La familia liberal: la función, y no la forma, es lo que importa | Irune Ariño

Para Malinowski, Lévi-Strauss, Murdock, Spencer o Durkheim, la familia es una institución humana universal que se da en todas las sociedades, 1 caracterizada por la residencia común, la cooperación y la reproducción:

La familia, constituida por una unión más o menos duradera y socialmente aprobada de un hombre, una mujer y los hijos(as) de ambos, es un fenómeno universal que se halla presente en todos y cada uno de los tipos de sociedad […]. Y añadiría que este grupo social estaría formado por las características siguientes: 1) el matrimonio como institución fundacional; 2) el marido, la esposa y los hijos nacidos del matrimonio, y en algunas ocasiones otros parientes cercanos, y 3) la unión de los miembros de la familia por: a) lazos legales; b) derechos y obligaciones económicas, religiosas y de otro tipo, y c) una red precisa de derechos y prohibiciones sexuales, más una cantidad variable y diversificada de sentimientos psicológicos tales como amor, afecto, respeto, temor, etc. 2

Definiciones como ésta son incompletas y, a la luz de las transformaciones de la familia moderna, se han quedado desactualizadas. Por ese motivo, en este ensayo vamos a defender una conceptualización más amplia a partir de sus características y funciones generales como institución social y no de su forma o de una serie de características contingentes.


La familia como institución social espontánea y evolutiva
La familia es una institución social espontánea y evolutiva. Las instituciones sociales se dedican a resolver problemas, y en el caso de la familia, uno doble. Por un lado, el cuidado físico de los bebés indefensos y, por el otro, el cuidado físico (y mental) continuo y la socialización de los niños en su proceso de maduración hasta alcanzar la etapa adulta. 3 También desempeña funciones económicas y políticas cruciales, como la proporción de recursos a través de actividades productivas, de un «seguro» y una serie de cuidados para los adultos durante la vejez, o de una estructura de normas y jerarquía entre éstas para resolver conflictos. 4 Es decir, la proporción de un contexto social para la adquisición de habilidades sociocompetitivas que faciliten la competición con otras coaliciones para acceder y controlar recursos esenciales. 5 Es un agente civilizador y el entorno en el que primero y, generalmente durante más tiempo, socializan los niños, se desarrollan y aprenden a vivir en sociedad. En ese sentido, la familia es una forma de comportamiento colectivo de autocontrol. Las limitaciones que impone la familia, a través de las normas informales interiorizadas por sus miembros, hacen que nuestro comportamiento sea más predecible para los demás y aumentan nuestras posibilidades de coordinación.
La familia es un producto evolutivo e involuntario 6 de esfuerzos humanos encaminados a la obtención de objetivos esencialmente individuales, 7 contrariamente a la creencia común de que todo lo que responde a un orden debe de haber sido diseñado. 8 Es el resultado de un proceso de prueba y error en el que el conocimiento no se encuentra concentrado o integrado, sino fragmentado y disperso en el «conocimiento incompleto y frecuentemente contradictorio que poseen todos los individuos». 9
La función que la familia desarrolla es irremplazable y ninguna otra institución (la escuela, la comunidad extensa o el Estado) puede realizarla de la misma forma. Sin la existencia de la familia, las sociedades no se habrían desarrollado y habrían sobrevivido de forma autosuficiente. Tiene los incentivos y un mayor conocimiento, por término medio, para hacerse responsable del cuidado de los hijos. Eso no quiere decir que deba mantener su estructura intacta a lo largo de la historia, y de hecho, no ha sido así. En efecto, las instituciones sociales tienen que ser lo suficientemente flexibles no sólo en su función, sino en sus formas, para adaptarse a las nuevas situaciones, pero también deben mantener la coherencia suficiente para servir de guía. A medida que surgen nuevas funciones, las nuevas formas familiares pueden ser más capaces de adaptarse que las actuales o las pasadas.
Es quizá la institución social más antigua y pese a que su origen es anterior a la formación del Estado, ha sido sobrecodificada (en términos deleuzianos) por el mismo, cuestión que trataré más adelante.

