Literatura y libertad | Adolfo Cáceres Romero

Preámbulo

La libertad no es un don. Es un derecho. Inclusive Dios lo respeta, permitiendo que el hombre elija creer o no en su divinidad; entonces, todos los seres humanos nacemos libres e iguales en “dignidad y derechos”, como lo proclama la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” (1948), añadiendo que “todas las personas tienen derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad”. Libertad que también es reconocida por la Organización de las Naciones Unidas. Para llegar a este reconocimiento tardío ha debido correr mucha sangre en el mundo, empezando con la rebelión de Espartaco, en la Roma Imperial, hasta culminar con abolición de la esclavitud, en los Estados Unidos de Norteamérica, con el Presidente Lincoln, y la toma de la Bastilla, en Francia; sin dejar de lado las dos grandes guerras mundiales, en el siglo XX. Casi simultáneamente nació la libertad de palabra y culto. Han pasado tantos siglos para ello; sin embargo, nunca ni ahora, se ha respetado el libre pensamiento. Las oligarquías, en todas sus castas, razas y credos ideológicos, procuran dominarlo. Precisamente los gobiernos que proclaman su condición democrática, se dan modos para censurarlo. De ahí que aun en este siglo XXI se continúa luchando por la libertad de palabra. Teniendo en cuenta que es un instrumento de supervivencia para todo ser humano, los poetas, narradores y ensayistas se han constituido en sus principales cultores. ¿Por qué?

Siempre han sido los artistas y pensadores quienes han luchado por la expresión libre de sus sentimientos y pensamientos. Nunca han callado su voz, aun en los tiempos más difíciles de la historia de la humanidad. Muchos pensadores y poetas han sido perseguidos y asesinados. El sacrificio de Sócrates (siglo IV a de C) nos llega como una antorcha que ilumina la libertad de pensamiento. Prefirió beber la cicuta antes que negar su credo ideológico. Lo condenaron por no reconocer a los dioses atenienses, acusado de corruptor de la juventud. Cuando decía: “Sólo sé que no sé nada”, pensaban que fanfarroneaba. No dejó obra escrita, pero su discípulo Platón es su referente más directo para conocer su pensamiento. Con él aprendemos que no se puede separar la paz de la libertad, porque nadie puede estar en paz consigo mismo si no es libre.

Dos experiencias funestas marcan la supervivencia de la razón, que lleva implícita la libertad de expresión, afectándonos significativamente. La primera, conocida como descubrimiento del “Nuevo Mundo”, hizo que varias naciones europeas esclavizaran y aniquilaran a las culturas originarias de ese mundo recientemente descubierto, luego conocido como Continente Americano. En lo que directamente nos concierne, el dominador español, alertado por sus cronistas, tan pronto se dio cuenta de que el pensamiento y la historia quechua-aimara continuaban con vida, en los khipus, decretó su extinción, a sangre y fuego. Primero, Pedro Sarmiento de Gamboa, en el capítulo IX de su “Historia Índica” (1572), advirtió que: “En el cual quipo, dan ciertos nudos como ellos saben por los cuales y por las diferencias de los colores distinguen y anotan cada cosa como letras”. Por su parte, Cristóbal de Molina, en su “Ritos y fábulas de los Incas” (1572), fue más explícito al decir: “Entendíase y entiéndese tanto por esta cuenta, que dan razón de más de quinientos años de todas las cosas que en esta tierra, en este tiempo, han pasado. Tenían indios industriados y maestros en los dichos quipos y cuentas y éstos iban de generación en generación mostrando lo pasado, y en pasándolo a la memoria a los que habían de entrar, que por maravilla no se olvidaban cosa por pequeña que fuese”. Y a fines del siglo XVI, Fray Martín de Morúa, religioso mercedario, en su “Los orígenes de los Incas”, dio la voz de alarma al decir: “Pero lo que más me espanta es que por los mismos cordones y nudos contaban las sucesiones de los tiempos y cuánto reinó cada inga y si fue bueno o malo, si fue valiente o cobarde; todo, en fin, lo que se podía sacar de los libros se sacaba de allí; cómo fue esto, yo no lo entiendo ni lo sé; esto es tan cierto que hasta hoy lo hay y tratan de ellos los viejos”. Consecuentemente, el Concilio Provincial de Lima, en 1583, decretó la extinción de los khipus, desatándose al mismo tiempo una tenaz persecución de los khipukamayus, con la orden de exterminarlos. Así en los poblados controlados por los españoles, se incineraron ingentes cantidades de khipus, saqueándose templos, viviendas y tumbas reales. Posteriormente, en 1613, el arzobispo Lobo Guerrero ordenó que los indios: “estarán advertidos de no consentir los bayles, cantares o taquis antiguos en lengua materna ni general”. Así, al año siguiente, o sea 1614, las Constituciones Sinodales del Arzobispado de Lima prohibieron las fiestas y bailes a la usanza indígena y también los cantos en lengua quechua, mandándose destruir los instrumentos musicales indígenas. Similar suerte corrieron los códices mayas, kichés y hasta los estudios ontológicos de la cultura náhuatl, realizados por fray Bernardino de Sahagún (1500-90.

La otra experiencia funesta pertenece al siglo XX, con las dos grandes guerras mundiales, que cobraron millones de vidas, en Europa. El crítico francés George Steiner, de origen judío, en su estudio “Tolstói o Dostoievski” (2002), nos advierte: “En nuestros espíritus se proyectan las sombras de las guerras y las bestialidades del siglo XX; semejante herencia debería hacernos más cautos”. La Primera Gran Guerra había sido provocada por el expansionismo alemán, anexándose Alsacia y Lorena, para desatar una singular confrontación bélica con el resto de los países aliados de Europa y otras naciones del orbe. Durante cuatro años de sangrientos combates por tierra, aire y mar, desde 1914 se cegó la vida de más de 25 millones de personas, destruyéndose un valioso patrimonio cultural. A la finalización, el 11 de noviembre de 1918, el Tratado de Versalles, el 28 de junio de 1919, sellaba la pacificación de Europa. A raíz de esa confrontación se creó la Sociedad de las Naciones, sustentada por dos organismos técnicos: El tribunal Permanente de Justicia Internacional y la Oficina Internacional del Trabajo, con el propósito de afianzar la paz mundial, dando inicio a la reconstrucción de los pueblos destruidos por esa tormenta bélica. En esa atmósfera de paz, en Europa, emergieron ideas e instituciones que abogaban por la libertad de expresión, como la que surgió en Inglaterra, a inspiración de la novelista C. A. Dawson Scott, el año 1921, en Londres, fundando la Asociación Mundial de Escritores, con el nombre de “PEN Internacional”. Uno de los principios de esta agrupación, que se ha expandido por todo el planeta, dice: “El PEN defiende el principio de la libre circulación de ideas entre todas las naciones y cualquiera de sus miembros tiene el deber de oponerse a toda restricción de la libertad de expresión en su propio país o en su comunidad, así como en el mundo entero, en la medida de sus posibilidades”. Ese sueño de paz duró poco, por cuanto el nacismo alemán, desconoció el tratado de Versalles, poniendo en jaque a la Sociedad de Naciones, cuyo último presidente fue precisamente Adolfo Costa du Rels, escritor y diplomático boliviano que residía en París.

