La importancia de las sociedades abiertas | Johan Norberg

En las últimas décadas, el mundo ha progresado más rápido que nunca antes en la historia de la humanidad. Desde el año 2000, el hambre en el planeta se ha reducido en un tercio, la mortalidad infantil a la mitad y la pobreza extrema se ha reducido un 70 por ciento. La razón es que la humanidad ha tenido mayor libertad para explorar nuevas ideas e investigaciones, experimentar con nuevas tecnologías y modelos de negocios e intercambiar, por supuesto, los resultados de todo aquel desarrollo.

Sin embargo, existen poderosos grupos de populistas y autoritarios, tanto de la izquierda como de la derecha, que insisten en que el mundo se cae a pedazos y que necesitamos hombres fuertes y gobiernos grandes para tomar el control de los mercados y ponerle un alto a la globalización.

Si hemos logrado llevar a cabo un progreso tan asombroso, ¿por qué siempre nos sentimos amenazados y queremos arruinar todo lo que hemos logrado? La respuesta está en nuestra doble naturaleza. Estamos abiertos y estamos cerrados. Somos comerciantes, con interés en buscar nuevas soluciones y dispuestos a cooperar en beneficio mutuo, pero también somos tribalistas, rápidos a la hora de dividir el mundo, y trazamos los cambios como si fueran amenazas.

Comencemos con el primero de todos, el primer comerciante dentro de toda nuestra especie. ¿Cómo llegó el Homo sapiens a conquistar el planeta? Para encontrar una respuesta simplemente mírate en el espejo. Allí notarás el blanco de tus ojos —la esclerótica, rodeando la córnea oscura—. No parece muy extraño para ti, pero en verdad lo es. Nuestros primos los simios y otros mamíferos tienen los ojos oscuros, y así ocultan su mirada a los demás. Si notan algo interesante, quieren ocultar que tienen ese interés para que ninguno de sus amigos lo vea, y robar el sabroso bocado.

Los humanos somos diferentes. Vinimos a habitar el nicho del área que engloba la cooperación. Allí tiene sentido compartir nuestra atención, porque entonces podemos cooperar mejor, cazando las presas juntos o protegiéndonos contra un depredador, rodeándolo y tirándole piedras. Esta capacidad de cooperar marcó la diferencia, porque entonces ya no sólo mejoramos a través de la evolución genética, sino también a través de la evolución cultural. Si a alguien se le ocurría una nueva forma de hacer las cosas, podíamos imitarla rápidamente, cada uno podía especializarse en una tarea particular y luego tener las cosas en abundancia.

Puede que no seamos particularmente fuertes o rápidos comparados con otros animales, no podemos volar y somos malos nadando, no tenemos garras ni armaduras naturales, pero tenemos algo más que nos da una ventaja abrumadora: nos tenemos unos a otros.

De hecho, el comercio es tan antiguo como la humanidad. Los primeros fósiles de Homo sapiens tienen alrededor de 300.000 años. También lo son los primeros signos de comercio a larga distancia, descubiertos recientemente. Olorgesailie, la ahora seca cuenca de un antiguo lago en Kenia, está repleta de herramientas cuidadosamente formadas y especializadas de 300.000 años de antigüedad, como puntas de lanza, raspadores y punzones que están hechos de obsidiana.

La obsidiana es muy valorada por los arqueólogos e historiadores porque sólo se produce en unos pocos sitios volcánicos. Ninguno de estos sitios está cerca de Olorgesailie. De hecho, la obsidiana probablemente vino de fuentes de hasta 88 kilómetros de distancia, si pensamos en los atajos que puede haber entre las montañas. Los investigadores consideran muy poco probable que los habitantes de Olorgesailie se desplazaran hasta allí, por lo que asumen, en cambio, que formaban parte de redes de comercio a larga distancia, intercambiando otros bienes y recursos por la obsidiana que deseaban.

Los seres humanos somos comerciantes por naturaleza. Constantemente intercambiamos conocimientos, favores y bienes con los demás, para poder lograr más de lo que haríamos si sólo nos limitáramos a nuestros propios talentos o experiencias. Y cuanto más grande sea la población, mayor será la posibilidad de que uno de ellos descubra una mejor manera de hacer las cosas y que muchas más personas puedan beneficiarse de ello.

