Entre sombras: el subterráneo camino de lo ilícito | Carlos Ledezma

Cuentan las crónicas del año 1969, que el británico Leslie Aspin, comenzaba a realizar el tráfico de armas para el grupo “Septiembre Negro”, una facción terrorista de la OLP (Organización para la Liberación Palestina) apoyada por Siria y Libia. El presidente sirio Haffez Al Assad, había ordenado a su jefe de inteligencia el coronel Alí Issa Douab, que suministrase armas y equipos en apoyo al grupo fundamentalista, sin embargo, debía hacerse sin que se involucre al país ni a su gobierno.

Los responsables del espionaje sirio tenían el encargo de encontrar a una persona que pueda manejar un tema tan delicado de la manera más confidencial, por lo que se dieron a la tarea de realizar una selección bastante meticulosa en su propósito de encontrar a quien responda cien por ciento a su confianza. Monzer Mohammad Al Kassar Tarnsbusch, fue el elegido, tras recibir las instrucciones pertinentes y toda la información relacionada al tráfico ilícito de armas, tomó contacto con Leslie Aspin, quien controlaba el negocio del opio y la heroína en el valle de la Bekaa.

La infiltración occidental en organizaciones terroristas islámicas durante la década de los años setenta, se encargó de distribuir miles de armas a través de traficantes internacionales de acuerdo a lo que pudo conocerse el año 1993 en un expediente secreto de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos. De acuerdo al informe, Leslie Aspin, mejor conocido como “Kovacs”, se encargaba de blanquear el dinero a través del Banco de Crédito y Comercio Internacional Paquistaní.

En poco tiempo Kovacs pasó de ser un traficante de poca monta a un exportador, por lo que contrató a ex miembros de los Servicios Aéreos Especiales Ingleses, quienes se encargaban de hacer el trabajo sucio. Hasta ahí, la relación con sirios y libios era de lo mejor, pero en 1970, Aspin fue recibido por el MI 6 (Servicio de Inteligencia Secreto exterior del Reino Unido). Al percatarse de su desmarque, lo amenazaron con hacer conocer a sus clientes que él trabaja para el MI 6, por lo que, el agente infiltrado Kovacs, proporcionó los nombres y detalles pormenorizados de la actividad que realizaba Monzer Al Kassar.

No sólo había denunciado a todos los miembros que trabajan con él, se había encargado de entregar material sensible, el doble agente proporcionó información al MI 6 acerca de la cuenta suiza mediante la cual Al Kassar lavaba el dinero de las operaciones por narcotráfico y armas. A partir de ese momento, la inteligencia británica tenía claro que Kovacs no les resultaba ya de ninguna utilidad por lo que decidieron avanzar directamente sobre Al Kassar.

Monzer Al Kassar había sido capturado el 12 de enero de 1970 en Viena, Austria, por la venta irregular de cinco vehículos Lamborghini, siendo prontamente liberado y nuevamente detenido por el mismo delito en Trieste, Italia. Los indicios apuntaban a que el líder de la organización delictiva era él, desempeñándose por aquel entonces como embajador de Siria en la India. El 15 de febrero de 1972, era nuevamente detenido, pero esta vez le habían incautado una bolsa de hachís.

El MI 6 pidió a la policía danesa que retirase los cargos y pongan a Al Kassar nuevamente en libertad, iniciando el seguimiento de sus actividades. Comprobaron cómo, acompañado por el argentino Jorge Antonio, el 17 de noviembre de aquel mismo año se trasladaba hasta la República Argentina tras el retorno al país de Juan Perón, comenzando a operar en Argentina a la que retornaría en múltiples ocasiones. Tras su retorno a Europa, una orden de captura estaba librada en su contra por transporte de drogas, llegando hasta Copenhague, donde el MI 6 le hizo la propuesta de cooperar con los británicos a cambio de resolverle los problemas judiciales y obtener una recompensa generosa, pasando a convertirse en agente doble del espionaje inglés.

Para junio de 1985 y con el sobrenombre de “Muce Sagy”, viajó hasta Chipre, donde junto al coronel norteamericano Oliver North, colaboró a la entrega de fusiles soviéticos AK-47 a Irán. Esta operación clandestina realizada entre la administración Reagan y el gobierno iraní, obligó a Al Kassar a mudarse a España, en la Costa del Sol, Marbella, desde donde continuaría con sus actividades ilegales.