Pocos saben que la salud de una buena literatura es orientada por una crítica idónea y nada sectaria. En toda cultura, en toda nación, siempre hay una tradición respetable. Según advierte Steiner, en la obra que ya citamos: “En nuestros días hay un dolorido anhelo de tal regreso (Homero, Esquilo). Estamos completamente rodeados de un nuevo analfabetismo, el analfabetismo de los que pueden leer palabras ásperas y palabras de odio y de relumbrón, pero que son incapaces de comprender el sentido del lenguaje en función de su belleza o verdad”. R. P. Blackmur, uno de los críticos modernos más agudos, dice al respecto: “Me agradaría creer que hay una clara prueba de la necesidad (y particularmente en nuestra sociedad, una necesidad mayor que nunca), en los eruditos y los críticos, de realizar una tarea especial, la tarea de situar al público en una relación pertinente con la obra de arte, es decir, de cumplir una tarea de intermediario”. Lamentablemente, Bolivia tiene —a lo largo de su historia—muy pocos críticos que cumplen esa función. Sin temor a equivocarnos, el siglo XIX se salva gracias a la sagacidad de Gabriel René Moreno y, el XX, a Carlos Medinaceli, Roberto Prudencio y Luis Huáscar Antezana. El siglo XXI, se perfila con mayor fortuna, especialmente por la presencia femenina, aunque no faltan las capillas y figuras intocables, que parcelan el desarrollo de nuestras letras, centralizándolas en las urbes más pobladas, sin prestar atención al resto del país. Esto implica una suerte de censura, como veremos más adelante.

 

Literatura y Libertad en el mundo occidental

La Literatura responde a un plano esencialmente estético y artístico en el análisis de las obras escritas. Según señala el escritor argentino Adolfo Colombres: “Juan Achá añade el temático. Pero éste se sitúa en otro nivel, pues a su juicio el tema no determina lo artístico y, menos aún, lo estético. Si bien podría admitirse dicho enunciado como regla general de cierta validez, es preciso confrontarlo con las distintas prácticas históricas y, en particular, con las que se desarrollan en contextos diferentes al occidental moderno”.

Desde luego que la confrontación “con las distintas prácticas históricas”, no se da fuera del contexto social, el cual –en ciertas circunstancias y lugares—es altamente conflictivo. A este contexto Sartre lo llama “compromiso”, lo que nos lleva a hablar de una literatura comprometida con la problemática social, el tiempo histórico y el medio, muy afín al desarrollo de las letras en los países en vías de desarrollo, especialmente en Latino América. Aquí, entonces, la temática juega un papel primordial. Es la que define los ámbitos de expresión artística. Harold Bloom, en su “Poesía y represión” (1976), dice que: “Un ‘texto’ poético, como yo lo entiendo, no es una acumulación de signos en una página, sino un campo de batalla psíquico donde las fuerzas auténticas luchan por la única victoria digna de alcanzarse: el triunfo adivinatorio sobre lo vivido”. Lo vivido en los países más desarrollados es lo sentido, esencialmente, como resultado de una inspiración que sublima la realidad. Para muchos críticos es elitista y aburguesado. El amor y la muerte, en todas sus situaciones, constituyen los temas dominantes de sus obras. En cambio, en los países donde hasta el ideal democrático es una utopía, la realidad es vivida en situaciones extremas de explotación y zozobra. Consecuentemente, se plantea la instrumentalización de la literatura (especialmente la poesía) y del arte de creación en general. Podemos decir que en forma y técnica, su fin no es fundamentalmente estético, aunque no deja de embellecer su discurso. Sus lectores son los trabajadores, en todas sus clases. José Camarlinghi, poeta y editor boliviano, llevaba sus obras preferentemente a las minas.

Teniendo en cuenta que la mayor perfección del espíritu es su capacidad de crear obras bellas y experimentar placer, todo arte se hace social, dialógico, especialmente la poesía, pues como música de palabras, celebra cuanto impresiona la sensibilidad del poeta. La palabra se desdobla (cuerpo y alma) y despliega todas sus aristas, haciéndose un maravilloso instrumento tanto en la recreación como en el canto de la realidad; así, acaricia los sentidos y celebra la vida, el amor, la fe y los valores morales; también intenta explicar lo inefable. Cuando celebra a los seres de la naturaleza, al hombre, en especial, lo hace con sus ideales de justicia y libertad; igualmente celebra a la mujer y lo hace no sólo exaltando su belleza física, sino también su condición de madre; la belleza del universo va junto a los astros y dones del Creador; nunca deja de celebrar los fastos heroicos e históricos de la humanidad; el esfuerzo, el trabajo y los trabajadores; pero cuando éstos son explotados y humillados, cambia su animación. No puede festejar el dolor, la miseria, la angustia de sobrevivir con un salario exiguo; tampoco soporta el despotismo de los de los tiranos y, así, la poesía se hace protesta, denuncia y arma de lucha. Comprometida con una ideología, es grito de rebelión. Curiosamente cobra una dimensión política, pero no siempre desde una élite partidista; entonces, los poetas son

perseguidos, encarcelados o asesinados. Los críticos han convenido en llamar a esta su protesta: Poesía Social. En uno de sus poemas, Gabriel Celaya dice que esta poesía: “es un arma cargada de futuro”.

La revolución rusa de 1917 y la guerra civil española (1936-1939) nos han brindado singulares modelos: Vladymir Mayakovsky (1893-1930), es uno de los poetas más conocidos, al igual que Evgueni Evtuschenko (n. 1933), que en una lectura de sus poemas en Moscú, en la Casa de los Escritores (enero de 1958), desde las 19:30 hasta la media noche, hizo que su libro de versos se agotara en las librerías en 15 días. Evtuschenko tenía 24 años de edad. Asimismo, Miguel Hernández (1910-1942), poeta español, nos anima el alma y la conciencia con sus cantos de libertad. También en España es importante señalar a Blas de Otero (1916-1979), que en sus poemarios: “Redobles de conciencia” (1950) y “Pido la paz y la palabra” (1951), estructura sus versos con metáforas abruptas y violentas, con una sintaxis trunca, para alentar el afán de libertad en los pueblos oprimidos; en su caso, contra la dictadura de Francisco Franco; mientras Gabriel Celaya (1911- ?), luego de “Las cosas como son” (1949), culmina su obra con “Campos semánticos” (1971), ingresando en el ámbito de la poesía concreta. Ambos poetas asumieron un compromiso frente a la situación política de su país, dominado por el fascismo.

Las persecuciones, encarcelamientos y torturas son las cicatrices de América, que han sido cantadas por innumerables poetas; entre ellos, el cubano Nicolás Guillén (1912- ?), que comienza con una poesía dirigida al mundo negro de su isla. Canta con la sonoridad onomatopéyica de su lenguaje en “Motivos del son” (1930) y “Songoro Cosongo” (1931), para luego dar un giro de compromiso con la revolución cubana, con “La paloma de vuelo popular” (1958). Otro poeta comprometido es Ernesto Cardenal (1925-?), sacerdote nicaragüense que ha estado al servicio de la iglesia de los pobres, luchando contra la dictadura de Anastasio Somosa. Sus principales obras son: “Hora 0” (1960), “Salmos” (1964), “En Cuba” (1970) y “Canto Nacional” (1973).