Por este motivo, el progreso está relacionado con el número de personas que están conectadas y tienen un buen grado de libertad para innovar e imitar a los exitosos. El repentino desarrollo de la fabricación de herramientas sofisticadas, el arte y la cultura en el oeste de Eurasia hace unos 45.000 años puede explicarse por la densidad poblacional. Por fin esta región tenía suficientes personas lo suficientemente cercanas entre sí como para pasar habilidades y conocimientos entre los grupos.

De hecho, un comportamiento humano «moderno» similar apareció en otros continentes cuando la densidad poblacional era parecida. Por ende, no son nuestros genes los que nos hacen especiales y exitosos, sino nuestra proximidad a más genes de otras personas.

Ha habido muchas épocas doradas en la historia y aunque muchos lo han intentado demostrar, no se deben a ciertas etnias o religiones particulares. Han aparecido en todo tipo de culturas, en la Roma pagana, el califato abasí musulmán, la China de Confucio, el Renacimiento católico de Italia y la república neerlandesa calvinista. En cambio, el elemento común es que estaban relativamente abiertos a nuevas ideas, personas y tecnologías independientemente de su procedencia.

La apertura se presenta a menudo como algo cálido y confuso, como una especie de generosidad. En realidad, es un interés personal a largo plazo. Se trata de no limitarse a los recursos que están a mano.

Incluso los imperios más brutales sólo podían sobrevivir porque estaban con la mira en el exterior. El pensador francés Montesquieu explicó el duradero Imperio romano a partir de la apertura del mismo:

La principal razón por la que los romanos se convirtieron en amos del mundo fue que, habiendo luchado sucesivamente contra todos los pueblos, siempre abandonaron sus propias prácticas tan pronto como encontraban otras mejores.

Esto se aplica incluso a un vicioso señor de la guerra como Gengis Khan, quien impuso el comercio a larga distancia, la libertad religiosa y la meritocracia dentro de su Imperio mongol. Al escribir sobre los mongoles, el historiador Jack Weatherford señala que:

Debido a que no tenían un sistema propio para imponer a sus súbditos, estaban dispuestos a adoptar y combinar sistemas de todas partes.

Cuando las mentes abiertas y el intercambio abierto se unen durante un período sostenido de tiempo y se protegen a través de la democracia liberal y el Estado de derecho, el resultado es una acumulación de conocimientos que facilita nuevos descubrimientos e innovaciones que hacen posibles nuevas maneras de vivir mejor. Si este círculo con resultados positivos no es interrumpido por las autoridades o los desastres, el resultado es un salto cuántico en la tecnología y el nivel de vida.

Esto es lo que sucedió después de la Ilustración y la Revolución Industrial. Comenzaron en Europa no porque el continente tuviera gobernantes más sabios, sino porque estos gobernantes tenían menos control, porque Europa estaba más fragmentada, por accidente geográfico y por conflictos entre Iglesias y cortes. Al igual que los gobernantes de otros continentes, los gobernantes de Europa se sentían amenazados por las innovaciones y descubrimientos, pero en Europa los innovadores y librepensadores podían a menudo huir a un país vecino, a una ciudad independiente o a otra universidad.

Hobbes escribió el Leviatán mientras estaba exiliado en París, Locke escribió sus principales obras como refugiado en Áms-ter-dam. El pensador de derecho natural, neerlandés, Hugo Grocio, escapó de los Países Bajos a París para poder escribir en libertad. El filósofo francés Descartes se movió en la dirección opuesta y por la misma razón. Voltaire se instaló en Ferney en 1758, justo al lado de la frontera suiza para facilitar una fuga fácil si enfurecía a las autoridades francesas, pero a las afueras de Ginebra para evitar una prohibición calvinista de las representaciones teatrales.

Y los pioneros de nuevos modelos de negocios y máquinas hicieron lo mismo, y estos innovadores enriquecieron los lugares a los que llegaban, así que incluso los príncipes y reyes autoritarios aprendieron que tenían que relajar algo su autoridad para no perder en la competencia.

El resultado fue lo que la economista e historiadora Deirdre N. McCloskey llama el «Gran Enriquecimiento». Entre 1820 y 2020, los ingresos medios de los países más avanzados aumentaron alrededor de un 3.000 por ciento. A nivel mundial, la esperanza de vida aumentó de treinta a setenta y dos años. La pobreza extrema se redujo de casi el 90 por ciento al 9 por ciento actual.