De la familia «primitiva» a la familia moderna
Algunos autores han identificado algunos aspectos importantes de la familia premoderna. Antes de que se inventara la agricultura y la vida sedentaria en ciudades, las sociedades se organizaban alrededor de clanes que estaban formados por parientes. El parentesco era lo que mantenía unidas las aldeas, de forma que éstas se escindían cuando su población crecía y sus habitantes cada vez estaban menos emparentados. Dado que en las sociedades tradicionales (primitivas y campesinas) no experimentaron cambios acumulativos en las técnicas utilizadas para sus actividades productivas, la supervivencia, crecimiento y caída de las familias se debía a la desigual incidencia de cuestiones que no podían controlar, como las plagas o el clima. La economía y la vida social tendía a ser estática y estacionaria. La familia (o el grupo de parentesco) protegía a sus miembros frente a la incertidumbre y la ignorancia. Las personas mayores eran estimadas porque poseían conocimientos especialmente valiosos para los más jóvenes. Ese conocimiento era transmitido a las generaciones más jóvenes a través de la cultura heredada por los descendientes. 10
El «nombre» de la familia era muy importante para su reputación, pues se usaba como «marca comercial» y asociación de poder. Por ese motivo, en la familia tradicional sus integrantes monitoreaban el comportamiento del resto de los integrantes. En estas circunstancias, el matrimonio por amor prácticamente era inexistente y se producía más bien como la unión entre dos grupos de parentesco. La propiedad era únicamente familiar, y sus miembros tenían tan sólo un derecho de «usufructo». Este tipo de familia tenía un carácter marcadamente autoritario y controlador, y la privacidad de sus miembros era escasa.
Sin embargo, la modernidad trajo una serie de cambios (el desarrollo de la imprenta, la Reforma protestante, el Renacimiento o la revolución científica) que transformaron a las sociedades agrícolas preindustriales en sociedades urbanas industrializadas. Esta transformación tuvo un impacto importante en la familia. En las sociedades modernas, el conocimiento de los mayores se hizo menos útil. Las escuelas «suplantaron» esa función de transmisión de conocimiento. El sistema legal «suplantó» la función correctiva a través de la penalización de las conductas «perseguidas» por la sociedad. Y los individuos empezaron a «asegurar» su futuro gracias al surgimiento de intermediarios financieros (al margen de la familia). 11
La familia moderna se caracterizó por una serie de aspectos que le ofrecieron una ventaja competitiva y aseguraron la adaptación y supervivencia de sus miembros: el heterocentrismo, que aseguraba la reproducción, 12 y por lo tanto el mantenimiento de un ingreso constante para toda la familia durante las siguientes generaciones (cuantos más hijos, más posibilidades de que éstos llegasen a la edad necesaria para ponerse a trabajar y aportar un ingreso para la familia). La monogamia, 13 que aseguraba la atribución de la paternidad (la maternidad estaba clara) 14 y, por lo tanto, que el hombre no estaba invirtiendo en los genes de otro hombre, asegura la continuidad del patrimonio familiar. Y, finalmente, la división sexual del trabajo.

Es quizá la institución social más antigua y pese a que su origen es anterior a la formación del Estado

El capitalismo y el advenimiento de la familia contemporánea

Durante las décadas de los años sesenta y setenta del siglo pasado, se produjo un fenómeno contracultural subversivo iniciado en Estados Unidos y el Reino Unido, y posteriormente extendido al resto de Europa occidental. 15 Éste amplió las tensiones sociales que habían caracterizado a las luchas del movimiento obrero a otros campos, los olvidados por las dinámicas imperantes o los grupos subalternos, como les llamaría Gramsci. Es la época de la liberación sexual, de la lucha por la ampliación de los derechos de las mujeres y el surgimiento del movimiento hippy. Comenzando por la despenalización del aborto, la legalización del divorcio, de la píldora anticonceptiva, seguida por el aumento de la monoparentalidad o la cohabitación, la creciente aceptación cultural de la homosexualidad, 16 que culminó en el proceso continuo de aprobación del matrimonio igualitario, se produce una ruptura del predominio absoluto del modelo de familia moderna.

Esta ruptura se materializa de varias formas. Una de ellas es el incremento de separaciones y divorcios. También por la limitación del número de hijos y una mayor cantidad de éstos fuera del matrimonio. Por el surgimiento de nuevas estructuras familiares: monoparental, reconstituida, homoparental… Y, por último, por una mayor participación de la mujer en el mercado laboral y un mayor acceso a la educación, sobre todo a la educación superior.