Con Miguel Hernández, poeta de origen campesino, nacido en Orihuela (España), encontramos que su empeño por estudiar a los clásicos del Siglo de Oro fue vital para la subsistencia de su obra: “siendo –a decir de Julián Marías— uno de los primeros poetas en reaccionar a favor de la métrica renacentista y barroca, infundiendo vida joven a los modelos garcilasianos y gongorinos”. Su poemario “Perito en lunas” (1933), tuvo notable éxito, al igual que “El rayo que no cesa” (1936), para culminar con “Viento de pueblo” (1937), asumiendo un compromiso de lucha contra el franquismo.

Entre otros poetas comprometidos que sería largo enumerar, como los chilenos: Pablo Neruda, Pablo de Roca, Nicanor Parra, merece una especial mención Manuel Scorza (1928-1983), poeta peruano cuya “Epístola a los poetas que vendrán”, señala el cambio, cuando dice:

 

“Tal vez mañana los poetas pregunten

por qué no celebramos la gracia de las muchachas:

quizá mañana los poetas pregunten

por qué nuestros poemas

eran largas avenidas por donde venía ardiente cólera.

“Yo respondo: por todas partes se oía llanto,

por todas partes nos cercaba un muro de olas negras.

¿Iba a ser la poesía

una solitaria columna de rocío?

“Tenía que ser un relámpago perpetuo.”

 

Finalmente citamos al poeta uruguayo Mario Benedetti (1920-2009), que en 1973 tuvo que salir de su país a un exilio de 12 años en la Argentina, Perú, Cuba y España. Es uno de los escritores latinoamericanos más leído y más comprometido con su historia. Comienza su poema “La crisis”, con los siguientes versos:

“Viene la crisis

ojo guardabajo

un pan te costará como tres panes

tres panes costarán como tres hijos

y qué barbaridad

todos iremos

a las nubes en busca de un profeta

que nos hable de paz

como quien lava.”

 

Literatura y libertad en Bolivia, siglo XIX

Siglo difícil, violento y fundacional de la República. Luego de una sangrienta lucha independentista que duró 15 años en su suelo (1809-1825), Bolivia surgió sin fronteras definidas, al punto de que hasta el año 1935, en el que concluyó la Guerra del Chaco contra el Paraguay —después de tres sangrientos años—, perdió más de la mitad de su territorio, incluyendo su extensa costa marítima (1879), ya sea por contiendas bélicas o también por vía diplomática. Condenado a ser país mediterráneo, el mar siempre estaría presente en la obra de sus artistas, ya sean músicos, pintores, poetas o narradores. Lo deprimente está en la presencia de oligarquías dominantes, sus ansia de poder y la presencia de mandatarios déspotas e incultos, que lograron gobernar el país por la fuerza o voto fraudulento; entonces, surgieron las voces de protesta, sobre todo entre los poetas, narradores y periodistas, que fueron perseguidos, asesinados o alejados del país.

La poesía del siglo XIX es esencialmente romántica, pero no a la manera de las principales figuras del romanticismo europeo, sobre todo de los alemanes Friedich von Schiller y Heinrich Heine; de los ingleses Percy B. Shelley y John Keats o del francés Alfred de Musset. Eran más afines a Víctor Hugo, Gustavo Adolfo Bécquer y a los hispanoamericanos: Andrés Bello, José Joaquín de Olmedo, José Mármol y José María de Heredia; sin embargo, hubieron poetas que estuvieron en Europa, especialmente en España y Francia, conociendo más de cerca la vida literaria de esas naciones.

Entre los escritores más combativos, que expresaron su admiración por algunas figuras políticas o militares de su época, se destaca Manuel José Cortés (1815-1865), poeta, abogado e historiador nacido en Cotagaita (Potosí) y muerto en la ciudad de Sucre. Tuvo participación política, ocupando importantes cargos públicos, como: Fiscal General de la República, Presidente de la Asamblea Parlamentaria, en dos oportunidades (1861 y 1864), durante el gobierno de José María Achá; también fue Encargado de Negocios en el Perú; Ministro de Culto e Instrucción Pública, Consejero de Estado y Cancelario de la Universidad de San Francisco Xavier.

Su obra en verso y en prosa es poco conocida. Publicó en Valparaíso un opúsculo, en 1852, después de que el año anterior hubiera sacado a luz su “Ensayo sobre la Historia de Bolivia”, obra considerada la primera historia escrita en Bolivia. En la última parte de su libro, que culmina con la presidencia del General Córdova, añadió un estudio sobre la literatura boliviana. Respecto a esta obra Valentín Abecia Valdivieso dice: “Obra tendenciosa por cierto, tiene el valor de ser la primera de crítica literaria que, aunque superficial, enumera las composiciones del género y no solamente esto, se podría decir que nace con Cortés la historia que, dejando de lado el simple memorialismo, hace uso de la documentación.”

La producción poética de Cortés se desarrolla fundamentalmente en dos espacios bien definidos. Por una parte, según nos confiesa, para él la poesía era un instrumento de combate. Textualmente afirma: “Lo que principalmente he querido es servir a la libertad, porque sé que se puede servirla en verso o en prosa, con la pluma o con la espada, con los hechos o con la palabra”. Este tipo de poesía comprometida era satírico-burlesca, de versificación fácil, accesible a todo lector. Lo que le interesaba a Cortés era la formulación del tema y por ello se despreocupaba de la forma al igual que de la técnica, aun cuando utilizaba estructuras definidas, como el soneto, donde a veces la rima consonante era monorrítmica. Veamos el siguiente fragmento de su soneto “Las elecciones”:

 

“Un diputado pelma y bobarrón

Que muy arrellenado en su sillón,

No sepa formular una moción

O se duerma durante la sesión;

“Que el ministro le llame Cicerón,

Aplaudiendo risueño su oración,

Y se espante al oír revolución:

Tal es el que conviene a la nación.”

 

Dentro de este género satírico, sus composiciones más difundidas en antologías y estudios son: “El periodista y el mono”, “El zorro y el perico ligero”, “Don Cándido, el esdrújulo” y “Las elecciones”. El otro espacio de sus composiciones es de carácter serio e intimista, con tono melancólico; también tiene varios poemas patrióticos y otros paisajísticos, que cantan la naturaleza tórrida de la amazonia boliviana , como su “Canto a la naturaleza del oriente de Bolivia”.

Mariano Ramallo (1817-1876), poeta, periodista y abogado nacido en Oruro y muerto en Sucre. Por su admiración y adhesión al General José Ballivián tuvo problemas primero con el gobierno del General Guilarte, que lo desterró al Perú, en 1847; luego, a la muerte de Ballivián, por haber escrito una elegía dedicada a la memoria del vencedor de Ingavi, volvió a ser desterrado por el General Belzu, en 1853. Toda su producción poética se halla dispersa en periódicos, revistas y antologías de la época. Tradujo algunos poemas de Víctor Hugo y Lamartine, mostrándose admirador del romanticismo francés.

No cabe duda que una de las figuras más importantes de este periodo es Ricardo José Bustamante (1821-1886), considerado por la mayoría de sus críticos la cumbre indiscutible del romanticismo boliviano. Poeta, periodista y diplomático, Bustamante nació en La Paz y murió en Arequipa (Perú). Huérfano de padre desde su nacimiento, joven aún fue enviado a Buenos Aires, para proseguir con sus estudios superiores. Allí, junto a poeta Florencio Balcarce, empezó a escribir sus primeros poemas. En 1839, año en el cual murió Balcarce, se animó a ingresar en la Universidad, para seguir la carrera de Derecho; sin embargo, el despotismo del tirano José Manuel Rosas hizo que emigrara al Uruguay, en cuya capital continuó su labor literaria, publicando algunos poemas en el periódico “El Nacional”. Antes de partir a Europa, concretamente a Francia, publicó un soneto de despedida de Buenos Aires, estando en Montevideo, cuyos primeros versos dicen:

“Adiós tierra de amor, patria nodriza de un infeliz y errante peregrino.”