Los seres humanos somos comerciantes por naturaleza. Constantemente intercambiamos conocimientos, favores y bienes con los demás, para poder lograr más de lo que haríamos si sólo nos limitáramos a nuestros propios talentos o experiencias.

El comerciante dentro de nosotros ha triunfado y ésa es la buena noticia. Sin embargo, también hay algunas malas noticias —y el ejemplo de Genghis Khan lo demostró: desarrollamos esta maravillosa habilidad para cooperar armoniosamente y también lo hicimos a la hora de robar y matar—. Cuando los humanos aprendieron a rodear a los depredadores de la sabana y a matarlos con piedras, la humanidad subió rápidamente a la cima de la cadena alimentaria. Nadie podía volver a amenazarnos, excepto otros grupos que cooperaban aún mejor.

Nuestros primeros ancestros vivieron en un mundo peligroso, siempre con una supervivencia amenazada por otros grupos. Aunque también se reunían, se asociaban y comerciaban con otros grupos, tenían que sospechar constantemente. Cualquier señal de que un extraño tenía malas intenciones tenía que anular cualquier otro interés con ellos.

Y como la cooperación dentro del grupo es costosa a corto plazo para obtener un mayor beneficio eventualmente, nuestros antepasados tuvieron que sospechar de cualquiera que no colaborara ni ayudara pero que quisiera compartir las ganancias.

Estos dos hechos fundamentales hicieron que fuera increíblemente urgente para los humanos separarnos a nosotros — los cooperadores que confiamos— de ellos, los free riders o asaltantes a los que tenemos que derrotar.

Históricamente, este instinto tribal funcionó como una alarma de fuego. Las alarmas de incendio están diseñadas para ser hipersensibles, ya que es mejor tener un par de falsas alarmas que morir en un incendio del que no nos dimos cuenta que estaba sucediendo. Por lo tanto, somos hipersensibles a los extraños. Si hay una señal que nos dice que alguien pertenece a otro grupo o que no nos es leal, nuestras alarmas colectivas saltan, especialmente cuando estamos asustados.

Los experimentos de determinados psicólogos revelan que podemos ser leales a determinados grupos de manera casi instantánea. En un estudio, a los estudiantes se les mostraron pinturas de Wassily Kandinsky y Paul Klee, se les pidió que expresaran sus preferencias y luego se les dividió en grupos basados en aquellas preferencias. Cuando se le pidió a un «estudiante Kandinsky» que eligiera a algún extraño de todo el grupo, éste prefirió a otros «Kandinskys» antes que los «Klees», aunque nunca los había conocido y nunca los volvería a ver.

Pero no era sólo una especie de egoísmo grupal basado en similitudes de tribu. Los estudiantes querían crear la mayor diferencia posible entre los miembros de los dos grupos, distinguirse. Los sujetos no querían maximizar la ganancia del grupo interno, sino vencer al grupo externo tanto como fuera posible. Y en realidad encontramos el mismo resultado incluso si ideamos grupos donde los miembros eran conscientes de que la agrupación era completamente aleatoria.

El simple hecho de pensar en nosotros mismos como miembros de un grupo activa algo dentro nuestro que quiere que «nosotros» les ganemos a «ellos». Y eso tiene mucho sentido si se considera que nuestro tribalismo evolucionó durante un período peligroso, cuando vencer al grupo externo era más importante para nuestra supervivencia.

Esta tendencia se conoce a veces como «la elección de Vladímir», una historia proveniente de Europa del Este. Dios se presenta ante Vladímir, un pobre campesino, y le dice que le concederá un deseo. Antes de que Vladímir elija, Dios agrega una advertencia: «Todo lo que te dé se lo concederé a tu vecino Iván, dos veces». Vladímir frunce el ceño, contempla, y de repente se ilumina mientras prepara su plan perfecto: «Bien, quítame un ojo».

Por eso esta tendencia es también la más fuerte cuando nos sentimos amenazados. Entonces sentimos la necesidad de mezclarnos con nuestro grupo y obtener la protección de nuestro líder tribal. De hecho, sólo con ver una película de terror la gente expresa actitudes más conformistas y colectivistas después. Cuando los experimentadores inducen el disgusto en las personas de prueba, por ejemplo mostrándoles fotos inquietantes, expresan actitudes más conservadoras socialmente en cuanto a la inmigración, los roles de género y los derechos de los homosexuales y, al mismo tiempo, más puntos de vista de izquierda en lo económico, más hostilidad hacia los mercados libres y más demanda de redistribución.