Esas transformaciones no fueron una consecuencia de un acervo cultural que reivindicaba el derecho a afirmar la diferencia, 17 sino también gracias al bienestar que había proporcionado el desarrollo del capitalismo. El capitalismo posibilitó una acumulación de riqueza suficiente para que el matrimonio pasase de estar basado en la necesidad a basarse, en la mayoría de las ocasiones, en el amor.

En el caso de las mujeres, esas «otras» sujetas al poder del varón (en la forma del padre, el marido o el hermano), jugó un papel muy importante la legalización del divorcio y de la píldora anticonceptiva, así como su entrada en el mercado laboral. La legalización del divorcio le ha permitido desligarse de los matrimonios infelices en los que incluso, en algunos casos, su vida podía llegar a correr peligro. La introducción de la píldora anticonceptiva le ha permitido tener un mayor control sobre su capacidad reproductiva. Y el acceso masivo al mercado laboral, que tuvo lugar tras la Segunda Guerra Mundial, le ha otorgado una independencia económica que le ha posibilitado sobrevivir fuera del matrimonio heterosexual.

Los aspectos anteriormente mencionados no sólo tuvieron un impacto en el rol de la mujer. También contribuyeron al surgimiento de familias homoparentales. Los homosexuales, esos «otros» que se habían visto obligados a «vivir sin familia» puesto que no podían hacer realidad la complementariedad conyugal, no sólo como condición necesaria para realizar el hecho biológico fundacional de la familia moderna, sino como única fórmula aceptada para garantizar el correcto desarrollo de los menores, también se sumaron a las luchas de los años sesenta. De nuevo se unirían el caldo de cultivo social, el bienestar generado por el capitalismo y una serie de innovaciones, en este caso en las técnicas de reproducción, que los llevarían no sólo a formar nuevas familias, sino incluso a reclamar la legislación del matrimonio entre personas del mismo sexo, en primer lugar, y su «derecho» a la paternidad, más tarde. En palabras de Weston (1991), surgirían las familias «de elección». 18

 

La familia liberal y la crítica de la izquierda

Se ha defendido, empero, que el capitalismo es un sistema ligado y retroalimentado por el patriarcado (Hartmann, 1976; Firestone, 1976, y Eisenstein, 1999), cuya dinámica interna sería la perpetuación de las diferencias de género en el seno de la familia. Sin embargo, esas afirmaciones merecen algunas aclaraciones. En primer lugar, tal y como explicaría Steven Goldberg en The Inevitability of Patriarchy (1973) y Why Men Rule. A Theory of Male Dominance (1993), aunque el patriarcado es un fenómeno cultural, tiene profundas raíces biológicas y psicológicas que lo hacen universal. Estas raíces son manifestaciones de diferencias neuroendocrinológicas entre hombres y mujeres, por mucho que algunas corrientes del feminismo, la del feminismo de la igualdad (Simone de Beauvoir, 1949; Kate Millet, 1970, y Betty Friedan, 1974), hayan querido cuestionarlas. En palabras de Goldberg:

Las diferencias psicofisiológicas hereditarias concretas entre hombres y mujeres engendran en los varones una tendencia a la conducta dominante que se libera con mayor facilidad. Esto se observa en la población de una sociedad y se incorpora en todos los aspectos de la socialización que intervienen en lo psicofisiológico y lo institucional. Como resultado, todas las sociedades, sin excepción, exhiben el patriarcado, el logro del estatus masculino y la dominación masculina. 19

Ahora bien, que esto sea así, ni quiere decir que sea lo correcto, ni tampoco que no se pueda hacer nada al respecto. Pero entender cómo funciona el mundo es importante para no llegar a conclusiones erróneas que nos hagan tomar decisiones equivocadas. Que el patriarcado sea universal y, por lo tanto, que haya estado y esté presente en todas las sociedades del mundo, es una prueba de que existe con independencia del capitalismo. Para que una explicación sea convincente, debe invocar un factor causal común a las diversas sociedades que exhiben la institución, en este caso, el patriarcado.

Y eso no sucede con las sociedades no capitalistas en las que también existe.