Reconvertido en empresario de la construcción Al Kassar, conocido como el “Mercader de la Muerte”, comenzó a tejer una red de aliados poderosos. Para el año 1992, el ministro británico acreditado en la ciudad de Buenos Aires, dio la voz de alerta a la secretaría de Inteligencia de Estado acerca de una extraña presencia, informando que Al Kassar, luego de llegar al aeropuerto de Ezeiza, visitó en al menos dos oportunidades al entonces presidente Carlos Menem, entregándole como regalo un reloj de oro con diamantes engarzados. Esa era la manera de garantizar la compra de armas.

Reconvertido en empresario de la construcción Al Kassar, conocido como el “Mercader de la Muerte”, comenzó a tejer una red de aliados poderosos.

Tras su regreso a España, el Juez Baltazar Garzón ordenó su captura, acusándolo por narcotráfico y lavado de dinero, lo que le valió permanecer en prisión algunos meses, siendo liberado sin probársele nada. El 14 de enero de 2001, el conocido fundamentalista afgano, Osama Bin Laden, intentaba comprar armas en España, por lo que tomó contacto con Al Kassar. La actividad ilegal le resultaba cada vez más rentable, mientras se extienden las garras a diferentes latitudes del globo, a la par que se incrementan las actividades terroristas.

Finalmente, en 2007, mientras Al Kassar se encontraba negociando la venta de armas a las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), cargamentos valorados en cientos de millones de dólares que incluía 15.000 misiles de superficie Strela II; 7.700 fusiles de asalto Kalashnikov, lanzagranadas, toneladas de explosivos, miles de ametralladoras y municiones, fue capturado en el aeropuerto de Barajas (Madrid, España). El acuerdo incluía la promesa de proporcionar mil hombres para luchar contra militares norteamericanos en Colombia y facilitar campos de entrenamiento en Siria para las FARC.

La captura del “Mercader de la Muerte”, puso al descubierto lo sencillo que resulta ingresar armas en Latinoamérica. La ruta crítica incluía puertos rumanos y búlgaros desde donde partían para llegar hasta Nicaragua, desde allí, se encargaban de sobrevolar los territorios colombianos donde soltaban cajas con paracaídas. Hasta el año 2008, existían en los países de América Latina más de 80 millones de armas ilegales, según se desprende del estudio realizado por el Centro para la Información de Defensa de Washington.

El tráfico de armas se encuentra cada vez más ligado al ilícito de las drogas. Iquitos y la frontera entre los países andinos, el golfo de Urabá, entre Colombia y Panamá, la triple frontera entre Paraguay, Brasil y Argentina, son sólo algunos puntos donde opera el contrabando de armas. Las armas abundan en la región y siguen la misma ruta de las drogas ilegales.

La Organización de Estados Americanos (OEA), creó la CIFTA en 1997, ratificada por 30 de los estados miembros, tratado que exige el control de la documentación para exportar e importar armamento, generando la identificación de las armas de fuego, al tiempo que exige el intercambio de información y cooperación entre las instituciones llamadas a mantener el orden público. Lo cierto es que independientemente de los esfuerzos que se realizan entre los estados, los traficantes actúan como empresas trasnacionales a fin de garantizar la continuidad de sus operaciones, valiéndose de los mecanismos que tienen a su alcance, contactos, sobornos, extorsión, amenazas, políticos y funcionarios corruptos que no se responsabilizan nunca de sus actos.

Mientras estas actividades ilegales continúen, la violencia y sufrimiento humano terminarán por perpetuarse. Quienes viven de alimentar los conflictos armados, guerras civiles, terrorismo interno e internacional, provocando un sinfín de muertes, carecen de todo valor humano, descendiendo al nivel de bestias sin remordimientos. El fomento a la corrupción que socava la institucionalidad de los países y obstaculiza cualquier esfuerzo tendente a alcanzar paz y justicia, debe llamar la atención de los que gobiernan, debiendo librar una lucha frontal como imperativo moral y humanitario a todo nivel.

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Carlos Manuel Ledezma Valdez

Carlos Manuel Ledezma Valdez
Escritor. Investigador. Divulgador Histórico. Consultor de Comenius S.R.L. Ingeniería del Aprendizaje

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