Históricamente, las sociedades han abandonado a menudo su apertura en tiempos de problemas, ya sea por depresiones económicas, desastres naturales o pandemias. A menudo se de-sen-ca-de-na una especie de instinto social de lucha que hace que queramos buscar pelea contra los chivos expiatorios y otros países o simplemente escondernos detrás de una roca, un muro o una barrera arancelaria.

Tal vez no sea extraño que estemos viendo tal reacción ahora, después de la crisis financiera mundial, las tensiones geopolíticas, la pandemia y un mundo de medios de comunicación social en el que transmitimos instantáneamente las peores noticias que oímos.

Así es como la mayoría de las civilizaciones abiertas se derrumbaron. Perdieron la confianza en sí mismos y comenzaron a temer al mundo, así que, al igual que Vladímir en la historia, preferían quitarse un ojo —a través de conflictos, guerras comerciales o guerras con enfrentamientos— con la esperanza de que la tribu vecina perdiera los dos.

No actuamos así individualmente, por supuesto, por lo que la elección de Vladímir parece algo trágica o ridícula. Pero sí lo hacemos de manera colectiva cuando enmarcamos las situaciones en términos de grupos rivales y enfrentados —ricos y pobres, jóvenes y ancianos, católicos y protestantes, nativos e inmigrantes

—. Esto desencadena el tribalismo interior. Entonces, de repente, preferimos la máxima diferencia en vez del máximo beneficio.

Por eso es erróneo el viejo cliché de que podemos ser malos y despiadados de manera individual, pero alcanzar algún tipo de armonía iluminada de manera colectiva a través del voto.

Como individuos tratamos de maximizar las oportunidades y encontrar maneras de crear beneficios mutuos con los extraños, pero cuando actuamos como tribu o en partidos, estamos más interesados en «vencerlos» y obtener la victoria.

Y ésa es una buena razón para dejar tantas decisiones como sea posible a los individuos en lugar de a los gobiernos.

La apertura ha sido la mayor ventaja de la humanidad, y seguirá proporcionándonos nuevas fuentes de riqueza y tecnología, si es que lo permitimos, incluyendo la solución al cambio climático y la curación de enfermedades. El único problema es que nuestros cerebros de la Edad de Piedra se sienten como si nos dejaran peligrosamente expuestos ante los foráneos.

Piénsalo. Si los últimos 300.000 años de Homo sapiens se condensaran en un día de veinticuatro horas, los doscientos años en los que casi todo ha sucedido serían el último minuto de ese día. El mejor minuto de la historia. Éste es el asombroso minuto del que proceden nuestra seguridad, salud, riqueza y tecnología. Pero estos sesenta segundos no son, sin embargo, de donde provienen nuestros cerebros y nuestros instintos y actitudes. Éstos surgieron durante los 86.400 segundos anteriores. Y, por supuesto, nuestra prehistoria es mucho, pero mucho más larga que eso.

La apertura ha permitido un tipo de vida que a veces es difícil de comprender. A pesar de que siempre comerciamos, en cierta medida, incluso con personas de fuera, durante aproximadamente el 99,9 por ciento de la existencia de nuestra especie, los seres humanos individuales no experimentaron un progreso a gran escala, innovaciones y crecimiento económico que pudiera hacer crecer a la mayoría de todos los grupos que habitaban nuestro planeta al mismo tiempo de manera simultánea. En la mayoría de los casos era un juego de suma cero entre tribus: la ganancia de alguien era la pérdida de otro. Más para ti significaba menos para mí. Si nuestras mentes se desarrollaron en tales circunstancias, no es de extrañar que nuestras mentes actuales estén adaptadas a ese tipo de razonamiento.

Así que si alguien es rico hoy en día, nos volvemos desconfiados y suspicaces, y pensamos que nos lo quitaron a nosotros o a alguien más. Cuando los extranjeros u otras naciones tienen éxito, asumimos que de alguna manera nos han engañado a través de relaciones comerciales distorsionadas. Sólo se siente como si el 1 por ciento, la élite, los inmigrantes o los exportadores extranjeros fueran los únicos que se benefician. Y este mensaje es fácil de explotar por parte de los demagogos. No importa que ahora tengamos un crecimiento económico que haga posible que casi todos estemos mejor. Además, el libre comercio implica que no hay acuerdos a menos que ambas partes piensen que se benefician.