Otro punto importante es el de la retroalimentación entre capitalismo y patriarcado. Si bien es cierto que el capitalismo se apoya en la división del trabajo, porque permite que cada persona se centre en aquello para lo que tiene mayor ventaja competitiva, eso ni implica una obligación ni una determinación a tomar ninguna decisión. Con la cuestión del sexo es similar. Si existe algún tipo de predisposición, que no determinación, biológica o evolutiva, o simplemente a nivel de preferencias, hacia unas tareas concretas (el cuidado de las crías, por ejemplo), es hasta cierto punto normal que esta diferenciación se vea reflejada en un sistema capitalista. Pero fue precisamente la riqueza generada por el capitalismo lo que permitió a la mujer emanciparse de la dependencia masculina. En ese sentido, el capitalismo ha sido un catalizador de las innovaciones y transformaciones económicas que han sucedido desde su surgimiento. El capitalismo es un sistema plural y flexible que prioriza las demandas del consumidor, con lo cual no es extraño que, en la medida en que las nuevas familias hayan sido eficientes y se hayan adaptado a las necesidades actuales, se hayan interiorizado como «parte del sistema».

Además, si bien podemos reconocer que el capitalismo engulle, reterritorializa las novedades (Deleuze y Guattari, 2002), eso es en parte así como consecuencia de dos cosas. La primera, como respuesta a las reivindicaciones de los grupos a los que me refería anteriormente. Las nuevas modalidades de familia surgidas a finales del siglo pasado fueron poco a poco solicitando el reconocimiento y la protección de los Estados liberales. En forma de legalización del matrimonio igualitario o del reclamo de ayudas para las familias monoparentales. De hecho, esto no ha sido una cuestión aislada de los reclamos de las personas LGBT. La mayoría de las reivindicaciones que han surgido desde esa afirmación de la diferencia (el cambio en los documentos de identidad y los registros estatales de las personas trans es otra prueba de ello), han terminado reclamando un reconocimiento legal (una cuestión ligada al importante reconocimiento social que todo individuo necesita de la comunidad), reconocimiento que sólo se puede producir a través del Estado. Y es en este punto en el que es importante mencionar la relación entre la familia y el Estado. Y la segunda, porque el capitalismo, como institución dinámica y adaptativa, centrada en la demanda de los usuarios, se adapta a todas aquellas cuestiones que son suficientemente eficientes como para dar respuesta a las demandas que se originan en cada momento. Las nuevas formas de familia son un ejemplo más de esa capacidad de adaptación. Esto no excluye que también haya habido cambios en las formas de familia que se han producido por imposición. 20

Con el surgimiento de los estados de bienestar tras la Segunda Guerra Mundial (con Bismarck en Alemania o Beveridge en el Reino Unido) como una forma de acomodar el capitalismo de libre mercado con las reivindicaciones de mayor protección social reclamadas por el movimiento obrero y los movimientos emancipatorios subsiguientes, se amplía también la intervención del Estado en la esfera privada de los individuos, generando fricciones con la familia. Cabe destacar que ésta no es la primera vez que se produce un conflicto entre las esferas privada y pública, 21 pero sí sea quizá la que más ha impactado en la transformación de la familia.

Para Donzelot, 22 la tensión y el conflicto entre la familia y el Estado en lo que respecta al cuidado, protección y desarrollo de los niños, se ha escenificado en una sucesión de disputas por la distribución de las competencias de autoridad y educación de las nuevas generaciones. Disputas que se han resuelto en el otorgamiento a la familia de la función desarrolladora de los niños y, a la vez, señalando su carácter necesariamente deficiente. La familia será responsable y culpable al mismo tiempo del pleno desarrollo de los menores. Y el carácter «necesariamente deficiente» de dicha tarea abrirá un espacio para la regulación estatal. Esta regulación estatal cada vez más creciente se ha apoyado históricamente en la protección del interés y el bienestar de la infancia, así como en la regulación de la natalidad. Una suplantación de tareas ampliamente criticada tanto desde el liberalismo como desde el conservadurismo.

El Estado ha ocupado el hueco que dejó la mujer, y que no ha querido ocupar casi nunca el hombre, al introducirse en el mercado laboral, proveyendo así de servicios de cuidado: guarderías para los más pequeños, escuelas para los niños a medida que éstos crecían, y residencias, centros de día o pensiones públicas para los mayores. Regulando la natalidad, tanto con políticas «antinatalistas» o de planificación familiar (como el fomento y subvención de métodos anticonceptivos —DIU, píldora anticonceptiva, vasectomía o ligadura de trompas—), como «pronatalistas» (como el cheque-bebé aprobado en 2007 en España). Y regulando el comportamiento de sus integrantes adultos, los padres, llegando a relevarlos de la paternidad cuando éstos actúan en contra de los intereses y el bienestar de los menores. Para algunos, estas intervenciones están justificadas, pero, para otros, han ido demasiado lejos.

