Por qué ser liberal | Tom G. Palmer

Tom Palmer es escritor y vicepresidente ejecutivo de Programas Internacionales en Atlas Network. Senior Fellow del Cato Institute y director de la Cato University.

Es probable que en casi todos los aspectos de su vida, usted actúe como liberal. Tal vez se pregunte qué significa «actuar como liberal». La respuesta no es tan complicada: usted no golpea a otras personas cuando le desagrada su comportamiento; no roba las cosas de los demás; no les miente para que le den sus pertenencias; no los estafa ni les da mal las indicaciones adrede para que se accidenten. Usted no es esa clase de persona.

Respeta a los demás. Respeta sus derechos. Puede que algunas veces tenga ganas de golpear a alguien que dijo algo muy ofensivo, pero su buen juicio es más fuerte y se aleja o responde al agravio del otro con palabras. Es usted una persona civilizada.

Felicitaciones. Ha internalizado los principios básicos del liberalismo. Vive su vida y ejerce su propia libertad con respeto por la libertad y por los derechos de los demás, se comporta como liberal.

Los liberales creen en el principio de voluntariedad, no en la fuerza. Y lo más probable es que usted también siga ese principio en su relación diaria con otras personas.

Pero detengámonos un momento: ¿no es el liberalismo una filosofía política, un conjunto de ideas sobre el Estado y sobre las políticas? Sí. Entonces, ¿por qué no se centra en lo que debe hacer el Estado, en lugar de focalizarse en lo que deben hacer las personas? Bueno, ésa es la diferencia principal entre el liberalismo y las otras ideas sobre la política. Los liberales no creen que el Estado sea algo mágico. El Estado está formado por personas exactamente iguales a nosotros. No existe una raza especial de personas —ni reyes, ni emperadores, ni hechiceros, ni primeros ministros— con inteligencia, sabiduría o poderes sobrehumanos que los ubiquen por encima de la gente común. Los gobernantes, incluso si son elegidos democráticamente, no tienen más «espíritu cívico» que la persona promedio: en ocasiones, tienen menos. No existen indicios que demuestren que sean menos egoístas ni más benévolos que los demás, así como no hay manera de demostrar que estén más preocupados por la diferencia entre el bien y el mal que una persona promedio. Son como nosotros.

Pero detengámonos una vez más: los dirigentes políticos sí ejercen poderes que las demás personas no tienen. Ejercen el poder de arrestar a personas, de comenzar guerras y de matar, el poder de decretar lo que podemos o no podemos leer, si podemos adorar a Dios y de qué forma, con quién podemos contraer matrimonio, qué podemos o no comer, beber o fumar, de qué podemos o no trabajar, en qué lugar podemos vivir, dónde debemos estudiar, adónde podemos viajar, qué bienes y servicios podemos ofrecer a los demás y a qué precios, y muchas cosas más. Es claro que ejercen poderes que los demás no tenemos.

Precisamente. Hacen uso de la fuerza, y lo hacen como si fuera lo más normal del mundo: es lo que distingue al Estado de otras instituciones. Pero los poderes de percepción de los gobernantes, su perspicacia y sus capacidades de previsión no son mayores que los de todos los demás, ni tienen normas sobre el bien y el mal más exigentes ni más estrictas que el promedio. Es posible que algunos sean más inteligentes que el común o incluso que sean menos inteligentes, pero no hay modo alguno de comprobar que superan al resto de la humanidad en un grado tal que justifique considerar que están por encima de los demás, que son nuestros líderes naturales.

¿Por qué hacen uso de la fuerza, mientras todos los demás recurrimos a la persuasión voluntaria para lidiar con otras personas? Los que tienen el poder político no son ángeles ni dioses, ¿por qué reclaman entonces la potestad de ejercer poderes que nadie más se creería con derecho a ejercer? ¿Por qué debemos someternos a ese uso de la fuerza? Si no tengo la potestad de entrar en la casa de alguien para decirle qué debe comer, qué debe fumar o a qué hora debe acostarse, o con qué persona adulta puede acostarse, ¿por qué puede tener esa autoridad un político, un burócrata, un general militar, un rey o un gobernador?

La noción más importante de la que toma conciencia una persona madura: los demás no me pertenecen. Cada uno vive su vida. Usted, como persona madura, lo entiende, y sus acciones lo reflejan y no entra violentamente en la casa de los demás a decirles cómo deben vivir ni roba sus cosas cuando considera que usted las aprovecharía mejor. No ataca ni golpea ni apuñala ni abre fuego cuando alguien no está de acuerdo con usted, ni siquiera cuando se trata de temas importantes.

Entonces, si usted ya actúa como liberal, quizá es momento de que lo sea.

¿Qué significa ser liberal?