En París intentó seguir la carrera de Arquitectura, pero pronto abandonó esos estudios, ingresando en la Sorbona, donde asistió a las clases de Literatura, Historia y Economía Política. Entonces conoció a varios escritores hispanos, pudiendo gozar de un ambiente adecuado a su vocación literaria. De su contacto con la literatura europea, nos dice: “He amado con predilección entre los novelistas a Balzac, Scott y Manzoni. Si Lamartine, Byron y Hugo me maravillaron, más simpáticos me han sido Musset y Vigny, y el “Stello” de este último es siempre mi favorito. De los poetas castellanos vi a Quintana y siento viva amistad por Bretón (de los Herreros), así también me encanta la graciosa copista de cuadros sencillos al natural, Fernán Caballero”.

En París asistió a las reuniones de una Sociedad Literaria a la que frecuentaban consagrados escritores españoles, con quienes trabó amistad, especialmente con Eugenio de Ochoa, Martínez de la Rosa, Donoso Cortés y Escosura. En esa ciudad escribió algunos poemas en francés y colaboró con el sabio viajero Alcides d’Orbigny, en su trabajo sobre la naturaleza americana. En tales circunstancias fue nombrado el primer correspondiente boliviano de la Real Academia de la Lengua Española. De su obra poética dice Miguel Antonio Caro: “Bustamante se hace notar siempre por la delicadeza de sus sentimientos, por su inspiración feliz y por la galanura de su estilo”. Precisamente de esa época data lo más sobresaliente de su obra: “Pensamiento en el mar”, “Adiós a Buenos Aires”, “El judío errante y su caballo”, “Despedida del árabe a la judía después de la conquista de Granada” y sus “Sáficos”.

Bustamante ingresó en la carrera diplomática como adjunto a una legación boliviana encargada al General Guilarte, en el Brasil. Concluida esa misión se trasladó a Lima, a la legación del Congreso Americano, a la que empero no llegó Ballivián, que precisamente lo había incorporado a la vida diplomática. De esa relación nació su “Laurel Fúnebre al General Ballivián”, que le acarrearía algunos problemas políticos durante la presidencia de Belzu.

Años después (1857), estando en Salta, fundó un periódico con el nombre de “El Industrial” y se casó con una agraciada dama argentina. Dedicado al periodismo, Bustamante le contestó a René-Moreno que había abandonado la poesía hacía ya varios años y que no tenía nada que le pudiera enviar para el estudio antológico que preparaba en Chile el señor Amunátegui. Tanto le insistió René-Moreno que, por fin, al año siguiente (1858) consiguió que le remitiera algunas de sus obras y sus notas biográficas, que actualmente nos son bastante útiles para conocer una parte de su personalidad literaria.

Después de veinte años de ausencia, al fin Bustamante pudo retornar al país. Al principio fue confinado por ballivianista a la provincia de Moxos. El propio Belzu, en cuyo gobierno se había decretado su confinamiento, reconociendo su capacidad intelectual, lo nombró Prefecto del Departamento del Beni, en 1852; al año siguiente, ganó el certamen literario convocado por el Ministerio de Culto e Instrucción, en homenaje a la memoria del Libertador Bolívar, con su poema “Bolivia a la posteridad”. Su contacto con la amazonia boliviana le inspiró uno de sus poemas más antologados: “Preludio al Mamoré”. Los fastos históricos del país aparecen en varias de sus composiciones, empezando con la letra del himno paceño; luego sigue con “Canto heroico al 16 de julio”, “Himno Sinfonía a la Unión Americana”, al igual que sus sonetos dedicados a Pedro Domingo Murillo y al general José de San Martín.

Con Tristán Roca (1826-1868), poeta, periodista y político boliviano que nació en Asusaqui, del Departamento de Santa Cruz, y murió fusilado por Francisco Solano López, en Asunción, capital del Paraguay, donde se había exiliado huyendo del despotismo de Mariano Melgarejo, nos encontramos con un insigne defensor de la libertad. Lo paradójico es que, por librarse de un tirano, fue a encontrar la muerte a manos de otro, que sostenía, a costa de la sangre de su pueblo, la Guerra de la Triple Alianza, contra Brasil, Argentina y Uruguay.

Analizando su vida, vemos que, luego de graduarse de Bachiller en Santa Cruz de la Sierra, se dirigió a Sucre, donde siguió la carrera de Derecho en la Universidad de San Francisco Xavier, obteniendo el título de abogado en 1855. En esa ciudad se había despertado su vocación por las letras; de ahí que al retornar a Santa Cruz fundó el centro cultural “Amantes de Minerva”. De espíritu inquieto, nunca se sometió a la voluntad de los gobernantes dictatoriales. Joven aún, organizó una manifestación de protesta contra el Presidente José María Linares, quien lo confinó al Beni, donde permaneció dos años, al cabo de los cuales se internó en territorio brasileño. A la caída de Linares retornó al país, siendo elegido Diputado por la provincia de Chiquitos, en 1861. A continuación, el Presidente Achá lo designó Subsecretario de Instrucción Pública; luego, en 1864, ese mismo Presidente lo nombró Prefecto de Santa Cruz. Dos años antes le había encomendado la misión de instalar una imprenta, con la que Roca fundó “La estrella del Oriente”, periódico que en sí es el primer órgano de prensa que circuló en toda la región oriental de Bolivia. Actualmente continúa en circulación, en su segunda época.

A la caída del Presidente Achá, derrocado por Mariano Melgarejo, en diciembre de 1864, Tristán Roca, como Prefecto de Santa Cruz, se negó a reconocerlo como primer mandatario. La resistencia que le puso no duró mucho tiempo, debido a la deserción de varios de sus partidarios, viéndose obligado a buscar asilo en la parte norte de Santa Cruz; siendo aprehendido poco después, debido a una nueva intentona de rebelión. Afortunadamente logró huir de sus captores, buscando asilo en Corumbá, poblado brasileño que se hallaba en poder de los paraguayos, a raíz de la guerra recientemente estallada. Así pues, Roca logró que le permitieran dirigirse a Asunción, en 1866. Allí pronto logró acceder a las esferas intelectuales de ese país, llegando a ocupar la dirección del diario “El Centinela”. Como se trataba de un órgano de prensa oficialista, el Presidente Solano López, aquilatando sus dotes profesionales, lo invitó a formar parte de su gabinete, como asesor con el rango de Ministro.

La guerra fue desastrosa para el Paraguay. Frente al incontenible avance de las tropas aliadas, hubo caos y confusión. Tanto los familiares como algunos colaboradores de Francisco Solano López se pronunciaron por la paz, entre ellos Tristán Roca. Este hecho fue interpretado por el Presidente como un acto de insurrección, considerando a los pacifistas como traidores del país; así, hasta su madre estuvo a punto de ser fusilada, pero Trstán Roca no logró salvarse. Luego de ser procesado sumariamente, fue ejecutado la madrugada del 12 de agosto de 1868.