Lo que es innegable es que el Estado ha erosionado todavía más la, para muchos fundamental, separación entre esfera privada y esfera pública, y de ahondar en ese deterioro, la familia podría sufrir más cambios. Como ya hemos mencionado en repetidas ocasiones, eso es lo interesante de las instituciones adaptativas. Pero desaparecer, eso es altamente improbable.

 

La familia liberal y la crítica de la derecha

Es a la luz de la configuración de la familia diversa actual en la que surge también la crítica conservadora. Apoyándose en el enfoque de protección del bienestar del menor y el fomento de la natalidad, se inicia una discusión en torno a la deseabilidad de que las nuevas generaciones sean criadas en hogares que no se organicen con base en el modelo de familia nuclear heterosexual. Una crítica no sólo dirigida hacia los modelos de familia homoparentales (Scruton, 2007; 2019), 23 sino también a la monoparentalidad o las familias reconstituidas (Del Castillo, 2019). 24 Mientras que la crítica de las familias homoparentales se enfoca en los niños, tanto en su supuesto derecho a tener un padre y una madre como en el desempeño (cuestionable) que pueden tener estas familias en la crianza de los niños, la crítica hacia otras formas de familia se centra en el sostenimiento que se ha producido en los servicios generados por la expansión de los estados de bienestar. 25 En este capítulo me voy a centrar solamente en la primera.

En primer lugar responderé a la segunda parte de la primera crítica puesto que es mucho más simple y fácil. Tras casi veinte años de la paulatina aprobación del matrimonio igualitario (Países Bajos fue el primer país) y la adopción por parejas del mismo sexo, la evidencia nos muestra que estas formas de familia pueden ser igual de eficientes que la familia nuclear heterosexual en la crianza de los niños (Rosenfeld, 2010; Manning, Neal Fettro, y Lamidi, 2014; Bos y otros, 2016; Crouch, McNair, y Waters, 2016). 26 Además, este tipo de argumentos tramposos parecen dejar de lado la posibilidad de que existan familias heterosexuales cuyas conductas perjudiciales puedan afectar negativamente a los menores: desde divorcios traumáticos hasta malos tratos. Este tipo de conductas no son características de las parejas heterosexuales y se pueden encontrar en todo tipo de individuos y parejas. Pero tampoco existe nada intrínseco a las parejas homosexuales que las haga menos válidas que las anteriores para criar a sus hijos.

Por último, y sobre la primera parte de la crítica, a saber, el derecho de los niños de tener un padre y una madre, ésta es una afirmación altamente discutible. ¿Es el hecho biológico de la reproducción, que exige la participación de un hombre y una mujer, suficiente para que se derive un derecho de los hijos a criarse con ese hombre y esa mujer concretamente? En principio pudiese parecer que sí; los niños, que han sido históricamente engendrados y cuidados por dos personas de sexo contrario, tendrían derecho a conocer a esas personas y a que éstas los cuidasen. Ahora bien, eso no está reñido con el hecho de que, cuando un niño es dado en adopción, y ya no existe posibilidad de que sean sus padres biológicos los que cuiden de él, exista derecho alguno del menor a que la pareja adoptiva tenga que ser heterosexual. Por otro lado, la aparición de las técnicas de reproducción asistida ha supuesto un cambio paulatino en la atribución de la paternidad. «Actualmente una pareja (o individuo) puede acudir a los bancos de óvulos o esperma y, a través de la inseminación artificial, la fecundación in vitro o la gestación subrogada, tener un hijo.» 27 En ese sentido, la teoría de la intención, que postula que madre (o padre) es quien desea serlo, quien tiene «voluntad procreacional», independientemente de su aportación genética (Lamm, 2013), ha venido a sustituir (o complementar) a las teorías de la contribución genética y de la preferencia de la gestante. Ésta se sustenta en la verdad formal, indicada por el vínculo socioafectivo, a diferencia de las otras dos que se sustentan en la verdad biológica. En ese sentido, de igual forma que con la adopción, no existe razón alguna para pensar que los niños tienen algún derecho, más allá del de conocer su origen, a reclamar la paternidad de un donante o de una gestante que ha renunciado a su derecho a reclamarla. Así como tampoco existiría ningún motivo para concluir que las parejas heterosexuales deban tener un derecho superior a las homosexuales a acceder a este tipo de técnicas.