No significa únicamente no violentar los derechos de los demás, es decir, respetar las normas de la justicia en relación con los demás, sino también armarse mentalmente para entender qué significa que las personas tengan derechos, cómo los derechos sientan las bases para la cooperación social pacífica y cómo funcionan las sociedades voluntarias. Significa defender no solamente la libertad propia, sino la libertad de otras personas. Un gran pensador brasileño dedicó su vida a abolir la mayor violación de la libertad imaginable: la esclavitud. Su nombre era Joaquim Nabuco, y es el autor del credo liberal que guio su propia vida:

Eduquen a sus hijos, edúquense a sí mismos, en el amor a la libertad de los demás, porque no hay otra manera de que su propia libertad no sea un don gratuito del destino. Aprenderán su valor y obtendrán el coraje para defenderla. 

Ser liberal implica preocuparse por la libertad de todos, respetar los derechos de los demás, aunque no estemos de acuerdo con sus acciones o sus palabras. Significa renunciar al uso de la fuerza y, en cambio, tratar de alcanzar nuestras metas, así sea la felicidad personal o la mejora del estado de la humanidad, o el conocimiento, o todo eso, o alguna otra cosa, exclusivamente a través de acciones voluntarias y pacíficas, en el mundo «capitalista» de la libertad de empresa y el intercambio, o en las ciencias, o en la filantropía, el arte, el amor, la amistad o cualquier otro acontecer humano abarcado por las reglas de la cooperación voluntaria.

Ser liberal implica preocuparse por la libertad de todos, respetar los derechos de los demás, aunque no estemos de acuerdo con sus acciones o sus palabras.

Escepticismo acerca del poder y de la autoridad

Ser liberal significa entender que los derechos están a salvo sólo si el poder tiene límites. Los derechos exigen la existencia de un Estado de derecho. John Locke, el revolucionario filósofo y activista inglés, contribuyó a sentar las bases del mundo moderno. Argumentó en contra de los defensores del «absolutismo», que creían que los gobernantes debían tener poderes ilimitados. Los que defendían el poder absoluto decían con tono burlón que otorgar a las personas sus «libertades» implicaría que todos harían lo que se sintieran inclinados a hacer, caprichosamente y sin consideración por las consecuencias ni los derechos de los demás.

Locke respondió que lo que buscaba el partido de la libertad era una «libertad para disponer y ordenar como le plazca su persona, sus acciones, sus posesiones y toda su propiedad, según lo permitían las leyes por las que está regido; y sin estar sujeto a la voluntad arbitraria de los demás, sino siguiendo libremente la propia». Uno tiene derecho a hacer lo que elija hacer con lo que es suyo: el derecho a seguir la voluntad propia y no las órdenes de otro, siempre y cuando lo haga respetando los derechos de los demás.

El filósofo Michael Huemer basa el liberalismo en lo que denomina «moral del sentido común», que comprende tres elementos: «un principio de no agresión», que prohíbe que las personas se ataquen, se maten, roben o se estafen entre sí; «un reconocimiento del carácter coercitivo del Estado […] que está respaldado por amenazas creíbles del uso de la fuerza física contra aquellos que desobedezcan al Estado»; y «un escepticismo respecto de la autoridad política […] que el Estado no puede hacer nada que fuera incorrecto que realizara una persona u organización no gubernamental». Según señala, «la noción de autoridad es el punto central de la disputa entre el liberalismo y otras filosofías».

Libertad, prosperidad y orden

Ser liberal significa entender cómo se crea la riqueza: no por medio de un político que da órdenes, sino gracias a personas libres que trabajan juntas, inventan, crean, ahorran, invierten, compran y venden, siempre sobre la base del respeto por la propiedad, es decir, los derechos de los demás, la «propiedad» no se limita a «mis cosas», como podría usarse el término actualmente, sino que abarca los derechos a «la vida, la libertad y la propiedad», por usar la conocida frase de Locke. Como señaló James Madison, uno de los redactores más influyentes de la Constitución de Estados Unidos: «Así como decimos que el hombre tiene derecho a su propiedad, podemos decir igualmente que tiene propiedad de sus derechos». 

El amor y el afecto pueden ser suficientes para que grupos pequeños cooperen en paz y con eficiencia, pero los liberales entienden que no alcanzan para crear paz y cooperación entre grandes grupos de personas que no interactúan de forma directa. Los liberales creen en el Estado de derecho, es decir, en normas que se aplican a todas las personas, en lugar de adaptarlas en función de las preferencias de quienes ostentan el poder. Las reglas de las sociedades libres no se diseñan en beneficio de una determinada persona o grupo: respetan los derechos de todos los seres humanos, independientemente del género, el color, la religión, la lengua, la familia y demás características accidentales.