En cuanto a sus obras literarias, infortunadamente una gran parte de sus poemas aún permanecen inéditos. Lo publicado se halla disperso en diarios, revistas y antologías de la época. Entre lo poco que encontramos, advertimos un fácil manejo del verso de arte menor. Por lo general sus temas son testimoniales, poco elaborados y directos en la emisión de sus sentimientos. Para concluir veamos un fragmento de su poema:

 

El desterrado

“Sigo tranquilo y sereno

Mi yermo y erial camino,

Como errante peregrino

Que anda sin Patria ni hogar.

El signo de sufrimiento

Llevo entre tanto en mi frente,

Porque soy ciprés doliente,

Nacido para llorar.”

 

Siempre han sido los artistas y pensadores quienes han luchado por la expresión libre de sus sentimientos y pensamientos. Nunca han callado su voz, aun en los tiempos más difíciles de la historia de la humanidad.

Encontramos en Néstor Galindo (1830-1865) un poeta de singular vocación. Nació en Cochabamba y murió —por sus ideales de libertad— fusilado por las huestes de Mariano Melgarejo, luego de combatir en la Cantería de Potosí. Su vida tuvo particularidades propias de un artista de gran sensibilidad, en un tiempo frustrante para él. Según Augusto Guzmán: “escribió versos desde los 12 años, revelando su inclinación natural a la poesía”. No puede haber sido de otra manera, tratándose de un ser tan sensible a las cosas del espíritu. René-Moreno le dedica uno de sus mejores estudios, donde lo caracteriza destacando muchos rasgos de su existencia: “La vida de Galindo –dice—es una historia romanesca de aventuras, en la que la proscripción, las vicisitudes, la política, los libros, los negociosos, los paseos solitarios, forman la urdimbre de una instintiva vocación poética”.

Algo que fue decisivo no sólo para su encuentro con el amor, sino también con los estudios que pudo realizar durante el destierro de su padre, cuando contaba con 18 años de edad, luego de una corta permanencia en Lima, fue su residencia en Tacna. De ella dice: “Bendito sea el día y el mes y el año y la estación y el tiempo y la hora y el instante y el hermoso país y el paisaje mismo en que fui hallado por los lindos ojos que me tienen cautivo, y bendito sea el dulce primer tormento que sufrí al juntarme con el Amor, y benditos el arco y las flechas que me clavaron y la herida que me llega hasta mi corazón.”

Sus padres, alarmados por tal arrebato de amor, lo enviaron a Chile para que continuara sus estudios en un colegio de Valparaíso, donde aprendió las lenguas francesa e inglesa. Tal dominio no sólo le permitió leer a los clásicos de esos idiomas, sino también traducir sus obras, especialmente las de Víctor Hugo, Musset y Byron. Estando de nuevo en Bolivia, en su ciudad natal, fundó el 16 de abril de 1852, junto a un grupo de jóvenes intelectuales, la “Revista de Cochabamba”, la primera en su género en el país. En esa revista dio cabida a los estudios y composiciones de varios de los escritores de su generación. El año 1853, el gobierno de Belzu persiguió a Néstor Galindo y lo desterró por haber publicado un canto fúnebre a la muerte del General Ballivián; luego también sufrió una corta proscripción, en 1854, por haber tomado parte en el alzamiento del Cnl. Achá. Un año significativo para la vida literaria de este poeta es 1856, por cuanto ese año publicó en Cochabamba su poemario “Lágrimas”, que a la postre resulta ser el único libro de versos que nos dejó. En él aparecen poemas de variada factura, desde los políticos, marciales y patrióticos, hasta los sentimentales, elegiacos e intimistas.

Cerramos el siglo XIX con Daniel Calvo (1832-1880). Singular personaje, admirado y respetado tanto por su temperamento político como por su producción literaria, nació en la capital de la república y murió en la ciudad de La Paz, cuando ejercía el cargo de Presidente de la Convención Nacional. Recibió el título de abogado en su ciudad natal, en 1856. Cuando aún era estudiante de Derecho (1851), en la Universidad Mayor de San Francisco Xavier, publicó a los 19 años de edad la primera selección de sus poemas con el título de “Melancolías”. Por ese entonces, también se desempeñaba como profesor de Francés, en el Colegio “Junín”, donde a la sazón estudiaba Gabriel René-Moreno, que veinte años después (1871) prologaría su segundo libro de versos “Rimas”, publicado en Santiago de Chile.

A partir de 1852, junto a Manuel José Tovar, Mariano Baptista y Miguel de los Santos Taborga, Calvo incursionó en el periodismo político, como redactor de “El Amigo de la Verdad”, abriendo una tenaz campaña contra el gobierno de Belzu. Campaña que fue continuada en 1854, desde las páginas de “El Porvenir”. Con ese mismo ardor empuñó las armas, integrándose a las fuerzas revolucionarias del General Achá, quien fue derrotado en Sutimarca, por lo que Calvo tuvo que buscar refugio fuera del país.

A su retorno, apenas asumió el gobierno el Gnl. Jorge Córdova, Calvo continuó con su labor periodística y literaria, publicando una serie de poemas amatorios que fueron bien recibidos por la juventud capitalina. Sin embargo, impresionado por la heroica figura de del vencedor de Ingaví, escribió su “Canto a Ballivián”, mostrando sus dotes para la épica; empero esos aires poéticos no siempre fueron bien recibidos, sobre todo por los belcistas que reprimían todo homenaje que les recordara la figura de José Ballivián, que acababa de fallecer en el exilio. Procurando exaltar el fervor patriótico de esa figura, su canto se esfuerza por cobrar matices marciales:

“Los pechos de tus fieros escuadrones

Hubiérante servido de ancho escudo,

Y el golpe, entonces, de la muerte, rudo,

Hubiérase estrellado en tus legiones.”

 

El mismo acento heroico encontramos en su célebre soneto dedicado a enaltecer la figura del poeta fusilado, Néstor Galindo, cuando dice:

“En medio de la batalla vi tu frente,

Do se mostraba al par de tu entereza

Melancólico sello de tristeza,

Como la última luz del sol poniente.”

 

Seducido por todo lo que implicaba en el ámbito político la presencia de un civil como José María Linares, que emergía como el restaurador de la patria anarquizada por el belcismo, Calvo abrazó la causa septembrista y ocupó cargos públicos de importancia en dicho gobierno; así, en la ciudad de La Paz, fue Jefe de Sección del Ministerio de Instrucción Pública. Cansado del burocratismo que ello implicaba, retornó a la capital de la república, para asumir la dirección del periódico “El Siglo”, apoyando siempre al gobierno de Linares, pero sin ser obsecuente. A la caída de ese Presidente, decepcionado por la actitud hipócrita de los golpistas, que eran hombres de confianza de Linares, Calvo intentó alejarse de la política, refugiándose en las letras; sin embargo, pronto fue incitado a enrolarse en otra causa, ocupando el rectorado del colegio Junín; luego, presentando su candidatura a la Asamblea Constituyente de 1861, el resultado le fue adverso, por lo que fue destituido de su cargo de rector, por su propio amigo y colega, el poeta José Manuel Cortés, que era el nuevo Ministro de Instrucción en el gabinete del Presidente Achá.