En definitiva, la importancia de la familia es crucial no sólo por sus funciones, sino también por el papel que ha jugado históricamente en nuestras sociedades. Sin embargo, los liberales no nos encerramos en un concepto restrictivo e inmóvil de la familia, sino que apostamos por uno plural y dinámico.

 

Notas

  1. 1. «Las familias son importantes en todas las sociedades, y su núcleo central es el formado por una madre y sus hijos biológicos. Todas las sociedades tienen la institución del matrimonio. Un hombre y una mujer establecen una alianza públicamente reconocida cuya meta primaria es la definida por los hijos; el hombre tiene un “derecho” de exclusividad en su trato sexual con la mujer; y ambos cónyuges están obligados a invertir en sus hijos.» Pinker, S. «Valores de la familia», en Cómo funciona la mente, pp. 545-664, Ediciones Destino, Barcelona, 1998, p. 555.
  2. 2. Lévi-Strauss, C.; M. E. Spiro, y K. Gough, K., Polémica sobre el origen y la universalidad de la familia, Anagrama, Barcelona, 1956, pp. 9-17.
  3. 3. «The family and wider kinship networks function to create a social ecology that facilitates the feeding and protection of children and that supports the long developmental period and activities (e.g., peer relationships) needed to acquire sociocompetitive competencies» (p. 7). Geary, D. C., y M. V. Flinn, «Evolution of Human Parental Behavior and the Human Family», Parenting: Science and Practice, 1 (2001), pp. 5-61.

 <https://faculty.missouri.edu/~flinnm/pdf/Geary_and_Flinn2001.pdf>.

  1. 4. Horwitz, S., Hayek’s Modern Family, Palgrave Macmillan, Londres, 2015.
  2. 5. Geary y Flinn, cit.
  3. 6. Cualesquiera que sean los atributos específicos de la familia, es probable que algunas hayan funcionado mejor que otras. Aquellas formas de relacionarse con el grupo de parentesco que tuvieron más éxito fueron adoptadas como reglas generales por el resto de individuos, en un proceso de imitación. A medida que se produjeran más imitaciones, estas reglas probablemente serían cada vez más exitosas, convirtiendo el proceso en un círculo virtuoso hasta dar con el surgimiento de un «tipo (abstracto) ideal» de la institución social (en este caso la familia).
  4. 7. Menger, C., «The Organic Understanding of Social Phenomena», en Investigations into the Method of the Social Sciences, pp. 127-160, New York University Press, Nueva York, 1985.
  5. 8. Los pensadores liberales clásicos han tratado de explicar que el mundo social es un producto más antiguo de una evolución no diseñada, de la misma manera que la teoría darwiniana explica el desarrollo ordenado del mundo natural. En palabras de Hayek, un orden es «a state of affairs in which a multiplicity of elements of various kinds are so related to each other than we may learn from our acquaintance with some spatial or temporal part of the whole to form correct expectations concerning the rest, or at least expectations which have a good chance of proving correct». En Derecho, legislación y libertad, Unión Editorial, Madrid, 1973, p. 63.
  6. 9. Hayek, F., «The Use of Knowledge in Society», The American Economic Review, 35, 4 (1945), pp. 519-530. <http://links.jstor.org/sici?sici=0002-8 282%28194509%2935%3A4%3C519%3ATUOKIS%3E2.0.CO%3B2-1>. Menger señaló, muy acertadamente, los límites epistémicos de la capacidad humana para diseñar y dirigir, de forma consciente, las instituciones sociales y sus resultados.
  7. 10. Becker, G. S., A Treatise on the Family, Harvard University Press, Cambridge, MA, 1993, pp. 342-379.
  8. 11. Ibídem.
  9. 12. «Una estrategia para maximizar el número de genes en la generación siguiente es tener tantos bebés y tan rápidamente como sea posible. Y precisamente es lo que hacen la mayoría de organismos.» Pinker, cit., p. 566.
  10. 13. «Para los humanos, al igual que sucede con las aves, la vida es complicada a causa de dos de sus hábitos reproductivos. Los machos invierten en su descendencia, pero la fertilización sucede fuera de la vista, en el interior del cuerpo de la hembra, de modo que un macho nunca sabe cuál es su prole (por lo menos hasta que surgen las pruebas de ADN) […]. Una mujer que tenga relaciones sexuales con otro hombre es siempre una amenaza para los intereses genéticos del hombre, porque ella podría engañarle y hacerle trabajar por los genes de un competidor suyo.» Ibídem, p. 624.
  11. 14. La determinación de la paternidad mediante el análisis de los grupos sanguíneos ABO fue utilizada por primera vez y de forma legal en 1924 en Alemania.
  12. 15. Francia fue uno de los países en los que se produjo de forma más potente. Una prueba de ello son las protestas estudiantiles que tuvieron lugar en Mayo del 68.
  13. 16. Surgida de eventos como Woodstock (un festival hippy de música rock realizado en 1969 en una granja en Bethel, Nueva York, se convirtió en el ícono de una generación cansada de las guerras y que pregonaba la paz y el amor como forma de vida) y los disturbios de Stonewall (una serie de manifestaciones espontáneas que tuvieron lugar como protesta contra una redada policial acontecida en la madrugada del 28 de junio de 1969, en el pub conocido como Stonewall Inn, ubicado en el barrio neoyorquino de Greenwich Village; fue la primera ocasión en la que las personas LGBT lucharon, en Estados Unidos, contra un sistema que, por ejemplo, penalizaba el sexo consentido entre adultos del mismo sexo).
  14. 17. Cuestión que pondrían sobre la mesa los postestructuralistas Gilles Deleuze o Félix Guattari.
  15. 18. En contraposición con la familia consanguínea (la heterosexual).
  16. 19. Extracto extraído de        la         portada de        su        blog,    disponible        en:

