa y que es tu pipa la que te está fumando, y es tu propio ser el que se desvanece bajo la forma de nubes azuladas. Te encuentras allí muy bien, sólo que te preocupa y te inquieta una cosa: cómo haces para salir de la pipa. Esta fantasía dura una eternidad. Un intervalo de lucidez te permite con gran esfuerzo mirar el reloj. La eternidad ha durado un minuto.

Más allá de estos detalles que parten de los efectos psicoactivos del THC (tetrahidrocannabinol), el principal constituyente psicoactivo del cannabis, también están los beneficios del CBD (cannabidiol), otro de los 113 cannabinoides que se encuentran en la planta y uno de los responsables del uso medicinal de la misma. ¿Por qué será, entonces, que hoy el mundo se empeña tanto en castigar el uso de esta planta milenaria? ¿Entran en juego los condicionamientos o mandatos religiosos-morales?

Si lo evaluamos a lo largo de la historia, podemos percibir que el condicionamiento religioso, al menos, marca un hito importante en la estigmatización del cannabis: en la época de la inhumana y demencial Inquisición, fue el papa Inocencio VIII quien decretó, en el año 1484, la prohibición del uso del cannabis porque representaba una «herejía». A lo largo de nuestra historia, encontramos incontables ejemplos de este estilo, que hoy día, todavía, siguen formando parte del pensamiento prohibicionista.

De hecho, cabe mencionar el repaso histórico que Antonio Escohotado hace en Aprendiendo de las drogas: usos y abusos, prejuicios y desafíos al mencionar el marco cultural que ha tenido la prohibición del uso de las hojas de coca, el vino, el café, el tabaco o la yerba mate:

En el Perú de los incas, las hojas de coca eran un símbolo del Inca, reservado exclusivamente a la corte, que podía otorgarse como premio al siervo digno por alguna razón. En la Roma preimperial, el libre uso del vino estaba reservado a los varones mayores de treinta años, y la costumbre admitía ejecutar a cualquier mujer u hombre joven descubierto en las proximidades de una bodega. En Rusia, beber café fue durante medio siglo un crimen castigado con tortura y mutilación de las orejas. Fumar tabaco se condenó con excomunión separación de entre los católicos, y con desmembramiento en Turquía y Persia. Hasta la yerba mate que hoy beben en infusión los gauchos de la Pampa fue considerada un brebaje diabólico.

Uno de los argumentos predilectos de los prohibicionistas a la hora de oponerse a la legalización suele ser que «si se legaliza el cannabis o cualquier otra droga, habrá un mayor número de consumidores». Primero, los hechos muestran una versión radicalmente opuesta: si analizamos el caso de Portugal, país que descriminalizó todas las drogas, observamos que, de hecho, allí se ha reducido el consumo de una manera monumental (sí, incluido el consumo de la heroína y la cocaína).

Hay un interesante estudio de Glenn Greenwald titulado Drug Decriminalization in Portugal: Lessons for Creating Fair and Successful Drug Policies (2009) en el que señala que «la despenalización no ha tenido efectos adversos en las tasas del consumo de drogas en Portugal», las cuales «en muchas ocasiones se encuentran ahora entre las más bajas de la Unión Europea».

¿Qué significa esto? En los países de Europa aproximadamente un 22 por ciento de los jóvenes consumen marihuana: en Portugal esta cifra llega apenas a la mitad. La cifra más llamativa está asociada al consumo de heroína: los adictos en dicho país han pasado del 1 por ciento al 0,3 por ciento en diecinueve años y además tiene el índice más bajo de muertes relacionadas con las drogas. Todo esto desde que Portugal descriminalizó las drogas en su totalidad.

En una sociedad donde las drogas están menos estigmatizadas, los usuarios que tienen problemas de adicción, por ejemplo, tendrán menos dificultades a la hora de pedir ayuda que en una sociedad donde se le percibe como un criminal o un delincuente. Retomando el libro recién mencionado de Antonio Escohotado, cuando el autor español hace referencia a qué es «droga», nos recuerda que antes de aparecer leyes represivas, la definición generalmente admitida era la griega: phármakon es una sustancia que comprende a la vez el remedio y el veneno; no una cosa u otra, sino ambas a la vez. En palabras del médico suizo Paracelso (1493-1541), «sólo la dosis hace de algo un veneno».

Mientras las drogas sigan siendo ilegales, el narcotráfico —que representa uno de los grandes flagelos que padecemos en América Latina— seguirá teniendo su negocio asegurado. Una frase de Gloria Álvarez de su último libro Cómo hablar con un conservador da en la tecla justa y dice (parafraseándola) que gracias a que el alcohol y los cigarrillos son legales, hoy no vemos, por ejemplo, a los fabricantes de whisky Johnny Walker matándose a balazos con los fabricantes de ron Bacardí. Por eso mismo tampoco vemos a los fabricantes de cigarrillos Marlboro o Lucky Strike matándose entre ellos.

Pero continuemos haciendo una breve referencia al cannabis. Si lo comparamos con el consumo de otros estupefacientes, el cannabis se encuentra muy lejos de «matar» a quienes lo consumen. Al contrario. El cannabis es utilizado para usos medicinales, ayuda a combatir migrañas, baja la velocidad del crecimiento de los tumores, es bueno para prevenir el alzhéimer, combate el glaucoma, previene las convulsiones, baja la ansiedad, alivia los efectos de la quimioterapia y estimula el sueño, entre otros tantos beneficios. Esta planta tiene cientos de beneficios medicinales, incluso reduce los temblores del párkinson y otras tantas utilidades para la salud. Debemos quebrar los grandes tabúes que giran en torno a esta planta: insisto, no es lo mismo el THC que el CBD. Todos aquellos beneficios medicinales se pueden adquirir sin necesariamente tener efectos psicotrópicos.

Comparemos esto con el alcohol, que es uno de los estupefacientes más peligrosos y que está muy lejos de tener similitudes con la planta del cannabis. El alcohol causa más de doscientas enfermedades y trastornos corporales. Así y todo, cualquier persona puede salir a la calle y a la vuelta de la esquina conseguir una botella con un interesante grado de alcohol o incluso cigarrillos o tabaco, y lo puedes hacer a la vuelta de tu casa. Todo esto cuando, además, los efectos psicoactivos, insisto, son bien diferentes o incluso preocupantes a la hora de hablar de daños a terceros.

Y aquí nadie dice que hay que prohibir el alcohol. Eso ya ha sido probado y se ha visto lo destructiva que fue la Ley Seca en Estados Unidos, puesta en vigencia el 17 de enero de 1920 con aquella terrible prohibición del alcohol que tuvo como consecuencia una ola de corrupción y de crimen organizado en Estados Unidos, junto al surgimiento de personajes como Al Capone. El 6 de diciembre de 1933, mediante la ratificación de la Vigesimoprimera Enmienda a la Constitución, Estados Unidos derogó esta ley y puso fin al fallido experimento de la prohibición del alcohol. ¿La gran lección? La prohibición termina generando más daño que el consumo. Aun así pareciera ser que no se termina de comprender del todo.

Pero dediquémosle algunos párrafos a la historia de la relación entre nuestros ancestros y el alcohol, ya que lo traemos a colación.

El autor inglés Mark Forsyth ha escrito un libro sencillamente espectacular que se titula Una breve historia de la borrachera: Cómo, por qué, dónde y cuándo la humanidad se ha divertido desde la Edad de Piedra hasta el presente (2019), donde argumenta lo siguiente:

Un egipcio antiguo probablemente estaría muy sorprendido de que no estés bebiendo para recibir una visión de una diosa con cabeza de león. Y un chamán del Neolítico se preguntaría por qué no estás comunicándote con tus ancestros […]. La borrachera es casi universal. Casi todas las culturas del mundo tienen su bebida alcohólica. Los únicos que no eran entusiastas — Norteamérica y Australia— fueron colonizados por otros que sí lo eran […]. Es una celebración, un ritual, una excusa para golpear a otros, una manera de tomar decisiones o ratificar contratos y mil otras prácticas peculiares. Cuando los antiguos persas tenían que tomar una decisión política importante, la discutían dos veces: una borrachos y otra sobrios. Si llegaban a la misma conclusión en ambos debates, actuaban […]. Antes los humanos fuimos bebedores. El alcohol existe naturalmente y siempre lo ha hecho […]. La vida progresó y tuvimos árboles y frutas, y la fruta, si se la deja pudrir, se fermenta de manera natural. La fermentación produce azúcar y alcohol, y las moscas de la fruta la buscan y la engullen.

Algunas conclusiones de este interesantísimo escrito de Forsyth se basan en que los humanos de hace diez millones de años, nuestros ancestros, bajaron de los árboles buscando una fruta madura que se encontraba en el suelo. Pero no era cualquier fruta: ésta tenía más azúcar y más alcohol, lo que, de hecho, nos hizo desarrollar mejor el olfato.

El repaso que hace el autor a lo largo de la historia de la relación entre el alcohol y el ser humano nos revela muchos aspectos importantes: los humanos bebemos socialmente, ofrecemos alcohol a nuestro grupo y en su momento bebíamos juntos porque nos daba protección de los depredadores (es decir, un solo humano alcoholizado es una presa fácil, pero veinte humanos borrachos harían que cualquier tigre de sable se lo piense mejor antes de atacarlos). Forsyth nos plantea que los humanos no comenzamos a cultivar tanto por la comida, sino más bien porque queríamos alcohol.

Pero hay un detalle todavía más llamativo de fines del cuarto milenio antes de Cristo, que tiene que ver con la escritura en Sumeria. En palabras del autor:

Lo primero de lo que escribió la gente fue sobre cerveza. La escritura más primitiva era de verdad sólo un montón de pagarés. Pero no había monedas. Las personas pagaban con cebada, oro o cerveza. Originalmente, aproximadamente en el año 3200 a. J. C., hacías un pequeño dibujo de una jarra cónica de cerveza. Rápidamente ese dibujo fue estilizado para que fuese más fácil de tallar en arcilla […]. El símbolo de la cerveza se convirtió pronto en unas cuantas líneas rasguñadas en una tableta. Puede que se hayan utilizado para significar la cerveza, o pueden haber sido una referencia al sonido de la palabra «cerveza», que era kash, y así se convirtió en una letra.

De más está decir que beber, emborracharse y contarse chistes era parte de la naciente cultura etílica de los sumerios.

Por otra parte, los antiguos egipcios también tenían sus cosas: le otorgaban más dedicación a sus tumbas que a las casas y palacios donde vivían, y creían que la cerveza había salvado a la humanidad. Los humanos habían estado diciendo cosas terribles sobre el dios más importante (Ra), quien se cansó y decidió matarlos a todos: según este cuento, Ra envió a la diosa Hathor a matarlos (se convierte en una leona, por cierto), comenzó a sacrificar gente, Ra sintió pena por los humanos y les perdonó la vida, pero Hathor quería acabar con el trabajo que le habían encomendado. Ra hizo siete mil barriles de cerveza y la tiñó de rojo para verterla sobre los campos, luego Hathor pensó que era sangre humana y comenzó a beberla. Le dio sueño, se olvidó de la matanza, se durmió y la humanidad fue «salvada por la cerveza». Historias producto de la llamativa imaginación de nuestros antepasados, pero historias que nos muestran la interesante relación del ser humano con el alcohol.

Egipto existió durante mucho tiempo y fue una de las naciones más poderosas que hemos visto sobre nuestra Tierra. Ya para el año 1000 a. J. C. entró en un proceso de declive que duró otro buen rato (un poco más de mil años). Cleopatra, por ejemplo, murió hace aproximadamente dos mil años y la Gran Pirámide de Guiza fue construida 2.500 años antes de que ella naciera (para ponernos en contexto). Los hombres que, por cierto, construyeron esas pirámides bajo un sistema crudo y de esclavitud, solían recibir pagos en cerveza. Para los egipcios, la bebida era el equivalente del sexo, y el sexo significaba beber, y todo esto iba acompañado de música. Las mujeres egipcias amaban la bebida y aunque en las mesas los hombres y mujeres solían estar separados, ambos bebían las mismas cantidades de vino sin complejos.

Así y todo, bebían con el único objetivo de emborracharse. Todos tenían mayordomos y damas que los ayudaban a no perderse, ni caerse en el Nilo ni morir con su propio vómito. Emborracharse no era algo que les daba vergüenza ni sobre lo que había prejuicios en Egipto. De hecho, hay cientos de tumbas donde se retrata la capacidad de beber de los egipcios y del modo en que querían que la borrachera fuera recordada por toda la eternidad. Los egipcios también festejaban el famoso Festival de la Borrachera, una fiesta anual donde celebraban a la diosa Hathor y la salvación de la humanidad gracias al milagro de la cerveza que contamos unos párrafos atrás.

Los griegos, por ejemplo, no bebían cerveza, sino vino. Su dios del vino era Dioniso, cuyas únicas amigas totalmente humanas eran las ménades, mujeres que le rendían culto (nadie sabe si en verdad existieron o fueron sólo una fantasía sexual griega). Según las historias, Dioniso detestaba a los abstemios: este dios del vino solía matarlos de una manera cruel, generalmente con descuartizaciones. Incluso Homero nos habla de este dios en La Ilíada.

Para los sumerios era una manera de compartir alegremente en grupo, para los egipcios se transforma más bien en un «deporte extremo», y los griegos dan un paso atrás y reflexionan sobre el alcohol (los espartanos, por cierto, obligaban a sus esclavos a emborracharse para que sus niños espartanos fueran disuadidos de beber alcohol). Los atenienses, en cambio, se dedicaban a filosofar sobre el alcohol, haciéndose preguntas sobre cuánto y cómo uno debía emborracharse: según Platón emborracharse equivalía a ir al gimnasio. Si bebías mucho y te podías controlar y comportarte, entonces ibas por buen camino y eras un «hombre ideal». Los atenienses bebían de una manera bien particular, ya que no lo hacían de la manera en que lo hacemos nosotros hoy día: en el famoso symposium nadie se emborrachaba por accidente, ahí se hacía deliberadamente. Si el anfitrión decía que había que beber, pues había que beber.

El Imperio romano pasó a ser un sistema donde los romanos disfrutaban del vino casi más que del agua. La base central de su sistema era un banquete que se llamaba convivium. Antes de acudir a un convivium, los romanos iban a las saunas y se deshidrataban para luego beber en abundancia (en el Satiricón de Petronio encontramos una excelente descripción de lo que era un convivium). Aquí abundaba la esclavitud: los anfitriones de estos banquetes azotaban a los esclavos frente a los invitados como una manera de mostrar su poderío y superioridad, y cada invitado contaba con su propio esclavo que le servía alcohol toda la noche. Ésa fue, alguna vez, la realidad y norma en nuestro planeta.

Así y todo, el vino romano fue avanzando acorde avanzaban los romanos. El vino, por ejemplo, entró en Germania, donde los nativos luego quedaron desesperados por conseguir más vino. Los germanos, tal cual lo identificó el historiador romano Tácito, decidían absolutamente todo bajo los efectos de la intoxicación, porque según ellos beber los volvía más honestos, y así también aprovechaban y disfrutaban de estos festines, claro está.

Pero hay algo más. Para preparar el vino hacía falta el cultivo de viñedos a largo plazo: algo que a los pueblos bárbaros no les gustaba. Sólo llegaban a pueblos, se tomaban el vino, quemaban los viñedos y después se preguntaban por qué no había más vino para beber. Iban al pueblo siguiente y sucedía lo mismo. Sí, si usted es latinoamericano esto le parecerá similar a lo que hacen los populistas con nuestro dinero y la famosa «redistribución de riquezas». Pero continuemos con el alcohol, que resulta mucho más divertido que el populismo. A lo largo del tiempo se comienza a beber en los monasterios (seguros, discretos y alejados de los pueblos). Citando a Forsyth:

Los monjes de la Edad Oscura, de hecho, la gente de la Edad Oscura, necesitaba alcohol porque la alternativa era el agua. Para tener agua es necesario un pozo en buenas condiciones, o preferentemente un acueducto, y eso requiere una organización eficiente y un gobierno y todas esas cosas por las cuales la Edad Oscura no es necesariamente conocida […]. El agua del arroyo más cercano era apenas transparente. Y era probable que tuviese cosas asquerosas, lo que sea que fuera, gusanos o sanguijuelas. Un libro anglosajón recomienda un remedio para tragar estas asquerosidades: beber inmediatamente un poco de sangre de oveja caliente. Esto nos dice dos cosas:

  1. el agua a veces es desagradable, y b) la gente igual la tomaba. A veces no tenías opción, tenías sed y no había nada mejor. La actitud anglosajona modelo se resume en la sentencia del abad Aelfric: «Cerveza si la tengo, agua si no tengo cerveza».