Ese hecho no lo desanimó; de ahí que al año siguiente logró ocupar una banca en la Asamblea Ordinaria de 1862, año en el que un motín belcista estuvo a punto de acabar con su vida. Se salvó providencialmente, refugiándose en la casa de su amigo Tomás Baldivieso. Una vez aniquilados los sediciosos, Calvo retornó al Parlamento, venciendo al candidato oficialista, haciendo oposición al gobierno. Sumado a la protesta de los representantes chuquisaqueños, contra la apelación del pueblo, fue decretada su expatriación a la República Argentina; entonces, Calvo ingreso en la clandestinidad, ocultándose hasta que se decretó amnistía en el país. De vuelta a su hogar, los asedios políticos a los que fue sometido por agentes de seguridad del gobierno, le hicieron la vida imposible. Al respecto declaró que: “Una completa inseguridad ha desazonado el contento de mi vida”.

El reverso de la medalla le resultó más positivo, volviendo a los libros y la poesía. Sin embargo, el año de la aparición de sus “Rimas” (1871), donde también incluyó “Ana Dorset”, volvió a la política, haciendo frente a Agustín Morales, que intentaba avasallar el Parlamento. Calvo, como presidente de la Cámara, era uno de los pocos hombres que le imponía respeto. Dos años después, a la muerte de Morales, realizadas las nuevas elecciones, Calvo ungió con la banda presidencial a Adolfo Ballivián, hijo del vencedor de Ingavi. Días después, fue invitado a hacerse cargo del Ministerio de Instrucción, cargo que lo volvió a ocupar en el interinato del Dr. Tomás Frías, tras el fallecimiento de Ballivián. Con Frías sostuvo la institucionalidad del gobierno a toda costa, como ocurrió la noche del 20 de marzo de 1875, en la que junto a Mariano Baptista luchó contra los insurrectos, que sitiaron e incendiaron el palacio de gobierno en La Paz. La oportuna llegada de los Colorados, que formaban parte de la guardia presidencial, pudo evitar la caída del gobierno de Frías.

Luego de que se produjo la ocupación chilena del litoral boliviano, Calvo, enfermo del corazón, con gran entereza hizo frente a la situación bélica del 79, asistiendo regularmente a las sesiones del Congreso. Al año siguiente, el día de la inauguración de las reuniones oficiales del Parlamento, luego de pronunciar su último discurso, el 16 de junio, Daniel Calvo falleció, dejando un precioso legado a su pueblo.

 

Siglo XX

El historiador, poeta y narrador beniano Ruber Carvalho Urey, en su “Manual de Historia de Bolivia” (2005), caracteriza el comienzo de este siglo como “La edad de la vergüenza”, al decir: “Es durante el periodo liberal que Bolivia pierde la mayor parte de su territorio, a causa de los tratados vergonzosos, negociados viles de quienes administraron la república como sus haciendas privadas y jamás rindieron cuenta al pueblo de semejantes actos. Tanto el Tratado de Petrópolis, como el de la paz con Chile de 1904, dejaron enormes dividendos a las familias paceñas que manejaban el gobierno y la política exterior, desde una cancillería inepta y comerciante.”

Este siglo indudablemente que se presenta tan difícil y conflictivo como el anterior, sobre todo para los poetas y escritores que se multiplicaron en su reclamo por la vigencia de los derechos humanos y la libertad de expresión, frente a gobiernos despóticos y totalitarios, especialmente en la segunda mitad. La generación del centenario de la fundación de la república fue más contemplativa que la que surgiría posteriormente, luego de la presencia del Movimiento Nacionalista Revolucionario, forjado en las trincheras de la Guerra del Chaco (1932-1935). Esa primera mitad se halla marcada con la presencia de dos de los más grandes poetas del país, alineados en un movimiento elitista, conocido con el nombre de “Modernismo”. Ambos buscaron inspiración en culturas ajenas a su medio. Es más, la mayoría de sus críticos consideraba que el Modernismo era una corriente evasionista, simbólica y parnasiana. Precisamente esos dos poetas: Ricardo Jaimes Freyre (1868-1933) y Franz Tamayo (1879-1956), siendo magistrales en el manejo de metáforas e imágenes musicales, importaron sus temas de la Europa clásica. El primero dejó dos poemarios: “Castalia Bárbara” (1899) y “Los sueños son vida” (1917), con temas animados en las leyendas nórdicas, concretamente de los países bajos, especialmente de Escandinavia; mientras Tamayo, que comenzó con sus “Odas” (1898), de orientación victoruguesca, se destacó con sus tragedias líricas: “La Prometheida” (1917) y “Scopas” (1939), inspiradas en la mitología griega. El resto de sus poemarios, aparte de “Nuevos Rubayat” (1927), inspirado en Omar Kayyám, poeta persa del siglo XII, continúa con la veta griega en sus “Scherzos” (1932), donde además es barroco y culterano, a la manera de Góngora, y sus “Epigramas griegos” (1945). Ambos poetas participaron en la política interna del país y ocuparon cargos jerárquicos, ya sea como Ministros de Estado o como representantes diplomáticos en países de Europa y América. Ambos abogaron por la reivindicación marítima y hasta lidiaron en el Parlamento, representando a bandos antagónicos.

Un hecho que cobró repercusión internacional fue el protagonizado por el Presidente Germán Busch que, la tarde del 4 de agosto de 1938, en una de las dependencias del Palacio Legislativo, agredió brutalmente al escritor Alcides Arguedas, que sangró de la ceja derecha, las fosas nasales y la boca, por haber publicado un artículo en “El Diario” de La Paz, objetando la presencia del capitán Belmonte en su gabinete, no obstante haber dado muerte a un empleado público en La Paz, la noche del 15 de julio de 1937. Arguedas veía en ese nombramiento un premio a la impunidad y prepotencia.

El M.N.R. en su afán de perpetuarse en el poder y librarse de los opositores a su gobierno, creó varios campos de concentración y casas de seguridad, donde fueron a dar no sólo los políticos de la oposición, sino también poetas y escritores, muchos de los cuales denunciaron abuso de poder. Uno de ellos, Arturo von Vacano, narrador y periodista, que tuvo que exiliarse en el Perú, nos habla de sus experiencias, en su novela “Sombra de exilio”, publicada en 1970, en La Paz. Hasta antes de la nacionalización de las minas, los magnates del estaño: Hoschschild, Patiño y Aramayo, constituyeron un superestado, a costa del esfuerzo de los mineros bolivianos. Durante la presidencia del Gnl. Enrique Peñaranda, en 1942 se produjo la masacre de Catavi, motivada por la protesta de los mineros despedidos por los empresarios mineros que justificaron tal medida pretextando un elevado costo de extracción de minerales. En esa masacre murió María Barzola, mujer minera que fue abatida a balazos, mientras marchaba portando la bandera nacional. Ese hecho inspiró innumerables poemas, provocando el exilio de sus autores; por otra parte, también hubo una crítica del silencio, oficialista, que ignoró esos hechos; sin embargo, un poemario publicado con el título de “Desátate las trenzas María Barzola” (1953), perteneciente a Walter Fernández Calvimontes (1914-1957), poeta que nació en el poblado minero de Uyuni y murió en La Paz, fue comentado por un crítico que juzgaba las obras con criterio maniqueista, con el seudónimo de Job, en el suplemento literario del diario “Presencia”, de la ciudad de La Paz. Tal comentario luego fue publicado en “La raíz y las hojas, crítica y estimación” (1956), perteneciente a Juan Quirós, de quien dice la solapa del libro: “En la vida intelectual de Bolivia ha hecho su aparición en los últimos años –cuando su ausencia se dejaba sentir de manera notoria—, un crítico literario que, con suficiente autoridad, pudiera juzgar las obras de los poetas y escritores, imparcialmente, sin ningún compromiso previo. Es el sacerdote Juan Quirós, quien después de una larga ausencia, volvió al país con el bagaje de una sólida cultura humanística”. En otra parte de la misma solapa encontramos las siguientes palabras, escritas al estilo de Job: “Formado en Seminarios, Facultades y Universidades de Chile, España e Italia, con una disciplina intelectual seria y perfectamente aprovechada, Juan Quirós estaba capacitado como el que más para esa siempre un poco ingrata labor, y así acabaron por comprenderlo todos, aun aquellos a quienes, acaso con un rigor desusado en el ambiente, ha juzgado en forma adversa, destruyendo fáciles prestigios ganado a base de graciosas concesiones o de indolencia valorativa, más que por propios méritos”. Lo que nos da qué pensar es que esa solapa aparentemente extractada de “La Nación” de Santiago de Chile, nos dice: “volvió al país con el bagaje de una sólida cultura”. ¿Volvió a Chile?