<http://www.goldberg-patriarchy.com/>.

  1. 20. Henrich, J., The Weirdest People in the World, Farrar, Straus and Giroux, Nueva York, 2020.
  2. 21. La tragedia de Antígona, de Sófocles, lo plantea entre Antígona y Creonte, cuando ésta decide ir contra las normas impuestas por el rey de Tebas y dar sepultura a su hermano Polinices.
  3. 22. Donzelot, J., The Policing of Families, Pantheon Books, Nueva York, 1979.
  4. 23. Scruton, R., «This “right” for Gays is an Injustice to Children», The Telegraph, 28 de enero de 2007 <https://www.telegraph.co.uk/comment/personal-view/3636798/This-right-for-gays-is-an-injustice-to-children.html>. Scruton, R., «Meaningful Marriage», en A Political Philosophy: Arguments for Conservatism, pp. 81-102, Bloomsbury, Londres, 2019.
  5. 24. Del Castillo, J. I., Estado de bienestar y destrucción de la familia, Unión Editorial, Madrid, 2019.
  6. 25. Ibídem.
  7. 26. Rosenfeld, M., «Nontraditional Families and Childhood Progress Through School», Demography, 47 (2010), pp. 755-775. Manning, W.; M. Neal Fettro, y E. Lamidi, «Child Well-Being in Same-Sex Parent Families: Review of Research Prepared for American Sociological Association Amicus Brief», Population Research and Policy Review, 33 (2014), pp. 485-502. Bos, H.; J. Knox; L. van Rijn-Van Gelderen, y N. Gartrell, «Same-Sex and Different-Sex Parent Households and Child Health Outcomes. Journal of Developmental & Behavioral Pediatrics», 37, 3 (2016), pp. 179-187. Crouch, S.; R. McNair, y E. Waters, «Impact of Family Structure and Socio-Demographic Characteristics on Child Health and Wellbeing in Same-Sex Parent Families: A Cross-Sectional Survey», Journal of Pediatrics and Child Health, 52, 5 (2016), pp. 499-505.
  8. 27. Ariño, I.; F. Capella; S. Calvo, y C. Casado, El feminismo. ¿Es el feminismo dominante un movimiento liberador de la mujer? Instituto Juan de Mariana, Madrid, 2019, p. 92.
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Irune Ariño

Irune Ariño es graduada en Ciencias Políticas y de la Administración por la Universidad Pompeu Fabra y estudiante del máster de Filosofía para los Retos Contemporáneos en la Universitat Oberta de Catalunya. En la actualidad es subdirectora del Instituto Juan de Mariana. Fue Events Associate para Students For Liberty en Europa y directora regional para la misma organización en España y Portugal. Ha colaborado en diversos medios como El Español o Libertad Digital y es coautora de La resposta liberal (Editorial Base, 2020) y Desmontando el feminismo hegemónico (Unión Editorial, 2020).

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