Entre todos los mitos, si viajamos un poco más y nos vamos a las deidades escandinavas, vemos que Odín (cuyo nombre significa «el frenético», o más bien «el borracho» según determinadas traducciones) —el dios principal, el de la sabiduría, la guerra, la muerte, la magia, la poesía y el alcohol, entre otras cosas— sólo tomaba vino. Esta bebida era el trago más caro que los vikingos ricos, esos guerreros navegantes que provenían de los pueblos nórdicos originarios de Escandinavia, podían comprar (principalmente porque llegaba desde otras regiones y era importado, por lo que representaba un símbolo de buen estatus social).

Como dicen los estudiosos del tema, el alcohol y la borrachera no necesitaban encontrar su lugar dentro de la sociedad vikinga, ya que eran la mismísima sociedad vikinga. El alcohol lo era todo. No por nada abundaba la copa vikinga, que era una especie de copa-embudo: con su forma, no puede ser apoyada en una mesa, por ende, si lo haces, se cae. Es desarrollada adrede para que tú, el gran vikingo, te bebieras todo de un solo trago, alardees de tu resistencia al alcohol y se pruebe tu «virilidad»…

Esto y las competencias de beber eran la manera de ser parte de la sociedad vikinga, que alardeaba de cuánto tomaba. Pero existe también la reconocida historia de Thor, el dios de la guerra, los truenos, los martillos y la fuerza, y Loki, el dios de la mentira, el engaño, la envidia y la maldad. Según estas historias de la mitología nórdica, Loki desafió a Thor a que se bebiera un cuerno de cerveza: Thor acepta porque un «hombre de verdad» podía tomárselo de un trago. Comienza a beber y beber, y el cuerno (o la copa-embudo) seguía llena. Lo siguió intentando dos veces más, pero no parecía funcionar. Loki le revela la gran mentira y le cuenta que del otro extremo de la copa-embudo estaba conectado el mar. Thor había bebido tanto que el nivel de los mares de todo el planeta había bajado y, según los vikingos, ésa era la razón de por qué había mareas. Todo en la vida vikinga giraba en torno al alcohol y a la cerveza: la cerveza está en un largo trayecto de las historias vikingas. En el Valhalla, el paraíso vikingo de la mitología nórdica, ubicado en Asgard y gobernado por Odín, la borrachera era algo «eterno» de aquella «fiesta perpetua».

Pero vayamos mucho más adelante en el tiempo, puntualmente a la ciudad más grande de Europa para el año 1700: Londres. El gin llega a Inglaterra aproximadamente en 1690 y décadas más tarde las autoridades comienzan a ofrecer recompensas a todos los que denunciaran a los vendedores ilegales de gin. Se forman pandillas y toda la típica historia detrás de estas medidas gubernamentales que fortalecen la prohibición y los condicionamientos morales. Luego el gin pasa de moda, y es asociado a determinados sectores de la sociedad inglesa (las pandillas). A muchos los deportan (junto a personas que también escapaban por otros asuntos relacionados con la falta de libertades religiosas, por ejemplo) y el resultado —en buena parte— es Australia y Estados Unidos.

Thomas Townshend, también conocido como Lord Sydney (1732-1800), fue un político británico que prácticamente ideó Australia, pero con un concepto moralista de cómo debía ser. Los convictos eran enviados a esas tierras para que fueran reformados bajo trabajo duro y vida al aire libre en la naturaleza: sin alcohol ni nada que los llevara a «vicios». Es más, en los borradores de creación de las primeras gobernaciones se planteaba la implementación de leyes contra la blasfemia, lo profano, el adulterio, la fornicación, la poligamia, la embriaguez, entre otras cosas. El plan no resultó. Para 1792 la cerveza se vendía en Australia de forma legal, pero no sucedía lo mismo con el ron. Todo era una economía de trueque. Como la población estaba formada por convictos que hacían trabajos forzados, se les debía ofrecer otra cosa para que hicieran algo más: lo que más pedían era ron. Pero el tercer gobernador, John Hunter, después de Arthur Phillip y de Francis Grose, ordenó el fin del comercio del ron para 1795. Esto era imposible: lo único que hacía que las cosas medianamente funcionaran era la venta de ron, y Hunter no pudo hacer mucho al respecto.

Prohibir, prohibir, prohibir. Ése ha sido el lema de casi todos los gobiernos y autoridades frente a los asuntos que no encajan en su «moralidad perfecta». Prohibir vodka en Rusia, prohibir el alcohol en Islandia en 1915, en Finlandia desde 1919 a 1932 o en Noruega entre 1917 y 1927. A fin de cuentas, todas las culturas han bebido alcohol. Esta historia ha existido siempre.

Pero si hablamos de prohibiciones, y retomando el asunto de las demás drogas, corresponde que mencionemos la icónica guerra contra las drogas abanderada más tarde por una larga sucesión de administraciones de Estados Unidos, originada por Harry J. Anslinger, el santo patrono de la persecución penal de la marihuana, quien representa para la DEA (Drug Enforcement Agency) lo que John Edgar Hoover fue para el FBI, es decir, la piedra fundacional. Anslinger fue crucial para la continuidad de toda aquella lamentable burocracia prohibicionista (y con elevados tintes de racismo y xenofobia) que se había comenzado a erigir a partir de la sanción de la anteriormente mencionada Ley Seca de 1920. Este personaje fue el primer director entre 1930 y 1962 de la FBN (Federal Bureau of Narcotics), predecesora de la DEA.

En el libro Marihuana: la medicina prohibida (1997), Grinspoon y Bakalar, además de las importantes anécdotas en primera persona de distintos consumidores de cannabis (e incluso, si hablamos en términos históricos, cuando fue recetado a la reina Victoria de Inglaterra por el médico de la corte), nos cuentan cómo la comunidad médica es ignorante en cuanto a esta planta, y cómo ha sido a la vez agente y víctima en la difusión de informaciones erróneas y mitos atemorizadores.

Pero siguiendo con el énfasis en el rol de Anslinger en aquella trayectoria, los autores Grinspoon y Bakalar señalaron que:

La Ley de Impuestos a la Marihuana de 1937 fue la culminación de una campaña organizada por la Oficina Federal de Narcóticos, con Harry Anslinger a su cabeza, merced a la cual el público fue inducido a pensar que la marihuana creaba adicción y era causa de crímenes violentos, psicosis y deterioro mental. La película Reefer Madness, elaborada como parte de la campaña de Anslinger, puede resultar chistosa en los complicados tiempos que ahora corren, pero fue contemplada entonces como un serio intento de dar al asunto el tratamiento de problema social, y la atmósfera y las actitudes que ejemplificó y promovió continúan influyendo en la cultural actual.

Por otro lado, los autores nos muestran otro detalle interesante respecto de la investigación de la planta a finales de los años treinta:

El alcalde de Nueva York, Fiorello LaGuardia, designó en 1938 un comité de científicos para estudiar los aspectos médicos, sociológicos y psicológicos del uso de la marihuana en la ciudad de Nueva York. Dos internistas, tres psiquiatras, dos farmacólogos, un experto en salud pública, los comisionados de Corrección, Salud y Hospitales, y el director de la Sección de Psiquiatría del Departamento de Hospitales constituyeron esa comisión. Comenzaron sus investigaciones en 1940 y presentaron un informe detallado de sus trabajos en 1944 con el título «El problema de la marihuana en la ciudad de Nueva York». Este estudio, al que no se prestó ni mucho menos la atención que merecía, disipó muchos de los mitos que habían propiciado la aprobación de la ley de impuestos. El comité no encontró pruebas de que la criminalidad estuviera asociada con la marihuana o de que ésta fuera causa de conductas agresivas o antisociales; la marihuana no era sexualmente estimulante y no provocaba cambios en la personalidad.

Juan Carlos Hidalgo, del Cato Institute, es autor de un ensayo bien llamativo que se titula El fracaso de la guerra contra las drogas (2010), en el que señala que «hace poco más de cuarenta años, el entonces presidente Richard Nixon lanzó la guerra internacional contra las drogas. La prohibición sobre ciertos estupefacientes ya era de larga data en Estados Unidos. En 1914 el Congreso de ese país prohibió la cocaína, la heroína y drogas relacionadas. En 1937 fue el turno de la marihuana». A esto, Hidalgo suma que «es imposible no establecer paralelos entre la experiencia de la prohibición en Estados Unidos con lo que actualmente se vive en dicho país y en nuestra región con la guerra contra las drogas. La prohibición de las drogas ha hecho del narcotráfico un negocio extremadamente lucrativo. Esto se debe a que el precio de una sustancia ilegal se determina más por el costo de la distribución que por el costo de la producción». Y creo que Hidalgo se hace una pregunta fundamental. Él se cuestiona si «a la hora de evaluar la guerra contra las drogas, el interrogante radica entonces en si todas estas vidas perdidas, dinero, violencia, corrupción y erosión de libertades civiles están al menos logrando el objetivo de frenar el consumo de drogas en la población». La respuesta es un gran y rotundo «no». Que la gente piense que las cosas desaparecen cuando son ilegales es ignorar la realidad.

Una vez más: no se trata de prohibir. Se trata de que cada individuo sea el responsable de lo que hace con su propio cuerpo. Los liberales no creemos en los gobiernos que pretenden cumplir el rol de niñeras, ni en los gobiernos que se creen una entidad superior, una deidad conocedora de qué es lo mejor y qué es lo peor para nuestras vidas y que por ello tendrán la potestad de decidir sobre cada una de nuestras decisiones personales. Como explica Gloria Álvarez en Cómo hablar con un conservador, «el consumo de drogas podrá ser, para algunos, una decisión estúpida. Pero en última instancia es una decisión que afecta únicamente al cuerpo que la consume. Y aunque muchos conservadores sostienen que la drogadicción de un ser querido tiene efectos y externalidades negativas que afectan a sus seres próximos, la realidad es que dichas externalidades se producen a posteriori del consumo de dichas sustancias; de la misma manera en que a una madre le puede doler el trato cruel e irrespetuoso de un hijo adolescente con problemas de ira, o de un padre cuya hija es adicta a drogas legales como el alcohol».

En La acción humana (1949), Ludwig von Mises argumentó que «el opio y la morfina ciertamente son drogas nocivas que generan dependencia. Sin embargo, una vez que se admita que es deber del gobierno proteger al individuo contra su propia insensatez, ninguna objeción seria puede ser presentada contra otras intromisiones estatales a la privacidad. Si cedemos en el principio de que el Estado no debe inferir en ninguna cuestión relacionada con el modo de vida del individuo, la ine-vi-ta-ble consecuencia será la reglamentación y la restricción del comportamiento de cada individuo en sus más mínimos detalles […]. Al abolirse la libertad de un hombre de determinar su propio consumo, todas las otras libertades ya están, por definición, abolidas».

Por último, como nos ha recordado Antonio Escohotado en reiteradas ocasiones a través de aquella cita anónima, «de la piel para dentro empieza mi exclusiva jurisdicción. Elijo yo aquello que puede o no cruzar esa frontera. Soy un Estado soberano, y las lindes de mi piel me resultan mucho más sagradas que los confines políticos de cualquier país».

Sobre las armas y la autodefensa

Cuando hablamos de libertades también debemos hacer énfasis en el derecho a la legítima defensa. Los liberales no creemos en iniciar la violencia, pero sí creemos que tenemos el derecho de defendernos cuando nos atacan. Esta consideración nos lleva a un aspecto como lo es la tenencia de armas y la tendencia de los gobiernos a desarmar a los individuos.

Es que al fin y al cabo, cuando se recurre al control de armas y al desarme de la población, lo que sucede es que no se le están quitando las armas a los delincuentes y a los asesinos, sino a aquellas personas decentes que tienen armas para su legítima defensa. Si un delincuente quiere conseguir un arma, aunque estén prohibidas, no cabe duda de que la va a conseguir como sea y donde sea, y el que quedará desarmado y vulnerable ante la violencia y la locura de otra persona será usted.

En 2004, la Academia Nacional de Ciencias tuvo en cuenta más de doscientos cincuenta estudios académicos, más de cien libros y más de cuarenta publicaciones estatales que evaluaban ochenta medidas del control de armas. Los investigadores no lograron encontrar una sola regulación que haya reducido el crimen violento.

Si vemos casos de prohibición de armas a nivel histórico, podemos contemplar el caso de Gran Bretaña, donde se decreta ilegal la tenencia de armas de fuego en 1997 y eso no evita que la violencia armada haya aumentado un 40 por ciento desde entonces. Otro caso es el de Australia, que prohibió una gran variedad de armas de fuego y, así y todo, a los cuatro años de haberse aprobado esa ley, los asaltos a mano armada aumentaron un 51 por ciento. Comparemos estos casos con países como Suiza, donde hay elevados niveles de tenencia de armas y, así y todo, hay bajísimos niveles de criminalidad.

Suiza tiene el mayor número de armas por persona en toda Europa y es el tercero en el mundo con mayor cantidad de armas por habitante. Eso viene de una tradición que comienza cuando se establecen las bases de la Antigua Confederación Suiza en 1291, una alianza entre las comunidades de los valles de los Alpes centrales que se llevó a cabo para comerciar libremente y asegurarse la paz entre las rutas comerciales a través de las montañas, firmada por las comunidades rurales de Uri, Schwyz y Unterwalden. El pueblo de la Antigua Confederación también decide armarse para preservarse a sí mismo y a su independencia. En el siglo XIX, al establecerse las bases de Suiza como Estado moderno, también se promulgó la neutralidad en lo que se refiere a términos de política exterior.

Pero los regímenes totalitarios del siglo pasado, como los de Hitler, Stalin o el mismísimo Fidel Castro en Cuba, optaron por decretar de entrada la prohibición de la tenencia de armas y el desarme de la población. En la otra cara de la moneda vemos a Thomas Jefferson o a John Locke, quienes fueron promotores de la tenencia de armas (algo que de hecho se plasma en la Constitución de Estados Unidos). Ya lo decía Voltaire en su momento, «sin el derecho a la defensa propia, los individuos no podrían defenderse de los ladrones vulgares ni de los gobiernos tiránicos».

Recordemos las palabras de Cesare Beccaria, filósofo, jurista y economista italiano del siglo XVIII, quien en 1764 escribe De los delitos y las penas, y nos insiste en que «prohibir armas sería lo mismo que prohibir el uso del fuego sólo porque quema, o el agua sólo porque ahoga», que «leyes de ese tipo hacen las cosas más difíciles para los asaltados y más fáciles para los asaltantes», y remarca el modo en el que «sirven para estimular el homicidio en lugar de prevenirlo, ya que un hombre desarmado puede ser asaltado con más seguridad por el asaltante». Recordemos la importancia de la autodefensa, y que cuando las armas están fuera de la ley, los que están fuera de la ley son los únicos que tienen las armas.

Sobre los derechos humanos y la abolición de la esclavitud

Asimismo, el liberalismo ha sido uno de los principales y más férreos adversarios de la esclavitud, la cual representó, lamentablemente, una situación frecuente durante una considerable parte de la historia de la humanidad.

Cabe rendir honor al gran autor liberal Frederick Douglass, uno de los principales paladines de los derechos humanos en el siglo XIX, enérgico promotor de la igualdad ante la ley, quien colaboró a la hora de persuadir a la opinión pública en Estados Unidos de oponerse a la esclavitud. Fue esclavo, escapó exitosamente de la esclavitud en septiembre de 1838 y se convirtió en un entusiasta autor y portavoz de la libertad, inaugurando su propio periódico en 1847 en contra de la esclavitud, llamado North Star, e involucrándose en el movimiento feminista al año siguiente.

Durante la guerra civil norteamericana (1861-1865), Douglass llegó a asesorar al presidente Abraham Lincoln, movilizándolo a emitir la Proclamación de Emancipación del 1 de enero de 1863, encargada de cambiar el estatus legal federal de más de tres millones de afroamericanos esclavizados en las áreas del sur, que pasaron de la condición de esclavos a individuos libres: en cuanto un esclavo lograba escapar del control del gobierno confederado, recuperaba su libertad.