Las normas que regulan la propiedad son una de las bases más importantes para la cooperación entre extraños. La propiedad no es únicamente lo que podemos tener: abarca las relaciones complejas de derechos y obligaciones por las que personas que no se conocen pueden orientar sus acciones, y que permiten que vivan en paz, que cooperen en empresas y asociaciones, y que comercien para obtener un beneficio mutuo, dado que conocen la referencia básica —lo que es tuyo y lo que es mío— a partir de la cual cada uno puede actuar para mejorar su condición. Los derechos de propiedad bien definidos, garantizados por la ley y transferibles forman la base de la cooperación voluntaria, la prosperidad general, el progreso y la paz. Eso incluye no sólo las cosas que podemos tomar con las manos y sobre las que podemos pararnos, sino también las acciones de complejas empresas comerciales que producen una inmensidad de bienes que exigen la cooperación de miles y miles de personas, así sean medicamentos, aeronaves o piñas que llegan a nuestra mesa en invierno.

Richard Epstein, profesor de Derecho Liberal, tituló uno de sus mejores libros Reglas simples para un mundo complejo. El título expone maravillosamente el tema: no se necesitan normas complejas para obtener formas complejas de orden. Usar normas simples es suficiente. De hecho, las normas simples, entendibles y estables suelen generar orden, mientras que las normas complicadas, incomprensibles y fluctuantes tienden a generar caos.

La propiedad bien definida y el derecho a comerciar en términos aceptados por todos los participantes habilitan la cooperación a gran escala sin obligación. Los mercados libres tienen más orden y previsión que las sociedades dirigidas y ordenadas por la fuerza, no menos. El orden espontáneo de los mercados es mucho más abstracto, complejo y sagaz que cualquier plan quinquenal o intervención económica diseñados alguna vez. Las instituciones como los precios, que emergen cuando las personas tienen libertad de intercambiar, ayudan a orientar los recursos hacia los usos más valorados, sin dotar de poder coercitivo a una burocracia. La «planificación» impuesta de manera obligatoria es lo opuesto a la planificación; es una interrupción del proceso continuo de coordinación de planes incorporado en las instituciones sociales desarrolladas libremente.

El orden surge espontáneamente de las interacciones libres de personas que tienen sus derechos asegurados. Eso se aplica no sólo al orden económico, sino también al lenguaje, las tradiciones, las costumbres, la ciencia e incluso a esferas como la moda y el estilo. Utilizar la fuerza para tratar de someter alguna de esas áreas o todas a la voluntad arbitraria de un gobernante, dictador, presidente, comité, legislatura o burocracia equivale a reemplazar orden por caos, libertad por fuerza y armonía por discordia.

Los liberales creen en un mundo en paz y trabajan en pos de eso: un mundo en el que los derechos de cada ser humano, único, se reconozcan y respeten, un mundo en el que la prosperidad generada por todos se genere a partir de la cooperación voluntaria, en función de un sistema legal que proteja los derechos y facilite los intercambios beneficiosos para todos los participantes. Los liberales están convencidos de que el poder debe tener límites y trabajan para establecerlos, con el fin de que el poder hasta ahora arbitrario se someta al Estado de derecho, para limitar y minimizar todo tipo de violencia. Los liberales creen en la libertad y la defienden: libertad de pensar, de trabajar, de comportarse como uno prefiera, siempre y cuando respete la libertad de los demás. Los liberales creen en un mundo en el que cada persona sea libre de buscar su felicidad, sin necesitar permiso de nadie para ser, actuar ni vivir, y trabajan en pos de eso.

Entonces, ¿por qué ser liberal?

¿Por qué ser liberal? Puede sonar simplista, pero una respuesta razonable sería «¿por qué no?». Tal como la carga de la prueba recae sobre la persona que acusa a otra de un delito, y no en la persona acusada, la carga de la prueba recae sobre aquel que optaría por negarle la libertad a otra persona, no sobre quien ejerce la libertad. Quien desee cantar una canción u hornear un pastel no tiene por qué comenzar rogando que todas las demás personas del mundo le den permiso para hacerlo. Tampoco tienen por qué contestar a todos los argumentos posibles en contra de cantar o de hornear.

Un liberal es alguien que está convencido de la presunción de libertad. Esta sencilla presunción, cuando se cumple en la práctica, es suficiente para generar un mundo en el que cada persona puede concretar su forma respectiva de felicidad de la manera que prefiera, un mundo en el que la gente puede comerciar libremente para lograr un beneficio mutuo, un mundo en el que los desacuerdos se resuelven con palabras y no con garrotes. No sería un mundo perfecto, pero sí sería un mundo por el cual vale la pena luchar.

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Tom Palmer

Tom Palmer es escritor y vicepresidente ejecutivo de Programas Internacionales en Atlas Network. Senior Fellow del Cato Institute y director de la Cato University.

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