Lo cierto es que Juan Quirós era un sacerdote que ejercía la crítica con estilo satírico y mordaz. Más que un crítico era un juez implacable con las obras que no eran de su agrado. Al juzgar el poemario de Walter Fernández Calvimontes, se muestra dogmático y cerrado a los valores de la poesía social. Apenas apareció el poemario, dijo: “Aquí las trenzas de María Barzola –con todo respeto lo digo— están traídas de los cabellos”, aparte de otros juicios sarcásticos y despectivos. Desde luego que Quirós, a quien llamaban “Monseñor”, formaba parte de una élite intelectual que manejaba los destinos de la Academia Boliviana de la Lengua, de la que fue su presidente hasta el día de su muerte (5 de marzo de 1992). Había nacido en 1914. Actualmente esa academia está al mando de sus acólitos, que lo consideran el más grande crítico de Bolivia. Lo que nunca entendió Quirós es que la poesía social surge de un visión comprometida con la realidad, en este caso con la clase trabajadora; de ahí que consideraba que las metáforas que usaba Fernández Calvimontes eran frágiles, comparándolas con las de los poetas líricos, como: Oscar Cerruto, Yolanda Bedregal y Antonio Ávila Jiménez, a quienes cita como modelos, sin tomar en cuenta que pertenecen a otro ámbito de la poesía contemporánea. Además, la fuerza de la poesía social no está en la retórica, —aunque sus imágenes son sustanciales—, sino en sus temas. Ahora bien, lo que nos cabe decir es que también esa crítica era represora; inhibía y tronchaba vocaciones, como ocurrió con Saúl López Terrazas, que dirigía una Academia de Declamación, con bastante éxito. El caso es que Saúl López Terrazas tenía vocación de poeta. Había publicado su único poemario a los 18 años de edad, con el título de “Viento” (1955). Quirós lo leyó y criticó con tanta dureza –sin que se salvara ni el prologuista—, que López Terrazas nunca más escribió otros poemas, destruyendo inclusive el poemario que anunciaba en la solapa de su libro.

Veamos algunos de los juicios con que Quirós comentó el mencionado poemario:

“Es tan débil el viento que sopla por estas hojas que no es poderoso, no ya para arrebatar a alguien, sino ni siquiera para arrebatar dichas hojas”. Luego dice: “Un viento muy prosaico, además. Y éste, en el libro, abunda muchísimo, con sus rachas de mal gusto, de ripios y de imperfecciones gramaticales”. Concluye sus juicios, con: “Si el soplo de este VIENTO, llevado por otros vientos, verbi gratia de la propaganda, llega al exterior, ¿qué dirán de nuestra poesía, qué pensarán de nuestros poetas? Luego cita frases del prologuista que elogiaba la sutileza de algunas imágenes del joven poeta, burlándose, para concluir con: “El defecto de algunos prólogos: alabar, alabar, alabar una obra cuando no es digna de alabanza y hasta podría serlo de vituperio”. Y es lo que hacía Quirós: Vituperaba lo que no entendía y, de hecho, así lo hizo con los poetas del romanticismo boliviano, al decir en su “Índice de la Poesía Boliviana Contemporánea” (1964): “¿Cómo eran los portaliras que en los primeros cinco lustros de la república compusieron sus versos? Eran rematadamente malos.” Usó el mismo tono despectivo con los narradores del boom latinoamericano, condenando a sus modelos, especialmente a Joyce, Faulkner y Kafka, cuya obra jamás entendió.

Los gobiernos de facto militares, como los de: René Barrientos Ortuño (1964-1965) (1966-1969), Alfredo Ovando Candia (1969-1970), Hugo Banzer Suárez (1971-1978) y Luis García Meza (1980-1981), fueron sangrientos y represores, no sólo con los sindicalistas, especialmente con los que representaban a los mineros, fabriles y campesinos, sino también con los poetas, ensayistas y narradores, que condenaron su prepotencia. Durante el segundo gobierno de Barrientos se dio el brote guerrillero de Ñancahuazú, con la presencia del Che Guevara y, con Ovando Candia, las guerrillas de Teoponte. Innumerables obras, en verso y prosa, se inspiraron en esos hechos históricos. Con Barrientos, que masacró a los mineros la noche de San Juan, a fines de junio de 1967, a raíz de haber desmantelado la COMIBOL, cedido en concesión la mina Matilde a un consorcio norteamericano, prohibiendo las huelgas, a pesar de haber rebajado los salarios de los mineros. Esa masacre, que sorprendió a los mineros en medio de su fogata de San Juan, en la mina de “Siglo XX”, fue cantada por una serie de poetas, entre ellos Jorge Calvimontes (1932-2013), con su notable “Llanto en San Juan” (1967); posteriormente escribió “Las manos del Che” (1969), condenado el asesinato del comandante Ernesto Che Guevara. El golpe de Banzer (1971) hizo que Calvimontes saliera del país, exiliándose en México. Años después murió en un hospital de New Jersey (EE.UU.), el 20 de diciembre del 2013. Trabajaba en la UNAM, de México.

Durante el gobierno de facto de Hugo Banzer, Víctor Montoya (1958) salió con dirección a Estocolmo (Suecia), en calidad de exiliado, sacado directamente de prisión por Amnistía Internacional, en 1977. Montoya era bastante conocido por sus relatos mineros, que posteriormente fueron reunidos en volumen, con el título de “Cuentos violentos” (1991), culminando con “Cuentos en el exilio” (2008). Actualmente reside en la ciudad de La Paz, donde nació. El exilio de Renato Prada Oropeza (1937-2011) se dio a raíz de haber ganado el Premio Casa de las Américas de Cuba, con su novela “Los fundadores del Alba”, en 1969; novela inspirada en las guerrillas de Ñancahuazú, también fue distinguida por el Premio Nacional de Novela “Erich Guttentag”, ese mismo año. Prada había estudiado Filosofía en la Universidad de Roma y luego se había doctorado en Lingüística, en la Universidad de Lovaina. Cuando quiso retornar a Bolivia, el gobierno de Banzer le negó la visa de ingreso, amenazándole con la cárcel, por considerarlo escritor proguerrillero; entonces, a Prada se le abrieron las puertas de México, trabajando en la Universidad Veracruzana de Xalapa, hasta su muerte en Puebla, el 9 de septiembre del 2011. Asimismo, Banzer también apresó y torturó a Jesús Lara (1898-1980), poeta, narrador y estudioso de la literatura quechua. Quemó en la plaza principal de Cochabamba su “Guerrillero Inti” (1973), biografía del guerrillero Inti Peredo. A raíz del golpe de García Meza (1980), Lara, también fue perseguido por ese régimen, entrando en la clandestinidad; enfermo del corazón, murió por falta de auxilio, la noche del 6 de septiembre de 1980. Tenía 81 años de edad. Banzer también apresó a Néstor Taboada Terán (1929-2015), en 1972, saqueó su biblioteca e incineró varios de sus libros, especialmente sus ensayos: “Cuba paloma de vuelo popular” (1964) y “Chile con el corazón a la izquierda” (1971). Luego de estar preso por varios meses, Taboada Terán fue extraditado a la Argentina, en cuya capital publicó, en la Editorial Sudamericana, sus célebres novelas “El signo escalonado” (1975) y “Manchay Puito el amor que quiso ocultar Dios” (1977), obteniendo la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores.