En la Biblia, de hecho, la esclavitud se observa como una institución natural a lo largo de la historia. En el Levítico, del Viejo Testamento, dice que «podrás comprar esclavos y esclavas de entre las naciones vecinas» (25:44), que «los considerarás tu propiedad» (25:45) y «podrás dejarlos como herencia a tus hijos» (25:46). Del mismo modo, el papa Nicolás V, en el año 1452, autorizó a los países católicos con un «absoluto permiso para invadir, buscar, capturar y subyugar a los sarracenos, los paganos y otros infieles y enemigos de Cristo, dondequiera que se encuentren» y «reducir a estas personas a la esclavitud perpetua», como bien lo observa Michael Shermer en The Moral Arc: How Science and Reason Lead Humanity Toward Truth, Justice and Freedom (2015).

Una de las distinguidas causas de los liberales a lo largo de la historia fue la enérgica campaña para abolir la esclavitud. Autores de la Ilustración escocesa y el liberalismo clásico de la talla de Adam Smith o Francis Hutcheson condenaron fuertemente la esclavitud en sus publicaciones. La esclavitud, una de las mayores violaciones a la libertad, existió desde los comienzos de la historia de manera omnipresente. Fue, en buena parte, gracias al proceso de desarrollo de los límites al poder y de la importancia de las libertades individuales, precisamente durante la Ilustración, que buena parte de nuestra humanidad comprendió que la esclavitud y la convivencia pacífica eran incompatibles.

El liberalismo se trata, así, de una historia de demolición de las configuraciones históricas de opresión e injusticia. El liberalismo es, por ende, la historia de una lucha contra la desigualdad ante la ley.

El populismo, que combina lo político con lo afectivo, finalmente acaba polarizando a la sociedad en polos antagónicos, devaluando la democracia en nombre de la mismísima democracia, rompiendo el orden institucional, criticando a los medios como base de la retórica populista y utilizando el poder como una herramienta personal para repartir recursos y hacer favores específicos con el fin de ganar votos.

Sobre el feminismo liberal y el rol de la mujer en la historia

Este desenlace esencial en términos de libertades civiles que ha girado en dirección al feminismo liberal ha sido notoriamente englobado en nuestros tiempos por la española María Blanco, autora del recomendado libro Afrodita desenmascarada: una defensa del feminismo liberal (2017), en el que nos señala cómo las feministas originalmente eran libertarias, o al menos no proponían soluciones estatales:

Como dice Sharon Presley, el feminismo libertario es parte de una tradición individualista, sobre todo, americana. Contrariamente a lo que mucha gente cree, las primeras activistas no eran socialistas, es decir, intervencionistas, sino libertarias. No reclamaban que se emplearan fondos de todos los ciudadanos para defender nuestra causa. Ellas pedían igualdad ante la ley, y eran mujeres duras y que llevaban mucho tiempo plantando cara al Estado. Las primeras de ellas, a mediados del siglo XVIII, fueron Mary Wollstonecraft, en Inglaterra, y Judith Sargent Murray, en Estados Unidos, las cuales se centraron en la igualdad en la educación de las mujeres y cuyas reclamaciones respondían sobre todo a los problemas personales que ambas tuvieron que sobrellevar. Ambas fueron inspiradoras de otras feministas individualistas estadounidenses, como Elizabeth Cady Stanton, Susan Brownell Anthony o Matilda Joslyn Gage, autoras, en 1881, de la primera historia del movimiento feminista. Estas mujeres no solamente luchaban por una educación igualitaria, sino que también eran sufragistas y abolicionistas.

A su vez, el autor estadounidense David Boaz, en un artículo titulado «Los liberales y la lucha por los derechos» (2015), hace referencia a que «un liberal debe necesariamente ser feminista, en el sentido de ser un defensor de la igualdad ante la ley». Absolutamente acertado.

Durante la mayor parte de nuestra historia, las mujeres fueron primero propiedad de sus padres, para luego pasar a ser propiedad de sus esposos, bajo matrimonios la mayoría de las veces arreglados por las familias sin el consentimiento o voluntad de la mujer. Esa propiedad de padres que pasa a propiedad de esposos, de hecho, puede verse en la ceremonia de bodas, en la que el padre «entrega» a la novia.

Históricamente, las mujeres incluso han sido obligadas a utilizar cinturones de castidad o sufrir mutilaciones genitales que hoy día siguen existiendo en distintos lugares del mundo y que han sido practicadas durante siglos en distintos grupos, comunidades y tribus de Asia, África y Oriente Medio (la humillante y horrible mutilación femenina se encuentra en práctica en más de treinta países africanos, y también en Indonesia, Irak, India, Pakistán y Yemen). No olvidemos, tampoco, lo que han representado históricamente las famosas «cazas de brujas»; la última ejecución documentada de una mujer acusada por brujería tuvo lugar en 1727.

Como señala Norberg en Progreso: 10 razones para mirar al futuro con optimismo (2017), «en el siglo XV, dos clérigos publicaron el Malleus Maleficarum, una obra tan extraña que por momentos parece estar inspirada por Adolf Hitler y en otros pasajes recuerda a Monty Python. En ella se argumentaba que las brujas vivían entre nosotros y la mayoría de las mujeres eran descritas como “indómitas, mentirosas y tan insaciables que sólo se asocian con el diablo”. Según el libro, toda bruja “descubierta” debía ser ejecutada. Malleus Maleficarum se convirtió en un manual oficioso, aplicado en buena parte de los tribunales europeos. En los dos siglos siguientes a su publicación, los cazadores de brujas franceses y alemanes acabaron con la vida de entre sesenta mil y cien mil mujeres acusadas de brujería».

Además de estas horrendas persecuciones, a lo largo de la historia las mujeres tampoco han tenido acceso a la educación, al voto, a trabajar fuera del hogar, al divorcio o a la posesión de propiedades. La lucha por el derecho al sufragio de la mujer también fue, en sus inicios, una bandera liberal.

Nueva Zelanda fue el primer país que permitió el voto femenino en 1893. La mayoría de los demás países lo hicieron a lo largo del siglo XX: Estados Unidos en 1920, el Reino Unido en 1923, España en 1931, Francia en 1944, Suiza en 1971, Arabia Saudí en 2011 y así hasta el momento.

Es que el feminismo es liberal: el feminismo de los orígenes, el feminismo que ha buscado una lucha histórica por la única igualdad existente que es la igualdad ante la ley. El feminismo no es la destrucción del espacio público y tampoco es violencia. En efecto, es una pelea histórica en busca de la igualdad ante la ley y el fomento del mérito antes que los privilegios, antes que las cuotas o las intervenciones gubernamentales. Sobre esto, María Blanco (2017) hace énfasis en que «hablando de desigualdad socioeconómica de la mujer respecto del hombre, ningún sistema ha favorecido más a la mujer que el capitalismo. Ha sido el sistema capitalista basado en la libertad individual el que ha permitido su incorporación al trabajo, el que la ha liberado de la necesidad de casarse con un hombre capaz de mantenerla, de la obligación de aguantar lo que fuera por miedo a ser repudiada y de vivir encadenada monetariamente a un hombre primero (el padre) y a otro después (el marido) […]. Los sindicatos eran los primeros en oponerse al trabajo femenino. Como si trabajar fuera de casa fuera algo exclusivo del hombre, y hacerlo dentro de casa, exclusivo de la mujer».

La autora Camille Paglia, en su libro Feminismo pasado y presente (2017), señala respecto de los orígenes del feminismo que:

El feminismo tiene doscientos años. Desde que Mary Wollstonecraft escribió el manifiesto aquel en 1790, han pasado doscientos años. Fases ha habido muchas. Podemos criticar la fase presente sin criticar necesariamente el feminismo […]. Con lo que me identifico es con el feminismo de antes de la guerra, el de Amelia Earhart, el de Katharine Hepburn, que me produjo un impacto tremendo. En esos tiempos había mujeres que tenían independencia, que tenían confianza en sí mismas y que eran responsables de sus actos […]. Contamos con textos dispersos, tanto en prosa como poesía, que protestan por la falta de derechos y estatus social de las mujeres, desde Christine de Pisan hasta Anne Bradstreet y Mary Wollstonecraft, pero el feminismo como movimiento organizado comenzó a mediados del siglo XIX, inspirado en la corriente para abolir la esclavitud, al igual que el resurgimiento feminista de la década de 1960 sucedió como reflejo del movimiento por los derechos civiles, cuyo objetivo era acabar con la segregación y la privación de derechos de los afroamericanos en el sur profundo de Estados Unidos […]. El feminismo siempre estuvo vinculado a la democracia: no es casual que naciera en Estados Unidos ni que sirviera como modelo al feminismo británico. Lo cierto es que el feminismo teórico no ha reconocido cuánto debe a la tradición occidental de las libertades civiles de la Grecia clásica, no simplemente a la defectuosa democracia ateniense […], sino a la muy anterior aparición de la primera voz individual de la poesía clásica, la de la primera gran escritora de la historia: Safo de Lesbos. En segundo lugar, el feminismo teórico no ha reconocido lo que debe el feminismo moderno no sólo al capitalismo, sino a la Revolución Industrial, que transformó la economía, expandió el ámbito profesional y dio a las mujeres por primera vez en la historia la oportunidad de ganarse la vida y zafarse de la dependencia del padre o el marido […]. Las feministas de la «primera ola» hicieron grandes sacrificios, que demostraron un enorme valor y audacia en su reivindicación no sólo del voto, sino también de la reforma de las leyes que impedían a las mujeres firmar contratos o ser dueñas de propiedades.

Corresponde mencionar a autoras como Harriet Taylor Mill, Rose Wilder Lane, Isabel Paterson o Ayn Rand. Sumada también Mary Wollstonecraft —hija de la Ilustración, esposa de William Godwin y madre de Mary Wollstonecraft Shelley (la reconocida autora de Frankenstein)—, quien expresó en Vindicación de los derechos de la mujer (1792), uno de los primeros tratados feministas, que a las mujeres «se las trataba como una especie de ser subordinado y no como parte de la especie humana». En ese texto, Wollstonecraft exigía que las mujeres pudieran recibir educación, en vez de ser meros objetos de entretenimiento de los hombres.

Asimismo, el texto lleva adelante una fuerte y consistente crítica al modelo específico de mujer defendido por Rousseau, quien negaba a las mujeres una posición política, y tenía como propósito que la educación de las mujeres estuviera dirigida exclusivamente a la preparación para el matrimonio y el hogar. La vulneración de los principios de igualdad ante la ley que se reflejan en la figura de Sofía (la amada de Emilio, en la obra de Rousseau de 1762 titulada, precisamente, Emilio) es algo sobre lo que Mary Wollstonecraft pone el grito en el cielo en su obra de 1792, insistiendo en que aquella Sofía descrita por Rousseau era un ideal de mujer que existía únicamente en el imaginario de su autor y que no era para nada el ícono de las mujeres. La «Sofía» que Wollstonecraft reivindica es la que enaltece el rol de la mujer a partir de la razón, de la racionalidad y de su propia capacidad intelectual. Rousseau, por su parte, afirmaba que la mujer debía ser débil y pasiva, que debía someterse al hombre, complacerlo y que su deber era hacerse agradable a su dueño, siendo éste el fin de su existencia. Mary cita algunos alarmantes pasajes de la obra Emilio (1762) de Jean-Jacques Rousseau, tales como los siguientes:

La educación de las mujeres debe ser siempre relativa a los hombres. Complacernos, sernos útiles, hacernos amarlas y estimarlas, educarnos en la juventud, cuidarnos cuando crecemos, aconsejarnos, consolarnos, hacer nuestras vidas fáciles y agradables: éstos son los deberes de las mujeres en todo momento, y lo que debe enseñárseles en su infancia […]. Las niñas deben someterse, durante toda su vida, al más constante y severo control, que es el del decoro: es por tanto necesario acostumbrarlas pronto a dicho confinamiento, para que no les cueste más adelante demasiado caro, y a la supresión de sus caprichos, para que se sometan más gustosamente a la voluntad de otros. Si, de hecho, se inclinan por trabajar constantemente, debe obligárseles a dejar el trabajo de lado algunas veces […]. Las mujeres tienen, o deben tener, poca libertad […]. De este habitual control resulta una docilidad que las mujeres necesitan durante toda su vida, al permanecer constantemente bajo la sujeción del hombre o de las opiniones de la humanidad […]. La mujer debe incluso sufrir la injusticia y soportar los insultos del marido sin quejarse; y no por el bien de él, sino por el suyo propio, deben tener un temperamento apacible […]. Emilio, al convertirse en tu marido, se convierte en tu dueño y reclama tu obediencia.

Lamentablemente, aquel pensamiento de Rousseau fue el que primó durante siglos a lo largo de nuestro mundo y que incluso hoy en día muchos todavía siguen profesando. Como indica Marta Lois en su introducción a la edición de 2005 de Vindicación de los derechos de la mujer, el objetivo de Mary Wollstonecraft «era combatir la tradición conservadora».

Ya para el siglo siguiente, en la Convención de Seneca Falls que tuvo lugar en 1848 en Nueva York, activistas a favor del abolicionismo y de las libertades de las mujeres como el ya mencionado Frederick Douglass, Elizabeth Cady Stanton y Lucretia Mott, proclamaron lo siguiente:

Consideramos que estas verdades son evidentes y no precisan fundamentación: que todos los hombres y mujeres son creados iguales […]. La historia de la humanidad es una historia de agravios y usurpaciones sostenidas por parte del hombre hacia la mujer, con el objetivo específico de establecer una tiranía absoluta sobre ella […]. Teniendo en cuenta las leyes injustas antes mencionadas, y porque las mujeres se sienten en efecto agraviadas, oprimidas y privadas ilegítimamente de sus derechos más sagrados, insistimos en su participación inmediata en todos los derechos y privilegios que les pertenecen como ciudadanas de estos Estados Unidos.

El feminismo ha sido, por ende, una lucha por alcanzar libertades que durante un largo tiempo le fueron negadas a la mujer y que, todavía, son negadas en muchos países del mundo. Por todo esto, el liberalismo resulta compatible con el feminismo. Como alguna vez nos enseñó F. A. Hayek, la lucha por la igualdad formal y contra toda discriminación basada en el origen social, la nacionalidad, la raza, el credo, el sexo, etc., sigue siendo una de las características más importantes de la tradición liberal. Igualdad jurídica para todos, de esto se trata y eso es lo que propugna el liberalismo.

Una vez más, se trata de igualdad ante la ley y de que la libertad de buscar nuestra propia felicidad sea fielmente respetada.

 

Sobre el liberalismo: ni derecha ni izquierda

Ya que hacemos mención de la búsqueda de la propia felicidad, corresponde tener presente que el liberalismo está incondicional y cabalmente a favor de la libertad, y en contra de la imposición de un modelo de vida único y absoluto.

La libertad es libertad, no es la planificación central que busca el socialismo, no es la moral católica del siglo XVI y no es el estatismo emocional de la derecha que se llena la boca de palabras hablando en contra del Estado, pero en realidad su plan no es «una menor intervención del Estado», sino un Estado que intervenga para ellos, a favor de ellos, en la dirección «correcta» para ellos, hacia su modelo «perfecto» y «moral» de vida.

Hogaño existe una derecha disfrazada de «liberal» y urge removerle la máscara. Son varios los colectivismos populistas que se enmarcan dentro de aquella derecha mundial. Por un lado, personajes como el expresidente Donald Trump, con sus recurrentes ofensas a la diversidad, sus guerras comerciales, los aranceles, el aumento sideral del gasto público, la creciente deuda, el rechazo hacia el Estado de derecho, sus modos de aferrarse al poder, su proteccionismo y su manera de ver el comercio internacional como una competencia de suma cero, sus expresiones vulgares de racismo y sexismo en sus mítines, la demonización hacia los inmigrantes y los socios comerciales, su admiración hacia personajes como Vladímir Putin o su elogio a los autócratas de Turquía, Filipinas, Tailandia, Arabia Saudí y Egipto, denigrando a su vez a los aliados demócratas de Alemania, por ejemplo.