Y lo mismo ocurre con la innovación. ¿Por qué hay tanta gente instintivamente hostil hacia, por ejemplo, los cultivos genéticamente modificados o la biotecnología, aunque estas tecnologías pueden mejorar la vida de una manera inconmensurable? Bueno, una razón es que las innovaciones siempre son arriesgadas y la mayoría de las veces fracasan. Si las tierras tribales apenas te alimentan, alguien que inventa una forma diferente de usar las semillas y quiere rotar los cultivos de una forma desconocida podría tener éxito y luego alimentarte mejor, pero ¿por qué correr ese riesgo si el fracaso equivale a morirse de hambre?

Los ataques a la apertura están obligados a aparecer regularmente, siempre lo hicieron y siempre lo harán, porque todos tenemos un «tribalista» dentro, adaptado a una peligrosa idea de juego de suma cero. Así que no es un misterio que pensemos que cada problema es una banda de asalto que debe ser derrotada, pero esto es notablemente contraproducente en un mundo complejo con problemas complejos. No podemos vencer problemas como los virus, la disminución de la productividad o el envejecimiento de la población desde la sumisión. Por ende, la única salida es una mayor apertura que nos permitirá hacer uso de los conocimientos de otras personas y cooperar en la búsqueda de nuevas soluciones.

Pero no perdamos las esperanzas. Tenemos un montón de cableado psicológico previo, pero tenerlo no es lo mismo que estar programado o enchufado. Hay tendencias que nos empujan hacia cierta dirección, y si no reflexionamos podemos caer en ellas, pero podemos decidir tomar medidas para ir en contra de aquellas tendencias. Nuestras predisposiciones psicológicas no pueden ser eliminadas, pero pueden ser anuladas conscientemente.

Tenemos otras predisposiciones que no siempre son útiles en el mundo moderno. Así como la evolución nos hizo temer a los extraños, nos hizo anhelar alimentos ricos en energía. Y así como el miedo a los extraños se vuelve problemático, también es malo para nuestra salud tener hambre y picotear comida constantemente en un mundo en el que la comida está en todas partes. Eso no significa que estemos programados para comérnoslo todo. Podemos aprender sobre nutrición y salud, podemos adaptar los principios de cuándo, qué y cuánto comer, y podemos hacer algo de ejercicio.

De la misma manera, podemos recordarnos a nosotros mismos las razones por las que las tentaciones tribales vienen predeterminadas, y lo inaplicables que son, además, en la vida moderna. Podemos aprender sobre nuestro tribalismo, podemos entenderlo, y podemos cuestionar nuestros prejuicios, siempre y cuando nuestro yo reflexivo no se vea ahogado por los gritos de los demagogos, sus aduladores y sus camaradas.

Podemos estudiar la historia y aprender que los buenos viejos tiempos no existen, y cómo la apertura, y no los líderes autoritarios, ha creado el progreso humano. Podemos estudiar economía y aprender que la producción y el comercio no son un juego de suma cero. Y podemos aprender sobre nuestras psicologías predeterminadas que nos tientan a pasar por alto todos estos hechos. Podemos elegir aplicar nuestros conocimientos para crear instituciones que hagan posibles los resultados de suma positiva, y podemos informarnos sobre cómo las civilizaciones anteriores cayeron en el olvido porque la gente no hizo eso.

La gran y antigua batalla entre lo abierto y lo cerrado continúa, y ahora podemos jugar un papel en informar a la gente sobre estos importantes conocimientos. Las instituciones liberales que garantizan la libertad y desencadenan el progreso están siendo atacadas de nuevo, aquellas instituciones por las que generaciones anteriores lucharon y a menudo sufrieron para poder verlas realizadas. Ahora nos toca a nosotros defenderlas, asegurarlas para las generaciones futuras y darles la oportunidad de ir a la batalla a ellos mismos.

Y debemos hacerlo una y otra vez, porque como nos ha advertido Mario Vargas Llosa, nunca podremos ganar definitivamente la batalla contra la tribu, pero podríamos perderla.

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Johan Norberg

Johan Norberg es ensayista económico sueco y activo conferenciante internacional, colabora habitualmente con medios globales y escribe una columna en el periódico Metro. Sus trabajos tratan sobre el emprendimiento, la libertad, la economía y la globalización. Es miembro del Consejo de la Sociedad Mont Pelerin de Suiza, experto del Cato Institute de Washington y Senior Fellow del European Centre for International Political Economy de Bruselas.

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