 

Siglo XXI

Siglo prodigioso por la notable presencia de una pléyade de narradoras, poetas y estudiosas de la literatura boliviana. Como nunca la mujer boliviana logró distinciones internacionales con sus novelas y cuentos; una de ellas: Magela Baudoin, ganó el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez, de Colombia, dotado con cien mil dólares, con su libro “La composición de la sal” (2015); Liliana Colanzi fue distinguida con el Premio Aura Estrada, de México, por el primer capítulo de su novela que tiene por protagonista a un adolescente del Chaco boliviano; mientras Giovanna Rivero, que reside en los Estados Unidos, se destacó con su libro de cuentos “Para comerte mejor” (2015), al ser seleccionado entre los mejores libros bolivianos del 2015, junto a “Catre de fierro” (2015), novela de la escritora boliviano-inglesa Alison Spedding; “Los afectos” (2015), novela de Rodrigo Hasbún y “Una casa en llamas” (2015), libro de cuentos de Maximiliano Barrientos.

El siglo XXI es considerado como el de mayor estabilidad democrática. De hecho, un selecto grupo de catedráticos y escritores de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, dado al análisis y a la crítica de las letras bolivianas, hizo un recuento en dos volúmenes: “Novela, cuento y poesía en el periodo 1983-2009” (2011), de todo lo que se produjo en esos géneros, en el periodo indicado. El primer volumen reúne siete estudios, mientras el segundo es un catálogo de todo lo producido en ese tiempo de vida democrática. Catálogo minucioso y exhaustivo, donde deliberadamente ese grupo decidió ignorar mis novelas y cuentos, como venganza por las observaciones críticas que hice a los dos volúmenes de su “Hacia una Historia Crítica de la Literatura en Bolivia” (2002). En un artículo publicado en “Los Tiempos” señalé las notables ausencias de las que adolecía su estudio, especialmente ignoraban la obra de Fran Tamayo, en poesía; las de Néstor Taboada Terán y Edmundo Paz Soldán, en novela y cuento, además de muchos otros que no viene al caso enumerar.

Ambos volúmenes de esa “Historia Crítica” carecen de orden cronológico para el enfoque de nuestras letras. Son ensayos, que se centran caprichosamente en algunas figuras de su entorno, focalizadas en La Paz, rindiendo culto a Jaime Sáenz, en ambos volúmenes. En la introducción a los cuatro volúmenes de mi “Nueva Historia de la Literatura Boliviana”, cuya segunda edición salió con el Grupo Editorial Kipus, el año 2012, analizo puntualmente sus virtudes y defectos, sin ánimo de desmerecer su labor. Al contrario, pondero su esfuerzo. Asimismo, este grupo también seleccionó las 15 novelas fundamentales de Bolivia, publicadas el 2012 por el Ministerio de Culturas del Estado Plurinacional de Bolivia. El caso es que no admitiendo otras obras, como “Los fundadores del alba” (1969) de Renato Prada, que fue la primera novela boliviana galardonada con el Premio Casa de las Américas de Cuba, en 1969. Simplemente la rechazaron con el argumento de por qué se había ido el autor del país; tampoco admitieron “Manchay Puito” de Néstor Taboada Terán, novela en base a la cual el músico Alberto Villalpando compuso una ópera moderna; igualmente dejaron fuera obras del oriente boliviano, como “La Virgen de las siete calles”, de Alfredo Flores, y “Sequía”, de Luciano Durán Boger.

Finalmente, a pesar de vivir en democracia, todavía subsiste un aire represivo en el país; por ejemplo, Collana, la casa de hacienda donde Franz Tamayo escribió gran parte de sus obras, fue ocupada por milicias campesinas, afines al MAS. Esa casa debería haber sido conservada como museo del escritor, constituyéndose en patrimonio cultural de Bolivia; por otra parte, Juan Claudio Lechín, que ganó el Premio Nacional de Novela con “La gula del picaflor”, el 2003, fue amenazado y obligado a salir del país, por los “Ponchos rojos”, por no seguir la ideología de su padre, el célebre sindicalista Juan Lechín Oquendo, que estuvo a la cabeza de la Central Obrera Boliviana, durante muchos años. Para concluir, un caso de censura suigéneris se presentó con el médico y escritor Gastón Cornejo Bascopé -presidente de la Unión Nacional de Poetas y Escritores de Bolivia, filial Cochabamba; exsenador del Estado Plurinacional de Bolivia, y también presidente de la Sociedad de Geografía e Historia de Cochabamba-, como colaborador adhonoren de la página editorial del diario “Opinión”, desde cuando ese matutino era dirigido por Edwin Tapia Frontanilla y Federico Sabat Lara; sin embargo, la nueva directora, Amparo Canedo, sin ninguna explicación canceló su espacio; es más, ni siquiera se molestó en responder su nota de reclamo, cuando -por respeto a los lectores del Dr. Cornejo, que no son pocos- lo ético habría sido pasarle una nota de agradecimiento por sus servicios, explicándole por qué ya no daba cabida a sus artículos que, dicho sea de paso, eran de carácter cívico y moralizador.

 

Picture of Adolfo Cáceres Romero

Adolfo Cáceres Romero

Adolfo Cáceres Romero nació en Oruro, en Bolivia, en 1937. Estudió en la Universidad Normal Católica Boliviana, y trabajó como profesor de literatura y gramática española.
Ha publicado las novelas: La Mansión de los Elegidos (1967), Las Víctimas (1978), Nueva historia de la Literatura Boliviana (1980), La hora de los Ángeles (1981), Manual Práctico de Redacción (1998), Poesía Quechua del tawantinsuyu (2000), Entre Ángeles y Golpes (2001), La Saga del Esclavo (2006), Octubre Negro (2007) y El Charanguista del Boquerón (2009).

No te lo pierdas

Recuperemos la desconfianza en el Estado | Amílcar Alcalá

Hace algunos años, el boliviano perdió la desconfianza. No me refiero a un comportamiento viciado que impide la interacción social, sino a ese filtro que aplicaban nuestros conciudadanos al escuchar un discurso político. Importaba no solo quiénes tenían palestra, una sigla política y la cobertura de los medios para representar

Leer Más >>

«Cada individuo se esfuerza siempre para encontrar la inversión más provechosa para el capital que tenga». Adam Smith

Scroll al inicio