Por otro lado también se suman personajes como Jair Bolsonaro, representante de la derecha latinoamericana no muy amistoso con el Estado de derecho y reconocido por sus ya lamentables y conocidos dichos en contra de la diversidad sexual y las mujeres, sumado a sus declaraciones racistas a lo largo de su carrera. Además, en 1999, cuando era diputado por el Partido Progresista Reformador, aseguró en el programa de televisión Camera Aberta que él era «favorable a la tortura». También podemos sumar sus dichos misóginos contra la diputada Maria do Rosário en 2014 (y otros tantos) o sus expresiones constantes en contra de los homosexuales, como en noviembre de 2010, cuando dijo en vivo en un programa de debate que «si un hijo empieza a mostrarse medio gay, hay que darle una paliza para cambiar su comportamiento».

Todo esto a lo largo del continente americano. No obstante también rebrotan populismos de derecha dentro de Europa, movimientos populistas que rechazan de manera abierta los ideales de la Ilustración, mostrando su tribalismo, sus tendencias autoritarias y su nostalgia por un pasado idílico, siendo una amenaza para el progreso de nuestra humanidad.

Tal es el caso del partido político Vox, según ellos un «movimiento social y patriótico» que, en verdad, tiene un inconfundible traje proteccionista y nacionalista, recargado con el tradicional argumento populista de la industria nacional, de vivir con lo nuestro y del encierro comercial.

Estos movimientos son partidarios de sociedades cerradas, opuestos a la inmigración, en contra del orden espontáneo de la cultura, hostiles tanto a la competencia como a la influencia extranjera. En cambio, los liberales estamos a favor de la libre movilización de las personas, de que cada uno pueda, por ejemplo, emigrar al país que más le guste.

Tal cual lo indica la Enciclopedia del Libertarianismo (2008), la inmigración ha jugado un papel importante en el asentamiento y el desarrollo de países como Estados Unidos y, de hecho, de todo el mundo. Los argumentos a su favor establecen que la inmigración no sólo mejora la libertad y el bienestar de los que se han mudado al país de adopción, sino que también beneficia a los que ya viven en dicho país, estimulando la economía y enriqueciendo la cultura. Históricamente, precisamente en la Inglaterra medieval, la inmigración se consideraba un derecho básico, tal cual lo estipulaba la Carta Magna. A medida que la libertad comercial y la libertad económica se expandían a lo largo del siglo XIX, también lo hacía la inmigración. La historia de nuestra civilización se ha tratado de seres humanos migrando de un lugar al otro desde momentos remotos. A finales de siglo se producen las grandes migraciones masivas de Europa a América, Oceanía y Asia. Para comienzos del siglo XX, los destinos más importantes de la inmigración europea eran Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Estados Unidos y Argentina.

La historia nos muestra constantemente que los recién llegados a un país estimulan la economía, inician negocios, generan nuevas ideas y productos, y otros tantos factores más que nos benefician a todos. No existen las pruebas ni la evidencia de que la inmigración reduzca el nivel salarial o que aumente el desempleo de los que nacieron en el país: ésos son sólo falsos argumentos de los fanáticos nacionalistas y xenófobos. Los inmigrantes enriquecen la cultura gracias a la diversidad y fortalecen la economía. Tal cual lo destacó Ludwig von Mises en Liberalismo (1927), «el pensamiento liberal siempre tiene a la humanidad entera a la vista y no solo partes. No se detiene en grupos limitados; no termina en la frontera de la aldea, de la provincia, de la nación o del continente. Su pensamiento es cosmopolita y ecuménico: acoge a todos los hombres y al mundo entero. El liberalismo es, en este sentido, humanismo, y el liberal, un ciudadano del mundo, un cosmopolita».

Los liberales no sostenemos la idea de que existen culturas que arruinan o manchan a otras: los liberales apostamos por la libre competencia de culturas.

En la otra cara de la moneda, encontramos a personajes como Viktor Orbán, desde Hungría, quien poco a poco tomó las instituciones de todos los órganos estatales de la mano de personas y amigos leales a su partido Fidesz (Unión Cívica Húngara, partido conservador nacionalista y populista de derechas). Orbán, con su agenda pronacionalizaciones, restricciones a la libertad de expresión, con su amiguismo y su nepotismo, entre otras maneras de aniquilar la libertad, se mostró también partidario de la sociedad cerrada y en uno de sus discursos afirmó que «la vida cambia en los países a los que los inmigrantes llegan masivamente. Quizá no en un día, pero lo hará en unos años, y nuestros hijos y nietos nos preguntarán por qué dejamos que cambiaran nuestra patria» («Hungría: 7 frases de Orbán que resumen su ideología», El País, España). Una vez más, otro discurso repleto de xenofobia y nacionalismo en un continente que bien conoce de primera mano los resultados del odio a lo distinto y de las banderas nacionalistas (el siglo pasado nos demostró lo peligroso que puede resultar aquel nefasto experimento).

Hay que aclararlo con insistencia: el liberalismo combate al colectivismo de izquierdas, pero también al de derechas. El autor español Juan Ramón Rallo resume de manera muy clara las propuestas de Vox, por ejemplo, en su artículo titulado «El colectivismo de derechas también es una amenaza para la libertad» (2018) al señalar los siguientes aspectos:

El colectivismo nacionalista de Vox y su apuesta por ilegalizar partidos, asociaciones y ONG; el impulso de una política fronteriza en contra de la migración; el jacobinismo administrativo en el sentido de que Vox defiende centralizar totalmente la Administración estatal, buscando derogar las autonomías para establecer un Estado unitario y, entre otros aspectos, el conservadurismo estatizador. [Sobre este último punto Rallo menciona que] cada individuo tiene todo el derecho a ejercer su libertad para vivir una vida tan conservadora como considere adecuada para él y para su comunidad. El liberalismo, pues, no es incompatible con personas que, en su fuero interno, abracen valores religiosos o tradicionales: sí lo es, en cambio, con la pretensión de imponer esa agenda moral desde el Estado, y eso es lo que en parte hace Vox: crear un Ministerio de Familia y aprobar una ley orgánica para «proteger» a la familia «natural» (punto 71 de la propuesta de Vox); aprobar subvenciones para las familias numerosas (puntos 72 y 73) y prohibir la gestación subrogada (punto 80). En otras palabras, Vox promueve instrumentar la ley para defender (¿de qué y contra qué?) y para subvencionar (a costa del conjunto de contribuyentes) un determinado modelo (dizque «natural») de familia. ¿Qué hará con los otros modelos de familia que Vox considera no naturales? ¿Prohibir su constitución, como en el caso de la gestación subrogada, o discriminarlos legalmente en su ley orgánica sobre la familia?

Basta simplemente con hacer un repaso de las famosas Cien medidas para la España viva propuestas por Vox y ya será suficiente para que el lector reconozca la abundancia de nacionalismo, homofobia y dirigismo que priman en ese partido sobre cualquier otro aspecto, y que dicho partido no tiene nada, absolutamente nada, de liberal.

Pero al igual que Vox en España, hoy también nos encontramos con múltiples movimientos y partidos políticos nacionalistas y conservadores que representan a la arcaica derecha a lo largo de Europa, tales como el UK Independence Party (UKIP) del Reino Unido, el Dansk Folkeparti (DF) de Dinamarca, el Jobbik Magyarországért Mozgalom de Hungría, el Partij voor de Vrijheid (PVV) de los Países Bajos, el Amanecer Dorado de Grecia, el Alternative für Deutschland (AD) de Alemania, el Freiheitliche Partei Österreichs (FPÖ) de Austria, el Perussuomalaiset (PS) de Finlandia, la Lega Nord (LN) de Italia o el Vlaams Belang de Bélgica, por sólo mencionar algunos de los tantos existentes. El populismo en Europa está buscando un resurgimiento.

Por supuesto, no podemos dejar fuera al escalofriante partido Rassemblent National (RN) de Francia, denominado Front National hasta 2018, partido liderado por Marine Le Pen, conocida por sus discursos en contra de la globalización, a favor del nacionalismo económico y el proteccionismo («un buen nombre para una mala causa», como argumentaba en La tiranía de los controles el matrimonio Friedman), defensora de la idea de ponerle fin a los tratados comerciales y aumentar aranceles contra las importaciones, fiel desconocedora de las lecciones más básicas de la economía. A ojos de este partido, históricamente, los principales enemigos de Francia suelen ser los inmigrantes: típico discurso de la derecha racista y xenófoba.

Frente a este argumento, Álvaro Vargas Llosa en «Marine Le Pen, ¿parda o zurda?» (2017) señala que «la intención de Le Pen de controlar los precios (tarifas de gas y electricidad, los tipos de interés), potenciar el gasto público (ampliar el asistencialismo, reducir la edad de jubilación, aumentar las pensiones) y manipular la moneda (crear dinero desde el banco central, decir a los bancos a quién y cuánto prestar) ya se practicaron a ambos lados del Atlántico». Asimismo nos recuerda que «el discurso de la líder de extrema derecha francesa contra la inmigración (gravar a las empresas que contraten extranjeros, poner un tope de 10.000 inmigrantes) tiene cierta deuda con un sector de la izquierda. Lo que propone Le Pen —salirse del mando integrado, recuperar “soberanía” militar— lo propone también Podemos en España, que reclama “autonomía” ante la Alianza».

El Rassemblent National representa una clarísima amenaza a las libertades civiles, políticas y económicas de Francia, buscando una alternativa para imponer el colectivismo como base central de la sociedad, sometiendo al individuo a la masa de la identidad nacional. Le Pen, por su parte, presentó su famoso programa de 144 puntos en el que resumió su idea de programa de gobierno: es un escalofriante resumen de nacionalismo político, limitaciones a los inmigrantes, restricciones en términos de libertades religiosas e individuales, y aumento de los poderes policiales. Además, trae a flote la intención del quiebre con las instituciones europeas, el nacionalismo económico, la obsesión con aislar a Francia del mundo bajo el pretexto de la «industria nacional», el aumento del gasto público, el aumento de salario a los empleados estatales, un plan de construcción de viviendas, la oposición a la libre circulación de las personas, mercancías y capitales, entre otros tantos disparates estatistas. En Le Pen se ven, por supuesto, los fuertes tintes personalistas, típicos de estos populistas. Marine Le Pen presentó en las elecciones de 2012, ante su candidatura a la presidencia de Francia, un documento que lleva por subtítulo la siguiente frase al lado de su nombre: «La voz del pueblo, el espíritu de Francia».

Todo este estatismo populista nos lleva a evocar el célebre discurso de la argentina Eva Perón, estrechamente abarrotado de caudillismo, donde manifiesta lo siguiente respecto de la postura que los argentinos debíamos tener frente al movimiento peronista:

Seremos implacables y fanáticas. No pediremos ni capacidad ni inteligencia. Aquí nadie es dueño de la verdad más que Perón, y antes de apoyar a un candidato, cualquiera que sea su jerarquía, le pediremos un cheque en blanco de lealtad a Perón, que llenaremos con su exterminio cuando no sea lo suficientemente hombre para cumplirlo.

Reemplace «Perón» por cualquiera de los populismos mencionados anteriormente, tanto los de derecha como los de izquierda a lo largo de todo el escrito, y el discurso de la líder de los descamisados quedará flexible y perfectamente amoldable a la coyuntura y a los argumentos de los fanáticos que hoy claman por sus respectivos mesías populistas intocables desde las redes sociales.

 

Sobre el fanatismo populista y los nacionalismos

Una abundante fracción de los componentes del populismo se debe a «la tribu». Cuantiosos aspectos se remontan a la concepción tribal sobre la que nos enseñó Mario Vargas Llosa en su libro La llamada de la tribu (2018), una obra deslumbrante que nos permite divisar quiénes son los enemigos de la libertad, pero también nos enseña a reconocer las columnas del pensamiento liberal a través de un viaje por su propia trayectoria intelectual a partir de los autores liberales que influyeron en sus propias ideas.

Mario Vargas Llosa, con la claridad de siempre, recapitula el modo en que personajes como Hitler, Mussolini, Perón, Franco o Castro tendieron a apelar al espíritu de la tribu en una buena parte de sus peligrosos discursos. Todos estos nefastos personajes compartían rasgos predominantes, como el abrazo al nacionalismo, la creación del Estado autoritario, las aspiraciones expansionistas, la obligatoriedad de la adulación a los elementos simbólicos y la creación de la gran masa colectiva con el fin de cohesionar y uniformar al resto de la población: todos estos elementos, tarde o temprano, acaban aniquilando la individualidad. Invocar a la tribu ha sido siempre la trama central del propósito populista.

Queda expuesta así la advertencia de Karl Popper acerca del irracionalismo del ser humano primitivo que anida en el fondo más secreto de todos los civilizados, quienes nunca hemos superado del todo la añoranza de aquel mundo de tribus cuando el hombre era una parte inseparable de la colectividad y vivía subordinado al gran cacique. En palabras de Vargas Llosa (2018):

El espíritu tribal es fuente del nacionalismo, causante, con el fanatismo religioso, de las mayores matanzas de la historia de la humanidad […]. En los países civilizados, como por ejemplo en el Reino Unido, la apelación a la tribu se manifestaba en los grandes espectáculos o partidos o conciertos que daban al aire libre los Beatles o los Rolling Stones, en los que el individuo desaparece tragado por la masa, una escapatoria momentánea, sana. Pero en ciertos países, ese llamamiento a la tribu había ido reapareciendo en terribles líderes carismáticos.

Karl Popper, por su parte, describió el nacionalismo como la «horrible herejía» de la civilización occidental, una de sus bestias negras a las que identificó como un enemigo mortal de la cultura de la libertad. Jorge Luis Borges, asimismo, escribió alguna vez que «el nacionalismo sólo permite afirmaciones y toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez».

Al nacionalismo le aterra lo diferente y está en una búsqueda permanente de un «intruso» al que culpar, en quien refleja su obsesión con un supuesto «complot internacional». El nacionalismo discrimina, es intolerante y parte de que una comunidad es superior por el simple hecho de haber nacido en el país en el que nació. El nacionalismo, parafraseando a Mario Vargas Llosa, es el causante de las peores catástrofes históricas, es «racismo disimulado».

El liberalismo defiende la pluralidad, la apertura, el respeto, la propiedad privada y la sociedad libre, si mencionamos sólo algunas de sus principales vértebras. El nacionalismo es, ergo, un descomunal adversario de la libertad, como también lo es el marxismo, el estatismo, todo tipo de populismo y cualquier ideología o sistema colectivista.

 

Entonces, ¿qué más sostenemos los liberales?

Los liberales sostenemos una defensa del libre mercado porque ha resultado ser la mejor forma de cooperación pacífica y de intercambio voluntario. El funcionamiento del libre mercado tiene una peculiaridad muy atractiva. El libre mercado necesita confianza: nadie va a comerciar con quien crea que es un estafador o un ladrón. Entonces, como el mercado libre opera a partir de la confianza y las personas son libres de elegir, los productores deben convencer a los clientes de que son honestos, tienen que cumplir con las promesas o perderán reputación y luego quedarán fuera del mercado. En la otra cara de la moneda, bajo los sistemas proteccionistas, las relaciones comerciales, en cambio, están reinadas tanto por el miedo como por la desconfianza. Como bien argumenta Deirdre N. McCloskey en Las virtudes burguesas (2015), «los países donde impera robar en vez de negociar se vuelven pobres y así se quedan».

En una economía libre los productores reciben la retroalimentación de sus clientes de manera constante. En cada momento de cada día las personas eligen los productos que prefieren, y los productores, conscientes de que sus competidores hacen lo mismo, se esfuerzan por conocer qué quiere el mercado, qué quiere la gente, qué quieres tú. Es éste el argumento que Adam Smith buscó explicar al señalar que las sociedades libres tienden a ser las que alcanzan mayores niveles de progreso y desarrollo.

Siglos más adelante, F. A. Hayek haría referencia al concepto de catalaxia (derivado del verbo griego katallasso, que significa ‘intercambio’): una teoría praxeológica respecto de la forma en que el mercado libre establece los precios y los intercambios en un mecanismo de orden espontáneo, que se produce sin que existan objetivos comunes ni planificados entre los agentes económicos.

El mercado es más bien un juego de intercambio, un juego creador de riqueza, en el que a todos los jugadores los beneficia su participación, a pesar de que cada uno tenga sus propios objetivos. El mercado somos todos nosotros interactuando e intercambiando bienes y servicios según nuestros gustos, necesidades y deseos a partir de las leyes de oferta y demanda. Ese mismo mercado nos ofrece una red de comunicaciones inmensa: la red de precios.

Los precios cumplen el rol de señales que facilitan a un individuo contribuir, sin saberlo, a satisfacer a otros. Es decir, el fabricante de calzados no produce zapatos porque tenga noticias de que Juan o Pablo los necesitan. Los elabora porque sabe que docenas de comerciantes van a comprar determinadas cantidades a determinados precios por haber advertido que miles de «Juanes» y «Pablos» desean adquirirlos. Los precios informan a los productores sobre cuánto trabajo y capacidad merece la pena poner en la producción de un producto.

Lamentablemente, en nuestros países abunda la tendencia a malinterpretar e ignorar este proceso de mercado y solemos optar por controlar precios y cualquier señal que se nos cruce por el camino. Los controles de precios son remedios peores que la enfermedad. Esta política es una medida bien antigua que se remonta incluso al Imperio romano y, como siempre, es importante recordar que un precio controlado no es un precio. Un precio controlado es el simple capricho o el invento de un burócrata detrás de un escritorio estatal. ¿Qué pasa cuando se recurre al control de precios? El dinero que obtendrán a cambio los productores no justifica el esfuerzo que implica producir los bienes o servicios, por lo tanto, se producirán menos o directamente se saldrán del sector, motivo por el cual el resultado del control de precios tiende a ser siempre la escasez.

El empresario enemigo de las prebendas gubernamentales y de los privilegios, el emprendedor, el comerciante, el dueño de un negocio, el que genera empleo privado, ésos son los grandes héroes de la historia.

Todos ellos encaminan el funcionamiento de la economía a partir de sus decisiones, convirtiéndose en los canalizadores de los deseos de las personas, identificando los deseos o necesidades y satisfaciéndolos al organizar la producción de determinado bien o servicio. El emprendedor, para ser exitoso y generar riquezas, debe conocer las necesidades de los demás y satisfacerlas, y será exitoso en la medida en que conozca mejor esas necesidades y, por supuesto, pueda satisfacerlas.

 

Imitar a los países más exitosos, evitar a los países más fracasados

Urge que paremos de celebrar el crecimiento del sector estatal y que comencemos a aplaudir a estos héroes privados. Imitar a los modelos exitosos nos va a ahorrar tiempo y fracasos. No podemos continuar imitando modelos que no han funcionado. Copiemos, por ejemplo, modelos como el de los países nórdicos. Pero ¿cómo? ¿No es que en los países nórdicos abunda el socialismo? La respuesta es no y cien veces no, por más que los socialistas quieran convencernos de lo contrario. El ejercicio es muy sencillo: recurrir a los datos y a la realidad. En países como Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega o Suecia hay de todo menos socialismo: estos países son líderes en los rankings de libertad económica, propiedad privada, libre comercio, libre empresa, libertad humana o libertad política.

El caso de Suecia resulta bastante llamativo: un país que para el año 1870 era prácticamente más pobre de lo que es el Congo hoy día, donde la gente vivía veinte años menos en promedio, donde la mortalidad infantil era descomunalmente elevada y, en pocas décadas, las medidas liberales que fueron implementadas le dieron a Suecia la libertad de expresión, la libertad económica, la libertad religiosa, las libertades civiles, y, así, los suecos comenzaron a ser dueños de sus propios negocios, de sus propios emprendimientos, crearon riqueza y forjaron las bases de su mercado libre de regulaciones y trabas gubernamentales.

Cabe destacar el acuerdo comercial que celebraron con Inglaterra y Francia en 1865, que logró que los suecos se especialicen y, en 1870, tras el comienzo de la Revolución Industrial en Suecia, se sumaron nuevas compañías, la competencia hizo que las industrias suecas fueran más eficientes y, para 1950, tiempo después, antes de que se formase y se gestase el famoso estado de bienestar sueco, la economía de Suecia se había cuadruplicado, la mortalidad infantil se había reducido un 85 por ciento y la expectativa de vida había aumentado veinticinco años.

Esa caja previa junto a las malas ideas permitieron el desarrollo de un estatismo tóxico, generalmente implementado bajo el nombre de un «estado de bienestar» que a la larga sólo resulta en bienestar para el Estado y nunca para la gente.

A partir de 1970, Suecia abandonó las políticas de libre mercado e inició su declive y respectivo empobrecimiento, producto de medidas que aumentaron el tamaño del Estado. Ya para los años noventa se presentó una fuerte crisis económica que afectó duramente al país nórdico que, como bien describe el autor chileno Mauricio Rojas (2014), fue el precio que tuvo que pagar Suecia por la soberbia de un Estado que se creyó todopoderoso. La crisis llevó a Suecia a retomar la senda de reformas a favor del mercado libre, alcanzando, nuevamente, el progreso, el desarrollo, apostando por la reducción del tamaño del gobierno, abriéndose al comercio y rompiendo los monopolios.

Corresponde mencionar también el caso de Noruega, un país que está muy lejos de ser socialista: allí hay respeto por la propiedad privada, impera un Estado de derecho, no hay nacionalizaciones de empresas, no hay controles sobre la economía, abunda el libre comercio y la libre empresa, tiene una moneda sólida y hay mucha facilidad para hacer negocios. Todas características contrarias al socialismo. En Noruega, al igual que en el resto de los países nórdicos, llueven inversores privados. La fórmula es muy sencilla: donde hay inversiones, no hay socialismo. Nadie quiere invertir donde te van a quitar el producto de tu trabajo y tu esfuerzo.

Otro caso para poner sobre la mesa es el de Nueva Zelanda, un país que dio un giro completo en el momento en que decidió abandonar las nefastas regulaciones comerciales que lo tenían atrapado en el subdesarrollo. A principios de la década de 1980, este país se encontraba en una tumultuosa situación económica debido, en buena parte, a las abundantes regulaciones. En 1984 Nueva Zelanda abandonó el proteccionismo, liberó su comercio internacional, abandonó los subsidios a la industria y a la agricultura, los mercados internos se desregularon, el salario promedio aumentó, cayeron las burocracias y también una buena parte de las regulaciones laborales, el desempleo bajó y el país se volvió uno de los más libres y competitivos del mundo a partir de una gran decisión: ser una nación exitosa y abierta al mundo.

Más allá de los nórdicos, también hay otros casos llamativos como es el ejemplo de Irlanda. Este país hoy cuenta con uno de los ingresos por habitante más elevados del mundo y eso se debe a que ha sabido reconocer y corregir sus errores. Irlanda se independizó del Reino Unido en el año 1922 y comenzó a recurrir al nacionalismo, al proteccionismo comercial de la mano de la estatización de empresas y al favorecimiento de los monopolios.

A finales de la década de los años cincuenta del siglo pasado, Irlanda optó por un camino que dio un vuelco sustancial a favor de la reducción de las barreras comerciales, una importante apuesta por un recorte tributario y una fuerte promoción de la inversión privada y la libre competencia. Ya para comienzos de la década de los años setenta, Irlanda reafirmó este camino al ingresar en la Comunidad Económica Europea (antesala de la Unión Europea).

No obstante, entre 1973 y 1979 Irlanda incursionó en medidas keynesianas tales como el aumento del gasto público —financiado con un aumento de impuestos y deuda pública— que la llevó a caer en importantes tasas inflacionarias. Otra vez, con prueba y error, Irlanda entendió en 1987 que no le quedaba otra opción más que ejercer la disciplina fiscal y aplicar políticas económicas más liberales. Irlanda decidió, nuevamente, optar por una reducción de impuestos y de gasto público, deshaciéndose de las trabas y regulaciones a la competencia, y flexibilizando el mercado laboral.

Durante más de dos siglos, Irlanda había sido uno de los países más pobres de Europa y en la década de los noventa el crecimiento económico se elevó enormemente. Los números detallan que entre 1990 hasta 1995, el PBI del país se elevó en una tasa promedio del 5 por ciento anual, y desde 1996 hasta comienzos de 2000 aumentó a una tasa promedio de casi el 10 por ciento.

Luego recayó tras la crisis financiera global de 2008, aumentó la deuda pública, pero para el año 2010 al país no le quedaba otro camino más que abandonar esa apuesta por el gobierno grande, y aplicó medidas como recortes a la seguridad social, una nueva bajada de la presión tributaria, una reducción del tamaño del sector público y una mayor flexibilidad laboral, que ayudó a fortalecer el desarrollo del sector privado en la economía.

A partir de 2014, la economía irlandesa recuperó un dinamismo con altas tasas de crecimiento y, aunque todavía tiene pendiente ejecutar tareas tales como una reducción aún mayor del endeudamiento público, hoy muestra el potencial del éxito de las medidas de libertad económica al ubicarse como la sexta economía más libre del mundo, según el Índice de Libertad Económica elaborado por la Fundación Heritage (2020).

Hay algo que no se puede negar y está a la vista de quien quiera recurrir a los hechos y a la realidad: donde abundan la libertad, el libre mercado, la división de poderes, la seguridad jurídica, el respeto por la propiedad privada, las libertades civiles, la apertura, la sociedad abierta, el intercambio voluntario y el gobierno pequeño y limitado, los seres humanos viven con mejor calidad de vida, mayor esperanza de vida, tienen mejores salarios y abunda el progreso, el éxito y la prosperidad de todos.

 

Sobre el medio ambiente

Hay otro aspecto muy pocas veces mencionado y de suprema importancia: el medio ambiente. Si nos referimos a la contaminación, en términos reales, las ciudades con mayor contaminación en el mundo no son Londres ni Nueva York, sino ciudades como Nueva Delhi o Pekín. De hecho, según los informes y los rankings elaborados por IQAir, de las treinta ciudades más contaminadas del mundo, veintidós se encuentran en la India, y el resto en China, Pakistán y Bangladesh. De los 180 países que participan en el Índice de Libertad Económica (2020) de la Fundación Heritage, la India se encuentra en el puesto 120, China en el 103, Pakistán en el 135 y Bangladesh en el 122, todos catalogados como países reprimidos económicamente y no libres según el índice. Asimismo, las ciudades menos contaminadas del mundo se encuentran en países como Canadá, Islandia, Estados Unidos, Noruega, Finlandia y Suiza, todos países líderes en los rankings de libertad económica, de seguridad jurídica, de derechos de propiedad y de libertades individuales.

En este sentido, la libertad y el capitalismo han demostrado, una vez más, ser los mejores amigos del medio ambiente.

El Índice de Desempeño del medio ambiente, elaborado por la Universidad de Yale, reafirma el hecho de que la riqueza es un determinante crucial para el correcto desempeño medioambiental.

Así lo explica Johan Norberg en Cuatro décadas que cambiaron nuestro planeta (2008):

Este índice utiliza dieciséis indicadores amplios del medio ambiente para calificar los países del mundo mediante una escala de 0 (el más dañino para el medio ambiente) a 100 (el menos dañino). Una conclusión es que la riqueza es un «determinante fundamental» de la viabilidad del medio ambiente a largo plazo. Todos los países con un ingreso per cápita superior a 10.000 dólares alcanzan un valor mayor a 65, y la ubicación de los países de Europa al principio de la lista es tan común como la presencia de países de África al final de ella. La puntuación de países como Nigeria, Pakistán y Bangladesh es menor a 50, en tanto que el de países como Suecia, el Reino Unido y Nueva Zelandia se aproxima a 90.

Es decir, cuanto más rico es un país, más chances hay de cuidar el medio ambiente y ser más ecológicos. Ahora, para que una nación sea más rica, como ya hemos señalado, debe haber una buena cuota de liberalismo, propiedad privada, libre comercio y seguridad jurídica. Todos estos factores favorecen el surgimiento de nuevas tecnologías, gracias a que los seres humanos son libres de crear, y este hecho lleva a nuevos mecanismos que surgen constantemente a la hora de buscar un planeta más limpio y ecológico. Es un hecho que los peores problemas ambientales en los países más pobres y menos desarrollados no provienen de la tecnología y la abundancia, sino de la falta de éstas. ¿Pruebas? Compare los paisajes de las ciudades, ríos, lagos, casas o calles de países y ciudades que hoy están sumergidas en el estatismo o en el socialismo con aquellos que están en un sendero de libertad, globalización y apertura. Los hechos, una vez más, están de nuestro lado.

Asimismo, a la hora de limpiar nuestro planeta de los daños que los mismos seres humanos han hecho contaminándolo, corresponde remarcar que las mejores soluciones para revertir estos daños y prevenir daños futuros vienen de las tecnologías más innovadoras y de los países más avanzados en términos científicos. ¿Datos? La Universidad de Cornell, la escuela de negocios INSEAD y la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (WIPO) elaboran cada año un informe titulado Índice Mundial de Innovación con el fin de proporcionar indicadores de los resultados de la innovación en 127 países de todo el mundo. Vayamos a la gran pregunta: entonces, ¿cuáles son los países más innovadores? Tal cual lo indica este índice, los países más innovadores del mundo son Suiza, Suecia, Países Bajos, Estados Unidos, el Reino Unido, Dinamarca, Finlandia, Alemania e Irlanda, en ese orden. No es casualidad que sean los países más abiertos y libres del mundo.

 

Sobre los grandes avances del capitalism

Dediquémosle unas palabras al término progreso. Hay una definición que me resulta muy interesante, elaborada por la Fundación para el Progreso de Chile, que detalla correctamente la idea del progreso argumentado de la siguiente forma:

Creemos que el progreso es el descubrimiento de aquello que aún no conocemos, y que ese descubrimiento sólo puede darse en espacios de profunda libertad. El potencial humano florece únicamente cuando a las personas les resulta posible desplegar libremente su singularidad en un juego espontáneo de colaboración voluntaria y pacífica.

La pobreza extrema, las hambrunas, las enfermedades y la violencia han sido la norma a lo largo de la historia de nuestra humanidad. La pobreza extrema, de hecho, fue la condición humana más habitual del planeta Tierra de la mayoría de todos los humanos que la habitaron. Hasta hace muy poco, todos los seres humanos estaban bajo el umbral de pobreza extrema, tenían con suerte una esperanza de vida de treinta o treinta y cinco años, pero este contexto cambió y se configuró hace tan sólo doscientos años.

Nuestro planeta viene progresando a pasos agigantados en todos los indicadores en que queramos medir el progreso, ya sea en términos de esperanza de vida, creación de riqueza, caída en el nivel de pobreza, aumento de la alfabetización, la libertad, la paz, etc. No olvidemos que el mundo antes de la Revolución Industrial vivía, como señala Johan Norberg, en una «constante excursión al campo»: sin medicinas, sin antibióticos, sin agua potable, sin comida suficiente, sin electricidad y sin sistemas de saneamiento.

Daron Acemoglu y James Robinson, en Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza: Por qué fracasan los países (2012), se preguntaron por qué ciertas naciones se distinguen de otras en términos de riqueza y pobreza, salud y enfermedad o alimentación y hambrunas. La respuesta la podemos encontrar en la naturaleza de las instituciones, es decir, las reglas tanto formales como informales que gobiernan nuestra vida económica y política. Esto quiere decir que existen determinados tipos de instituciones —como los derechos de propiedad, el cumplimiento de los contratos o la libertad de comercio, entre otras— que crean determinados incentivos para la abundancia de inversiones e innovación. Esas instituciones aumentan la cantidad de oportunidades para la población, favoreciendo el despliegue del talento de las mentes que hay en una sociedad.

Las instituciones crean incentivos que acaban modificando el comportamiento de los seres humanos. Como nos explicaba Douglass North, las instituciones brindan la estructura de incentivos de una economía. A medida que esa estructura evoluciona, determina la dirección del cambio económico hacia el crecimiento, el estancamiento o la decadencia.

Ludwig von Mises argumentó en Acción humana (1949) que la economía de libre mercado no necesita defensores ni propagandistas, ya que el mejor argumento a su favor se puede ver en el epitafio de sir Christopher Wren, arquitecto que construyó la catedral de San Pablo: «Si está buscando un monumento, mire a su alrededor».

Mirar a nuestro alrededor, mirar las comodidades que tenemos hoy en día, que ni los reyes del siglo pasado hubieran imaginado, los avances científicos, tecnológicos, de alimentación o en términos de logros médicos. Miremos a nuestro alrededor y veamos todo lo que se ha construido y alcanzado gracias al libre mercado, al comercio y a la globalización, gracias a emprendedores, innovadores y empresarios que han convertido lujos que ni los reyes podían costear en bienes y servicios ordinarios de bajo costo y a disposición de todos a la vuelta de la esquina. En su libro Progreso: 10 razones para mirar al futuro con optimismo (2017), Norberg nos cuenta que:

A finales del siglo XVIII, una familia francesa normal y corriente tenía que dedicar la mitad de sus ingresos sólo a comprar cereales. Por aquel entonces, la ingesta media de calorías en Francia o el Reino Unido era inferior a los niveles que ahora se registran en el África subsahariana, la región del mundo más atormentada por la lacra de la desnutrición […]. Hace ciento cincuenta años hacía falta el trabajo de veinticinco hombres durante todo el día para cosechar una tonelada de grano. Hoy, con la maquinaria moderna que tenemos a nuestra disposición, una sola persona puede hacerlo en apenas seis minutos. Por decirlo de otra forma, la productividad es hoy 2.500 veces mayor. Otro ejemplo lo tenemos en la producción láctea. Si antaño era necesaria media hora para llenar un cubo de diez litros, la maquinaria moderna consigue hacerlo en menos de un minuto […]. Ya no es necesario recorrer cientos de kilómetros en busca de alimento, al contrario del mundo que conocieron nuestros antepasados […]. El porcentaje de la población mundial con acceso a fuentes de agua potable ha pasado del 52 al 91 por ciento entre 1980 y 2015. Desde 1990, dos mil seiscientos millones de personas han tenido acceso a suministros de agua limpios y seguros. Eso supone doscientas ochenta y cinco mil personas al día a lo largo de un período de veinticinco años.

Todo lo que tenemos y nos hace la vida más fácil y amena ha sido inventado y creado por alguien que pudo desarrollar sus ideas en libertad, bajo instituciones enmarcadas, por ejemplo, en la propiedad privada. Tal cual se lo ha preguntado el psicólogo y profesor de Harvard, Steven Pinker (2018), «¿cuánto has pensado últimamente en Karl Landsteiner? ¿Karl qué? Tan sólo salvó mil millones de vidas con su descubrimiento de los grupos sanguíneos».

Ahora, si mencionamos a Karl Marx, todos lo reconocemos de inmediato —aunque muchos ignoran que sus ideas implementadas a la práctica fueron las responsables de la muerte de más de ciento cincuenta millones de personas en todo el mundo—. Lo mismo que sucede con Karl Landsteiner lo podemos observar en científicos como Abel Wolman y Linn Enslow, quienes descubrieron la cloración del agua y salvaron más de ciento setenta y siete millones de vidas, Maurice Hilleman, quien inventó ocho vacunas y salvó así más de ciento veintinueve millones de vidas, o John Enders y su vacuna contra el sarampión, que salvó más de ciento veinte millones de vidas, y cientos de ejemplos más.

Nada de lo que nos rodea y nos hace la vida más sencilla fue inventado en países proteccionistas, cerrados al comercio o sumergidos en el socialismo. Absolutamente nada. ¿Por qué? Porque allí la gente pasa su tiempo buscando qué comer al día siguiente, cómo sobrevivir un día más o, simplemente, mueren ante la falta de agua potable o enfermedades completamente curables ante la falta de medicinas, electricidad o un sistema de cloacas.

Con el socialismo siempre, absolutamente siempre, se vuelve a la era preindustrial, se vuelve, incluso, a la época de las cavernas, se deshace todo vestigio de progreso y evolución y se regresa al mundo de las velas, las hambrunas y el constante terror. El socialismo es una máquina del tiempo que va siempre hacia el pasado.

Así y todo, con el tiempo, los seres humanos entendimos que resultaba mucho más beneficioso cooperar, comerciar y llegar a acuerdos voluntarios antes que guerrear, robar, saquear o asesinar. ¿Qué es lo más llamativo? Que a lo largo de los últimos doscientos años de nuestra historia logramos que se reconociera una cantidad inimaginable de derechos y libertades por las que el liberalismo viene luchando y por las que adquiere sus orígenes. Todo esto tan sólo en algo más de doscientos años, dos siglos, es decir, en el 0,07 por ciento del tiempo que los seres humanos hemos vivido en la Tierra.

Si queremos evaluar este progreso en términos económicos y de generación de riqueza, nada mejor que traer un texto vital de Johan Norberg titulado Cómo los empresarios cambiaron el mundo (2007), donde nos recuerda el hecho de que «durante mil años de monarquía absoluta, feudalismo y esclavitud, el ingreso promedio de la humanidad aumentó alrededor de un 50 por ciento. En los ciento ochenta años desde 1820, el ingreso promedio de la humanidad aumentó aproximadamente un 1.000 por ciento […]. Durante los últimos cien años, hemos creado más riqueza, reducido más pobreza y aumentado la esperanza de vida más que en los anteriores cien mil años […]. Nada ha existido desde el principio».

Mientras tanto, en Las raíces del liberalismo (2007), David Boaz señala que:

La liberación de la creatividad humana produjo asombrosos progresos científicos y materiales. Como expresaba la revista The Nation (publicación auténticamente liberal) en un artículo publicado en 1900: «Liberados de la irritante intromisión de los gobiernos, los hombres se dedicaron a realizar sus funciones naturales, a mejorar su propia condición, y he aquí los resultados maravillosos que encontramos a nuestro alrededor». Los avances tecnológicos del liberal siglo XIX fueron innumerables. La máquina de vapor, el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, la electricidad, el motor de combustión interna… Gracias a la acumulación de capital y al «milagro del interés compuesto», las masas comenzaron en Europa y en América a liberarse de las pesadas tareas asociadas a la condición natural de la humanidad desde tiempos inmemorables. Descendió la tasa de mortalidad infantil y la esperanza de vida experimentó un incremento sin precedentes. Si en 1800 se vuelve la vista atrás, se aprecia un mundo que apenas ha experimentado cambios durante miles de años. En 1900, sin embargo, el mundo era irreconocible.

A modo de conclusión, y tal cual nos reseña Steven Pinker en su más reciente libro, en el año 1996 el economista William Nordhaus calculó cuántas horas tendría que trabajar una persona para conseguir una hora de luz para leer en diferentes épocas de la historia. Un babilonio en 1750 a. J. C. habría tenido que trabajar cincuenta horas para pasarse una hora leyendo sus tablillas cuneiformes con una lámpara de aceite de sésamo. En 1800, un inglés tenía que trabajar duro seis horas para quemar una vela de sebo durante una hora. En 1880, necesitarías trabajar quince minutos para quemar una lámpara de queroseno durante una hora; en 1950, ocho segundos por la misma hora de una bombilla incandescente; y en 1994, medio segundo por la misma hora de una bombilla fluorescente compacta: cuarenta y tres mil veces más asequible en dos siglos.

 

Sobre la larga historia de la pobreza

Ya que hemos dedicado una buena parte de las páginas anteriores a la esencia de la «riqueza», corresponde que también dediquemos algunas palabras al concepto de «pobreza». La pobreza es un fenómeno que existe desde siempre, desde épocas bien antiguas, desde los orígenes. La pobreza es, al fin y al cabo, lo que tenemos cuando no se produce riqueza. En palabras de Jane Jacobs en The Economy of Cities (1969), «la pobreza no tiene causas; sólo las tiene la prosperidad».

Como explicó Henry Hazlitt en su fantástico libro titulado La conquista de la pobreza (1974), «la historia de la pobreza es prácticamente la historia de la humanidad. La Antigüedad nos ha dejado muy pocos testimonios porque la daban como algo sabido por todos. La pobreza era una situación normal».

Alcanza con leer a cualquier autor literario previo al siglo XX para curiosear y conocer un poco sobre cómo han sido las condiciones de vida humana a lo largo de nuestra historia y hasta hace dos siglos: hogares sin aire acondicionado o calefacción, sin luz, las dificultades para comunicarnos a distancia entre los humanos, los largos viajes a caballo, la falta de acceso al agua para las necesidades básicas, como higiene o limpieza, la inexistencia de sistemas de desagüe, sin dietas de comida variada, sin medicinas ni anestesias, entre otros tantos hechos.

Los escritores de siglos atrás nos contaban cómo se vivía incluso en las grandes ciudades europeas con calles donde abundaba el excremento humano y animal, así como también sucedía con los ríos, repletos de basura y residuos: no olvidemos que para ese entonces los residuos y los desechos humanos se arrojaban a la calle y la lluvia los llevaba a los ríos, las mismas fuentes de agua que abastecían a los hogares. Así vivió prácticamente toda la población mundial desde siempre y hasta hace muy poco. En otras palabras, abundaba la «igualdad» de la que tantos socialistas hablan hoy día: éramos todos igualmente pobres y, a pesar de que pasaban los años, la calidad de vida no registraba mejoras. ¿Hasta cuándo vivimos así? Hasta que el capitalismo, el libre comercio, la Ilustración y la Revolución Industrial generaron el progreso más considerable de toda nuestra historia: la pobreza cayó del 90 por ciento hasta el 9 por ciento en tan sólo unos doscientos años. Así, la pobreza dejó de ser un estado común y habitual entre los seres humanos.

El argumento de muchos socialistas puede ser, después de todos estos hechos mencionados, el que busca ampararse en la igualdad material o en la igualdad de oportunidades. Ambas imposibles, y fachadas de los peores proyectos totalitarios de ingeniería social que han servido al populismo a la hora de tomar el poder. La igualdad de oportunidades no existe porque todos los seres humanos somos distintos, tenemos capacidades distintas, talentos distintos, intereses distintos, gustos distintos que, por más que los gobiernos devotos de la ingeniería social intenten igualar y colectivizar, tal experimento, a la larga, acabará con resultados escalofriantes al nivel de la Unión Soviética, la Alemania Oriental y su famoso Muro de Berlín, o países como Cuba, Venezuela, Nicaragua o los cientos de experimentos de esta índole que ya han sido probados.

El liberalismo, en la otra cara de la moneda, busca que cada individuo conserve, valga la redundancia, su individualidad, bajo un sistema donde todos seamos iguales ante la ley y no mediante ella, generando un terreno donde existan, entonces, mayores oportunidades para todos, no el experimento marxista de «iguales oportunidades», que bajo sus tradicionales premisas siempre promete el paraíso en la Tierra y sólo se encarga de crear nuevos infiernos.

Cabe traer al texto la reflexión del filósofo ruso Leonid V. Nikonov, quien en su obra La moralidad del capitalismo (2013) indica, y con mucha razón, que estar entre el 10 por ciento más pobre en los países menos libres representa un ingreso promedio anual de 910 dólares por año, mientras que estar en el 10 por ciento más pobre en las economías más libres representa un ingreso promedio anual de 8.444 dólares. Para quienes son pobres, todo indica que es mucho mejor ser pobre en Suiza que en Siria, por ejemplo. Por otra parte, los veinte países más liberales del mundo en el campo de la economía disfrutan de una renta per cápita veinte veces mayor que la de los veinte países menos liberales.

Los sectores más pobres en las economías más abiertas y libres son once veces más ricos que los más pobres en los países más cerrados, proteccionistas y socialistas, donde prácticamente toda la población suele estar zambullida en la pobreza absoluta y donde los únicos que tienen acceso al bienestar y a la buena vida son los que están en el poder, aquellos dictadores de la edad de Matusalén que se enriquecen siempre a costa de los individuos, como nos ha mostrado la historia del mundo y, precisamente, de América Latina.

Corresponde afirmar con insistencia que la creación de riqueza en un mercado libre no es un juego de suma cero (el famoso «yo gano lo que tú estás perdiendo»). Es que la mayoría de las veces el debate se estanca en lo que Ludwig von Mises denominó el «Dogma de Montaigne».

Michel de Montaigne, filósofo del siglo XVI, anunció en su momento que «no se saca provecho para uno, sin perjuicio para otro». El punto de partida del grave error de Michel de Montaigne es que cree que el intercambio es un juego de suma cero, que si alguien gana es porque alguien pierde. Es decir, creía que la pobreza de los pobres se debe a la riqueza de los ricos, que los pobres son pobres porque los ricos son ricos. A eso le agrego que esto equivale a decir que los enfermos están enfermos porque los sanos están sanos: son dos aspectos que no tienen nada que ver el uno con el otro. De hecho, el 50 por ciento de toda la riqueza que existe hoy en la humanidad fue creada tan sólo en los últimos treinta años, con recursos que han existido durante toda nuestra historia. Hasta que comenzó el siglo XIX, nuestra humanidad no había experimentado ningún tipo de progreso económico real. Es nociva aquella idea de la «cantidad fija de riqueza», basada en que desde el comienzo de los tiempos ha existido una cantidad finita de riqueza y que la gente ha estado peleando desde entonces por la manera de dividirla.

La riqueza no tiene topes ni límites. La riqueza puede y debe crearse. Incluso podríamos pensar en la riqueza como una torta: la idea es aumentar el tamaño de la torta y que cada uno pueda ser dueño de su propia tajada (algo que sólo se logra con mayor iniciativa privada, derechos de propiedad y libertad), no que tengamos una torta cada vez más pequeña y la dividamos en pedacitos cada vez más pequeños, acabando con los incentivos de los que producen la torta, y quedándonos, al final del día, sin torta para comer y para repartir, porque ya nadie querrá hacer torta (¿para qué se pondría uno a cocinar todo el día si al final le quitarán todo lo que produce?).

Así, uno de los grandes logros de la Ilustración fue la comprensión, en buena medida, de que «la riqueza es creada» y que eso se logra mediante el conocimiento y la cooperación, con ingenio y con trabajo. Tal cual nos ha recordado Steven Pinker con insistencia en En defensa de la Ilustración (2018), entre 1820 y 1900 se triplicaron los ingresos mundiales. Y volvieron a triplicarse en poco más de cincuenta años. Sólo hicieron falta otros veinticinco años para que se triplicasen de nuevo, y otros treinta y tres para que se volviesen a triplicar. El producto bruto mundial actual ha crecido casi cien veces desde que la Revolución Industrial estaba en plena vigencia en 1820, y casi doscientas veces desde el comienzo de la Ilustración en el siglo XVIII.

 

Hoy damos por sentado que los recién nacidos viven más de ocho décadas, damos por sentado que abunda la comida en los mercados, que el agua limpia sale con un simple movimiento de las manos, que unas pequeñas pastillitas nos alivian el dolor o combaten alguna infección en nuestro cuerpo, que ya no tenemos que ir a la guerra, o que la cultura y el conocimiento se encuentran en un pequeño dispositivo que nos cabe en el bolsillo del pantalón.

En la actualidad, una persona promedio en el mundo vive aproximadamente ocho décadas. A mediados del siglo XVIII, la esperanza de vida en Europa y América rondaba los treinta y cinco años. Cualquiera que sea tu edad, hoy tienes más años por vivir que las personas de tu misma edad que vivieron en las décadas y siglos anteriores. Es fácil creer que la riqueza y todo lo que tenemos y disfrutamos hoy en día nos ha acompañado desde siempre a todos los humanos que hemos habitado este planeta, pero eso no ha sido así.

Lo que nos ayudó a impulsar todo ese progreso fue, en gran medida, haber aplicado la ciencia a la mejora de la vida diaria, así como también lo fue el desarrollo de instituciones que lubricaron el intercambio de bienes, servicios e ideas (la dinámica que señaló Adam Smith como generadora principal de riquezas), y también un cambio de valores, enmarcado en lo que Deirdre N. McCloskey denomina la virtud burguesa. En palabras de Pinker (2018), entendemos que las culturas aristocráticas, religiosas y marciales siempre han menospreciado el comercio como algo chabacano y venal. Pero en la Inglaterra y los Países Bajos del siglo XVIII el comercio pasó a considerarse una ocupación moral y edificante. Voltaire y otros philosophes ilustrados valorizaban el espíritu comercial por su capacidad de disolver odios sectarios […]. La Ilustración traducía así la pregunta fundamental «¿Cómo puedo alcanzar la salvación?» a la pragmática «¿Cómo puedo ser feliz?», anunciando una nueva praxis de adaptación personal y social. La praxis incluía normas de propiedad, ahorro y autocontrol, una orientación hacia el futuro más que hacia el pasado, y el otorgamiento de dignidad y prestigio a los comerciantes e inventores en lugar de a los soldados, sacerdotes y cortesanos. Napoleón, ese exponente de la gloria marcial, despreciaba Inglaterra como «una nación de comerciantes». Pero por aquel entonces los británicos ganaban un 83 por ciento más que los franceses y consumían un tercio más de calorías, y todos sabemos lo que ocurrió en Waterloo. El Gran Escape en Gran Bretaña y los Países Bajos fue seguido rápidamente por los «escapes» en los estados germánicos, los países nórdicos y las antiguas colonias de Gran Bretaña en Australia, Nueva Zelanda, Canadá y Estados Unidos.

Tenemos las semillas para poder continuar con este único e inigualable progreso. Necesitamos continuar apostando por normas e instituciones que permiten el florecimiento y el desarrollo a través de la no violencia, a través del cosmopolitismo, la cooperación, la libertad de expresión, los derechos humanos, el reconocimiento de la falibilidad humana y, por supuesto, de la mano de la ciencia, los medios de comunicación, la pluralidad, la educación, el gobierno limitado, el mercado y la propiedad privada.

 

Sobre la gran mentira de la «justicia social»

El liberalismo es, entonces, la mejor receta para acabar con la pobreza. «Y la justicia social, ¿qué?», dirán algunos. La justicia social es, en realidad, la mejor receta para el fracaso y para obtener, con una interesantísima rapidez, un aumento ciclópeo de la pobreza y una destrucción absoluta de los incentivos individuales.

Todo comienza, en buena parte, a partir de la errónea acepción y monumental tergiversación que se ha efectuado sobre los «derechos». Eva Perón, una de las grandes cabezas del peronismo, el movimiento que se encargó de destruir Argentina, expresó tan erradamente como siempre que «donde existe una necesidad, nace un derecho».

Gran falacia. Aquel discurso sirve de excusa perfecta para el avance del Estado grande. Sobran los políticos y funcionarios que ofrecen privilegios y servicios «gratuitos» (a sabiendas de que absolutamente nada es gratis, porque alguien siempre lo tiene que pagar). El objetivo de estos caudillos que ofrecen lo «gratuito» es nada más y nada menos que la acumulación de un mayor número de votos en las urnas y una mayor popularidad, argumentando que de esa forma satisfacen «derechos humanos» que, en realidad, están muy lejos de ser derechos humanos, volviendo dependientes a los ciudadanos de los gobiernos ladrones. Estos muchas veces llamados «derechos sociales» siempre requieren la violación de derechos de otras personas para poder ser llevados a la práctica, lo que les quita inmediatamente el título de «derechos».

Estos mesías terminan convirtiendo en interminable aquella lista de «derechos», pero nunca nos dicen de dónde sacarán el dinero para financiar esos bien costosos «derechos» (es, en realidad, de tu propio bolsillo, nunca del de ellos). En palabras de Gloria Álvarez en Cómo hablar con un conservador,

los liberales defendemos los derechos inalienables de cada individuo y entendemos que estos derechos son tres: derecho a la vida, a la libertad y a la propiedad privada. Son inalienables precisamente porque, como humanidad, hemos reconocido que cada uno de esos derechos nace con cada individuo antes de que un gobierno esté o no instituido. También son inalienables porque ningún otro individuo tiene que renunciar a un derecho propio para que otro individuo obtenga alguno de estos derechos. Es decir, nadie tiene que renunciar a su propia vida para que otra persona esté viva. Nadie tiene que renunciar a su libertad para que otra persona sea libre de expresarse, de moverse, de decidir […]. Los derechos que posee un individuo existen por sí solos sin que otro individuo tenga que otorgárselos ni concedérselos. Ahora, en el mundo moderno, se han confundido necesidades con derechos.

Cuando un derecho te lo tiene que pagar alguien más, no es un derecho: es, en realidad, un privilegio que has conseguido a costa de alguien más, de algo que alguien más tuvo que pagarte, de algo que alguien más tuvo que trabajar para que tú lo tuvieras.

La justicia social es, así, uno de los fundamentos centrales del peronismo, del chavismo y de todos estos modelos estatistas que estropearon América Latina y la han zambullido en la pobreza extrema empleando la coartada de la justicia social, término que el mismo Friedrich A. Hayek, en su obra Derecho, legislación y libertad (1973), explica como un término indefinido que justifica la intervención del gobierno en una redistribución de la riqueza a través de los impuestos o las expropiaciones, calificando aquella justicia social como «la más grave amenaza que se cierne sobre la civilización libre».

Debemos decirlo claramente: no hay país en el mundo donde esa justicia social haya reducido la miseria o la pobreza. Ninguno. Al contrario, todos los gobiernos que la usan como cabecera han sido pioneros a la hora de empobrecer a las naciones. Todas las ideas de justicia social son el silencioso camino hacia la servidumbre. Un camino adornado con asistencia social y disfrazado de gobierno benefactor, que terminan siendo la gran antesala y el preludio de la tiranía socialista.

Asimismo, se sirven del concepto de justicia, tergiversándolo completamente. Pensemos en los tribunales o las cortes de justicia de todo el mundo. ¿Qué solemos ver allí? Siempre hay una figura que representa la justicia: esa figura tiene una balanza en una mano y una espada en la otra, pero lo más importante de esa figura es que sus ojos están tapados, lo que quiere decir es que la justicia es ciega, que no hace distinción, por eso, de por sí, la justicia está muy lejos de representar una «redistribución» en función de favoritismos y clientelismos. La justicia está muy lejos de encarnar el saqueo a unos para repartir a otros. La justicia es, en realidad, dar a cada uno lo que le corresponde y a mí no me corresponde nada de lo que sea tuyo o tú hayas producido, ni a ti te corresponde nada de lo que sea mío y yo haya producido con mi propio esfuerzo. Llevado a la reflexión randiana de la materia, la pregunta sería la siguiente: ¿a costa de quién?, ¿quién debe proporcionar lo que obtenemos de esa «justicia social»?, ¿quién debe proporcionar esos «derechos» (que en realidad no son derechos, sino bienes y servicios producidos por otros individuos)?, ¿estaría usted de acuerdo con que se le saque un ojo a un hombre vivo para dárselo a un ciego y así «igualar» a ambos?

Cada individuo debe valerse por sí mismo sin depender de los demás o de un gobierno que te promete (con dinero ajeno), que te corta las piernas, te da un par de muletas y te dice que si no fuera por el gobierno tú no podrías caminar.

Es por este motivo que, en buena medida, los liberales ponemos énfasis en la importancia del marco de la seguridad jurídica como un pilar vital del funcionamiento de la sociedad libre, debido a que donde impera la división de poderes y la igualdad jurídica, un gobierno no tiene la facultad ni la potestad de otorgar privilegios o hacer favores a determinados grupos o personas. Donde hay seguridad jurídica, las leyes son aplicables tanto para los que están en el gobierno como para los ciudadanos, y ahí todos, una vez más, somos iguales ante la ley.

Esto equivale a ser gobernados por leyes conocidas y no por decisiones arbitrarias de los funcionarios del gobierno. Esto es lo que John Adams, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, denominó «un gobierno de leyes y no de hombres», lo que hace que la vida sea más predecible, ya que nos posibilita anticipar cómo se van a comportar o cómo no se van a comportar las personas, los gobernantes, los funcionarios, y eso nos permite, incluso, hacer planes a largo plazo sin temor a que sean destruidos por los caprichos de los demás.

 

Sobre los impuestos: una multa por obrar bien, un castigo al éxito

Este aspecto sobre el que hemos reflexionado hasta entonces, basado en que los gobernantes «no puedan hacer lo que les provoca cuando sea que les provoca» nos lleva a otro contenido de gran relieve. Adam Smith nos decía que lo más rápido que aprenden los gobiernos es a sacar dinero del bolsillo de la gente. Ha llegado la hora de hablar de ese monstruoso saqueo: los impuestos.

Kenneth E. Boulding, en Economía del amor y del temor: una introducción a la economía de las donaciones (1976), afirma algo bien acertado: en la economía no todo es intercambio, ya que existen los regalos y existen los impuestos. Los regalos surgen del amor y los impuestos nacen del terror. Los regalos son donaciones que se convierten en expresiones de benevolencia, de alguna manera, porque el dador o el donante se desprende de algo propio para darle alegría o cierto bienestar al prójimo; en el polo opuesto están los impuestos, que son una entrega de dinero a causa del temor y bajo la coacción. Por eso los impuestos, parafraseando a Kenneth, están en las antípodas de los regalos y del intercambio, porque siempre se pagan bajo coacción. Si no pagamos los impuestos, nuestra propiedad es confiscada o el dinero en los bancos es embargado y, en ese sentido, el gobierno se termina comportando como un ladrón que nunca tiene en cuenta los efectos colaterales de subir los impuestos para financiar el innecesario gasto público.

En el día a día, convivimos con cientos de impuestos: los impuestos directos, como el impuesto a los beneficios, a las riquezas, el monotributo, el impuesto sobre los bienes personales y otros tantos más; y, por otro lado, los impuestos indirectos que se agregan al precio de los bienes o de los servicios que cada uno consume y, en esta segunda categoría, encontramos el impuesto al valor agregado, el IVA, aranceles de importación, impuestos sobre combustibles y cientos de impuestos más.

Estamos repletos de impuestos. Donde sea que miremos, nos encontraremos con un impuesto o con un congresista dirigiendo todo su esfuerzo a crear uno nuevo y cumpliendo al pie de la letra aquel famoso tema de The Beatles escrito por George Harrison titulado Taxman: «Si conduces un coche, cobraré un impuesto por la calle; si quieres sentarte, cobraré un impuesto a la silla; si tienes mucho frío, cobraré un impuesto por la calefacción; si te vas de paseo, cobraré un impuesto a tus pies».

Es interminable el listado de los gobiernos que nos asfixian en el aspecto tributario. Observemos lo que implicó el caso francés bajo el reinado de Luis XIV, para viajar un poco en el tiempo, con su absolutismo monárquico que manipuló a gusto la política, la economía y a la población de un modo tan compacto y descarado que incluso Luis XIV, con un reinado de setenta años, llegó a afirmar que el Estado era él mismo.

Bajo su reinado, específicamente en la Francia de 1668, el sistema tributario fue verdaderamente ciclópeo y colosal. El ministro de Finanzas de Luis XIV, Jean-Baptiste Colbert, fue el padre del nacionalismo económico y el hombre dedicado a crear incontables regulaciones, burocracias, trabas, empleo público y todas aquellas herramientas estatistas a las que todavía hoy recurren los sistemas colectivistas con el fin de controlar la economía y someterla al absoluto dominio estatal. Mientras los franceses no tenían nada con qué alimentarse y morían de hambre, este dúo edificaba el Palacio de Versalles con el dinero que le arrebataba a los franceses bajo el nombre de «tributos».

Un ejemplo destacable que hizo historia fue la famosa rebelión de las colonias americanas bajo el dominio inglés, allá en 1773, cuando los colonos norteamericanos se levantaron en el motín del té (el Boston Tea Party) y arrojaron a las aguas de Boston el cargamento de té británico de la compañía de las Indias Orientales; lo hicieron enfadados y en modo de protesta por la cantidad de impuestos que los ingleses les obligaban a pagar mientras los colonos de las Trece Colonias no tenían ni voz ni voto (de ahí el famoso lema revolucionario que indica no taxation without representation, es decir, «no hay tributación sin representación»). Con aquello se gesta el gran precedente de la Guerra de Independencia en Estados Unidos y el embrión de esta nación.

Al final del día recuerda que cada centavo que gasta tu gobierno es un centavo que tú dejaste de gastar, ahorrar o invertir en lo que querías. En Más impuestos, menos crecimiento (2020), Luis Pazos nos enseña que quienes apoyan incrementos de impuestos, olvidan que el aumento de la inversión, detonadora de la productividad y de mejores empleos, proviene de las ganancias de las empresas, que salen de la misma bolsa de donde emanan los impuestos […]. Ese principio se comprueba con una simple operación de aritmética básica […]. Si tengo 10 pesos de utilidades y pago 3 de impuestos, me quedan 7 para invertir en nueva maquinaria, tecnología, innovaciones y nuevos empleos. Si el gobierno me quita 6 en impuestos, sólo me quedan 4 para invertir […]. Esa simple operación aritmética, que se aprende en los primeros años de la primaria, la pasan por alto la mayoría de los funcionarios y «técnicos» del gobierno, con extensos currículums, que presumen de estudios de posgrado en economía […]. A mayores impuestos,

 

menos recursos disponibles para la inversión, y a menor inversión, menos empleos y productividad, reducción de salarios reales y menor crecimiento. Y viceversa, a menores impuestos, mayor porcentaje destinado a la inversión y más recursos disponibles para la compra de maquinaria y tecnología, que apoyan el aumento de la productividad, más empleos, mayores salarios reales, más crecimiento, mayor bienestar social, menos desempleo y menos pobres.

Así, los impuestos, al igual que la deuda y la emisión monetaria, son las principales herramientas de saqueo y empobrecimiento de la sociedad con las que cuentan los gobiernos. Respecto a la emisión monetaria, cuya consecuencia básica es la tan famosa inflación que abunda por nuestros países estatistas, corresponde mencionar determinados aspectos, tales como el accionar de ciertos órganos estatales que cuentan cada vez con mayor poder: los bancos centrales. Éstos son los aparatos burocráticos, las cajas de los populistas, que se han encargado de inflar la masa monetaria y que actúan de manera terriblemente irresponsable.

Estas entidades, a lo largo de sus respectivos países, tienden a expandir el circulante o la masa monetaria, medida que conduce al empeoramiento sostenido de toda la situación macroeconómica. El populismo latinoamericano recurre a emitir para poder autofinanciarse a diario. Imaginemos que cada uno de nosotros tiene en su casa una máquina personal que imprime billetes, que luego podemos utilizar para comprarnos cualquier cosa que queramos, para hacer regalos a nuestros seres queridos o para lo que fuera. Queda claro que estaríamos todo el día imprimiendo billetes. Pues esto es lo que le sucede a los gobiernos cuando cuentan con la herramienta de emisión monetaria, generando inflación y devaluando la moneda a diario, como es la historia de cada día en América Latina.

Esa emisión monetaria llevada a cabo con el fin de multiplicar el gasto público, repartir, regalar, subsidiar y guardar dinero en los bolsillos de políticos, hace que se devalúe la moneda, caiga el poder adquisitivo real de las personas y las consecuencias más duras terminan abatiéndose incluso sobre los ciudadanos con menor poder adquisitivo. Del mismo modo, destinada al financiamiento de los grandes déficits generados por el populismo, la emisión nos muestra un escenario en el cual los billetes valen cada día menos, reconociendo el típico «impuesto inflacionario». Esto se explica como cualquier otro bien: cuando aumenta la oferta de un bien (el que sea) por arriba de su demanda, su precio respecto al resto de los bienes cae. Con el dinero sucede lo mismo: cuando aumenta la cantidad de dinero por encima de su demanda, el poder de compra de la unidad monetaria baja, y se necesita una cantidad mayor de dinero para comprar la misma cantidad de bienes. Esto significa que nuestro dinero pierde valor como consecuencia del mal accionar del gobierno, y se traduce en lo que conocemos como «inflación».

Así y todo, a pesar de que los resultados están a la vista, cada vez que aparece el fantasma de la inflación en un país, los estatistas salen a culpar al capitalismo o a los empresarios por aquellas insoportables tasas de inflación. No. La responsabilidad es de los burócratas que están a cargo del gobierno. Como nos decía F. A. Hayek en Los fundamentos de la libertad, «la inflación es siempre el resultado de la debilidad o de la ignorancia de aquellos que tienen a su cargo la política monetaria».

Es por este motivo que los individuos también necesitamos libertad para ahorrar en la moneda que queramos, que exista una competencia de monedas, donde cada uno pueda elegir en cuál desea ahorrar, sin tener que padecer los típicos controles de cambio del tradicional estilo populista latinoamericano. No por nada el bitcoin se ha vuelto tan popular en esta última década: es una divisa digital e independiente (no emitida por un gobierno) que puede ser utilizada por usuarios para ahorrar o intercambiar bienes y servicios. El bitcoin emergió en el año 2009, de la mano de Satoshi Nakamoto (seudónimo), la persona o el grupo de personas encargadas de crear y desarrollar el protocolo Bitcoin y su software de referencia. Bitcoin es una de las tantas criptomonedas más reconocidas, también llamadas monedas virtuales o criptodivisas.

Por lógica, las oscilaciones en su cotización no se encuentran sujetas al humor de los políticos de turno ni de los burócratas a cargo de un banco central, algo que, de entrada, quita un enorme peso de encima, volviéndose una suerte de respaldo a la hora de ahorrar ante la problemática de la inflación en economías con tradición de desorden macroeconómico.

 

Sobre el florecimiento de la cultura, el arte y la libertad de expresión

Pero así como el liberalismo cree en la separación entre el Estado y la economía, también cree en la separación entre el Estado y la religión, entre el Estado y tu cama, entre el Estado y la educación y, entre otras tantas separaciones, en la separación, por ejemplo, entre el Estado y el arte o la cultura.

Uno de los grandes pilares que caracterizan al liberalismo es la libertad de expresión, que se describe de manera clara en palabras de uno de los principales representantes de la Ilustración, François-Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire: «Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo».

Los liberales sostenemos que la libertad es el valor supremo. El liberalismo es el respeto hacia los demás, hacia quienes piensan diferente o practican costumbres diferentes o adoran o no a un dios.

Es que de esto se trata la libertad: de la pluralidad, de la diversidad de voces y del debate de ideas y que, al final del día, la gente pueda elegir libremente. El liberalismo se encuentra en un constante estado de efervescencia: el liberalismo no es un conjunto de dogmas. Aceptar la coexistencia con las diferencias y con seres humanos que no necesariamente piensan como uno ha sido uno de los pasos más enormes y extraordinarios que ha dado nuestra civilización. Por eso el liberalismo no se opone a que tengas una religión, a que seas conservador, socialista, creas en lo que tengas ganas de creer o vivas tu vida personal de la manera que más te guste. Lo que pide el liberalismo es que no intentes imponer tu religión, tus creencias, tu propia moral, tu propia idea de cómo se debe vivir la vida o tus visiones políticas a los demás.

El estatismo, el socialismo y todo tipo de colectivismo detestan con fervor la libertad de expresión porque no resisten ni la más mínima cuota de crítica, puesto que se consideran una especie de dioses o semidioses iluminados, siempre sumergidos en su corpulenta soberbia y su voluminosa fatal arrogancia.

Mario Vargas Llosa siempre ha insistido en que, por ejemplo, cada vez que los gobernantes han hablado de democratizar los medios, la libertad de expresión ha entrado en receso y ha desaparecido. Es que cada vez que aquellos sistemas, que encuentran una deidad en la figura del Estado, expropian e imponen órdenes sobre los medios de comunicación, todo queda subordinado al proyecto político que busca la propia eternización en el poder, haciendo desaparecer la pluralidad y la posibilidad tanto de la duda como de la crítica, componentes clave de todo sistema asentado en el respeto a la libertad y la división de los poderes.

La censura, aquel uso del poder o aquella intervención para controlar las palabras y los pensamientos, es uno de los más peligrosos enemigos de la libertad. Quien haya dado entrevistas en medios de comunicación en países como Venezuela (o los medios que quedan allí) y haya tenido que llevar a cabo el difícil ejercicio de la autocensura para cuidar a los demás, sabrá bien de qué le estoy hablando. No por nada Thomas Jefferson nos remarcaba que «ante la alternativa de un gobierno sin prensa libre o prensa libre sin gobierno, me inclino decididamente por esto último».

Es que además de regular y controlar la prensa, a los gobiernos populistas también les sirve controlar todo lo que entretiene a la gente: entre esto está la cultura popular. David Boaz escribió un peculiar artículo para The New York Times titulado «La separación del arte y el Estado» (2012), en el que da en la tecla acertada al preguntarse:

¿Qué tienen en común el arte, la música y la religión? Todas tienen el poder de tocar la profundidad de nuestras almas. Como lo dijo un director de teatro, el arte tiene poder. Tiene el poder de mantener, de sanar, de humanizar, de cambiar algo dentro de las personas. Es un poder atemorizante, pero también un poder hermoso. Y es esencial para una sociedad civilizada.

Ya que traemos a este texto el singular rol que cumple la cultura popular, el arte, el cine o la música a la hora de transmitir ideas, tal vez entre los lectores se encuentren algunos aficionados de la saga Star Wars, también conocida en español como La guerra de las galaxias, donde la trama se basa en las experiencias y vivencias de un grupo de personajes que habitan una galaxia ficticia. Todo comienza a partir de la República Galáctica, encargada de mantener la paz y la justicia hasta que se desata una guerra en la que el Imperio Galáctico termina imponiéndose sobre la República. Eso no es todo. Como siempre, hay un grupo de resistencia que se opone a este Imperio: la Alianza Rebelde.

En todo este conflicto se diferencian dos grupos o creencias: por un lado los Sith, una secta del lado oscuro de la fuerza alineada con el odio, el miedo y el poder absoluto, y, por otro lado, los Jedi, quienes pelean por la paz y el restablecimiento de la estabilidad en la galaxia. Estos dos grupos interactúan con elementos como la «fuerza», un campo de energía metafísico y omnipresente creado por todas las cosas existentes: una fuerza que impregna el universo y todo lo que hay en él, y la cual aprenden a usar y comprender tanto los Jedi como los Sith para obtener sus poderes. En pocas palabras, uno de los aspectos más interesantes es que, en el desenlace inicial de la saga, en el Episodio I: La amenaza fantasma, las guerras y los problemas comienzan porque «la República Galáctica está sumida en disturbios. Hay protestas contra la tributación de las rutas comerciales a sistemas estelares»… ¡Vaya casualidad! También un problema típico de un planeta perdido en los suburbios de la galaxia Vía Láctea…

Palpatine, también conocido como Darth Sidious, comienza siendo un carismático senador de Naboo, quien acaba utilizando el engaño y la manipulación «populista» para tomar el cargo de Canciller Supremo. Claro ejemplo de la enseñanza que nos dio Lord Acton: «El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente».

Allí, en su discurso más famoso, Palpatine afirma que «para mantener la seguridad y el orden, la República va a ser organizada en el primer Imperio Galáctico», dándole un jaque a la libertad — aplaudido con fervor por el resto del Senado— e imponiendo un sistema totalitario que luego desemboca en terribles resultados para los habitantes de la galaxia. Padmé Amidala, interpretada por Natalie Portman, es también senadora del planeta Naboo, portavoz en contra de la guerra iniciada por temas impositivos y comerciales, y trabaja con dedicación para acabar con la ocupación del planeta por parte de la Federación de Comercio (una corporación galáctica con fuerte poder e influencia, que rige el comercio, abusa de su posición y pretende decidir con quién se comercia, cómo y cuándo). Padmé Amidala responde al terrible discurso de Palpatine diciendo algo muy cierto que, insisto, es válido para cualquier galaxia: «Así es como muere la libertad, con un aplauso estruendoso». Cualquier iberoamericano se sentirá familiarizado con esta idea de ver cómo un gobierno populista destruye la libertad y a dicha acción le siguen «estruendosos aplausos» de una masa que camina en conjunto hacia el abismo. En esa misma película, el Episodio III: La venganza de los Sith, Palpatine asiste a su famoso enfrentamiento con Yoda, en el que destruye (literalmente) el Senado Galáctico.

Ya hasta aquí les cuento de qué trata Star Wars —lo relatado hasta el momento es sólo el comienzo de una larga historia repleta de luchas entre el poder y la libertad—, y los dejo, espero, con interés (para los que aún no la han visto) de descubrir este fantástico universo de George Lucas.

Una de las maneras más interesantes de mostrar empatía, llevar mensajes en contra de la esclavitud, el racismo, el totalitarismo y otros tantos aspectos que atropellan la libertad ha sido la novela y el papel que ha jugado a lo largo de la historia. Así también lo explica Johan Norberg en Progreso: 10 razones para mirar al futuro con optimismo (2017), donde apunta que:

A mediados del siglo XVIII, el mundo occidental sufrió un boom de lectura y la gente comenzó a aficionarse a las novelas, en las que la historia se desarrollaba en las propias palabras del personaje, con el objetivo de que el lector pudiera oír su voz y entender sus pensamientos, emociones, sufrimientos y alegrías. Los más vendidos eran los libros de Rousseau y Samuel Richardson, que tenían protagonistas femeninos y lectores masculinos que, por esta vía, empezaban a imaginar cómo era la vida de una mujer, pasando por episodios que iban desde la ilusión del amor verdadero hasta los horrores de los matrimonios arreglados. Más tarde, Charles Dickens explicó cómo se veía el orfanato británico y el taller desde los ojos de un niño, mientras que La cabaña del tío Tom forzó a muchos a confrontar la realidad de la esclavitud desde una perspectiva humana. Las novelas hacían más fácil que la gente se pusiera en los zapatos de los demás y empatizase con ellos, incluso en el caso de personas de otro sexo, otra clase u otra etnia. Como consecuencia, la sociedad ganó en tolerancia y en aceptación mutua.

El mundo del cine, de la pintura, del teatro o de la literatura son importantes mecanismos recordatorios que pueden servirnos también para ponernos en los zapatos de aquellos seres humanos que habitaron nuestro planeta siglos atrás. Podrían ser infinitas las recomendaciones, pero además de las ya mencionadas hasta el momento, podemos mencionar la reciente película española Elisa y Marcela, una historia apasionante y basada en hechos reales que relata la vida de Elisa Sánchez Loriga y Marcela Gracia Ibeas, dos mujeres que se enamoran en el año 1885 y comienzan una relación a escondidas, rechazadas por sus familias, donde para poder estar juntas una de ellas tiene que pasar buena parte de su vida disfrazada de hombre para no ser juzgadas por la sociedad del siglo XIX. No contaré el final, por supuesto, pero es una historia de amor extremadamente dura que nos muestra lo que ha sido la realidad de los homosexuales durante largos siglos.

Hoy el capitalismo ha logrado que podamos acceder a la música, a las películas, a las novelas y prácticamente a todo desde un aparato que nos cabe en la palma de la mano y que es cien mil veces más veloz y potente que las computadoras que se utilizaron en la misión Apolo 11 para llevar a los seres humanos a la Luna. Aprovechémoslo para conocer otras realidades de otros tiempos en nuestro planeta, y valorar los grandes logros no sólo en términos de libertades económicas y políticas, sino también en términos de libertades civiles que hemos alcanzado los seres humanos a día de hoy.

 

Conclusión

En 1990, cuando la sonda espacial robótica Voyager 1 abandonó Neptuno y se dispuso a salir de nuestro sistema solar, giró para tomar la última foto de la Tierra y pudimos ver la imagen más lejana de nuestro planeta, a seis mil millones de kilómetros. Esa foto nos muestra nuestro planeta a tal distancia que sólo lo vemos como un diminuto píxel en la vasta oscuridad, haciendo que nos replanteemos nuestro lugar en el cosmos.

A escala de los mundos, de las estrellas, de nuestro sistema solar, de las galaxias, del universo, o del multiverso si queremos, los humanos somos simplemente insignificantes. Somos esa fina película de vida sobre un pedazo de roca, metal y otros componentes flotando en el medio de la nada, en una región olvidada del cosmos, en los suburbios de una galaxia entre más de dos billones de galaxias en el universo observable. Esto, al menos, debería hacernos pensar lo tonto que es creernos mejores por el simple hecho y la mera casualidad de haber nacido en una pequeña parcela de tierra de nuestro planeta y no en otra, o en lo tontos que son, al fin y al cabo, los nacionalismos. A nuestro mundo le urge una buena lección de humildad.

Carl Sagan, como de costumbre, hizo una conmovedora y deslumbrante reflexión respecto de la imagen que tomó el Voyager 1 de nuestro planeta. En Un punto azul pálido (1994) lo explicó de la siguiente manera (y escuchar el relato desde la propia voz de este gran maestro de la astrofísica es aún más conmovedor):

Desde esa posición tan alejada puede parecer que la Tierra no reviste ningún interés especial. Pero para nosotros es distinta. Echemos otro vistazo a ese puntito. Ahí está. Es nuestro hogar. Somos nosotros. Sobre él ha transcurrido y transcurre la vida de todas las personas a las que queremos, la gente que conocemos o de la que hemos oído hablar y, en definitiva, de todo aquel que ha existido. En ella conviven nuestra alegría y nuestro sufrimiento, miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas, cazadores y forrajeadores, héroes y cobardes, creadores y destructores de civilización, reyes y campesinos, jóvenes parejas de enamorados, madres y padres, esperanzadores infantes, inventores y exploradores, profesores de ética, políticos corruptos, superstars, «líderes supremos», santos y pecadores de toda la historia de nuestra especie han vivido ahí… sobre una mota de polvo suspendida en un haz de luz solar. La Tierra constituye sólo una pequeña fase en medio de la vasta arena cósmica. Pensemos en los ríos de sangre derramada por tantos generales y emperadores con el único fin de convertirse, tras alcanzar el triunfo y la gloria, en dueños momentáneos de una fracción del puntito. Pensemos en las interminables crueldades infligidas por los habitantes de un rincón de ese píxel a los moradores de algún otro rincón, en tantos malentendidos, en la avidez por matarse unos a otros, en el fervor de sus odios. Nuestros posicionamientos, la importancia que nos autoatribuimos, nuestra errónea creencia de que ocupamos una posición privilegiada en el universo son puestos en tela de juicio por ese pequeño punto de pálida luz. Nuestro planeta no es más que una solitaria mota de polvo en la gran envoltura de la oscuridad cósmica. Y en nuestra oscuridad, en medio de esa inmensidad, no hay ningún indicio de que vaya a llegar ayuda de algún lugar capaz de salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo hasta hoy conocido que alberga vida. No existe otro lugar adonde pueda emigrar nuestra especie, al menos en un futuro próximo. Sí es posible visitar otros mundos, pero no lo es establecernos en ellos. Nos guste o no, la Tierra es por el momento nuestro único hábitat. Se ha dicho en ocasiones que la astronomía es una experiencia humillante y que imprime carácter. Quizá no haya mejor demostración de la locura de la vanidad humana que esa imagen a distancia de nuestro minúsculo mundo. En mi opinión, subraya nuestra responsabilidad en cuanto a que debemos tratarnos mejor unos a otros, y preservar y amar nuestro punto azul pálido, el único hogar que conocemos.

Al fin y al cabo es la libertad la que ha confirmado su efectividad a la hora de generar y hacer proliferar el progreso, la riqueza, la cooperación, la responsabilidad, el bienestar, el cuidado de nuestro planeta, la armonía y la convivencia pacífica de los seres humanos.

Siempre existirán individuos que deseen vivir bajo un sistema basado en la armonía, la paz y la conciliación, pero también, absolutamente siempre, existirán individuos que quieran imponer sus ideas a otros, eliminando cualquier vestigio de armonía, paz y conciliación, para volver a la tribu, a la coacción, al saqueo, a la injusticia y a un estado de alerta permanente.

Años atrás le preguntaron a Mario Vargas Llosa por qué había escrito La llamada de la tribu (2018), a lo que respondió lo siguiente: «Escribí este libro porque quiero defender el liberalismo de los ataques que está recibiendo». En cualquier país desde el que usted esté leyendo este libro, el liberalismo seguramente ha sido objeto continuo de embestidas, agresiones y calumnias. Y éste es, también, uno de los objetivos por el cual he propuesto y coordinado este libro: para defender la libertad de los ataques que está recibiendo de parte de la izquierda, de la derecha, del estatismo y de todo tipo de movimiento colectivista, nacionalista y populista.

Es nuestra responsabilidad aportar nuestro pequeño grano de arena para que las ideas de la libertad se vuelvan una realidad en todo el mundo.

Éste es el rol que espero cumpla este libro, junto al trabajo de las grandes voces defensoras de la libertad que nos acompañarán a lo largo de las próximas páginas. Espero que este viaje por la geografía de las ideas liberales que viene a continuación sea tan placentero, reconfortante y vigorizador para los lectores como lo ha sido para mí.

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Antonella Marty

Antonella Marty es licenciada en Relaciones Internacionales. Es directora asociada del Center for Latin America en Atlas Network (Washington D. C.), directora del Centro de Estudios Americanos en la Fundación Libertad (Rosario, Argentina) y Senior Fellow de la Fundación Internacional para la Libertad (Madrid, España). Es conductora del podcast «Hablemos Libertad» y autora de libros como La dictadura intelectual populista (2015), Lo que todo revolucionario del siglo XXI tiene que saber (2018) y Capitalismo: un antídoto contra la pobreza (2019).

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