El mito del Estado empresario | Alberto Mingardi

La política industrial se está convirtiendo en el punto común entre la derecha nacionalista y la izquierda radical. Ambas tienden a reaccionar contra lo que consideran las «fuerzas ciegas del mercado». En las economías de mercado, el capital tiende a ser asignado por los bancos o los fondos de inversión, que buscan un rendimiento y analizan a los que buscan el capital para los usos productivos. Su capacidad para hacerlo de una manera competente es comprobada por el propio mercado a diario. Los bancos o los fondos de inversión totalmente incompetentes acaban quebrando, y la mayoría de ellos son un problema para ellos mismos y para sus inversores.

En una sociedad libre, la presión que se hace hacia una gestión decente, y además más barata, al igual que los productos, provienen de la cooperación y la competencia voluntarias. El consumidor es el rey. Si los consumidores, por cualquier motivo, prefieren la tienda de Pedro a la de Enrique, entonces Enrique deberá mejorar su tienda o abandonar ese mercado.

Pero tampoco es que los consumidores simplemente eligen entre A y B. No son objetos pasivos de los planes de un empresario o un comerciante. Es que su retroalimentación también le da la forma al producto, tanto como lo hace el propio diseño del productor. Cuando Pedro comprende lo que los consumidores quieren (las preferencias y objetivos cambian constantemente), tratará de adaptar su propio trabajo y esfuerzo para que se ajuste mucho mejor a las necesidades de los consumidores y así conseguir más clientes.

Los nuevos productos son introducidos por empresarios que buscan determinados propósitos, y luego los consumidores los destinan a distintos usos. Lo que hace la empresa privada, en una economía de mercado, es ordenar los factores de producción de manera coherente con el intento de satisfacer y anticiparse a la demanda de los consumidores. A veces estos intentos son exitosos y otras veces no lo son. Sin embargo, los agentes económicos aprenden de sus errores y de sus éxitos y, lo que es más importante, aprenden de los errores y de los éxitos de los demás.

Una economía moderna es un proceso que va desde abajo hacia arriba. Es decir, no es una maquinaria, no sigue un «modelo lineal», sino que propone soluciones ingeniosas para problemas complejos en las circunstancias más inesperadas y de las formas más impredecibles. Una persona que trate de comprender la naturaleza de la compleja economía moderna no puede sino sentirse abrumada por este intento.

Sin embargo, la economía de mercado no es muy popular, más que nada entre los intelectuales. Sus logros parecen triviales ex post. Algunos, en lugar de sentirse abrumados o humillados por la forma en que la gente viene a comerciar y a cooperar a través de una red cada vez mayor de extraños que no necesitan compartir objetivos comunes para ser de utilidad a los demás, lo consideran algo más bien ligado a la imperfección.

La política industrial no es nueva. En el siglo XX, los gobiernos se vieron impulsados por la experiencia del «socialismo de guerra». No es una casualidad que la afirmación o creencia generalizada de que el gobierno sabe mejor que los individuos privados cómo invertir haya despegado después de la Segunda Guerra Mundial. Tuvieron una experiencia relativamente exitosa en la movilización de los factores de producción para el esfuerzo bélico. La diferencia clave fue, sin embargo, que organizar y producir en tiempo de guerra significa subordinar todas las necesidades y deseos a un solo objetivo: ganar la guerra. En tiempos de paz, si el Estado se convierte en empresario, no puede evitar enfrentarse al hecho de que las personas tienen diferentes necesidades, diferentes preferencias, diferentes deseos y gustos, y que pueden cambiar con el tiempo.

La experiencia del mundo real con los «gobiernos empresarios e inversores» no ha sido para nada emocionante. La propia palabra privatización fue acuñada durante la era Thatcher en Inglaterra, por el esfuerzo de devolver a las manos privadas lo que el Estado había nacionalizado anteriormente. Después de un par de décadas en las que muchos gobiernos «privatizaron» empresas y activos, independientemente de su ideología, para hacer frente a sus necesidades de finanzas públicas, resulta que ahora la «privatización» es una mala palabra en casi todas partes. Sin embargo, si tuvimos privatizaciones no fue porque Thatcher fuera una marioneta de las clases adineradas. Fue porque la gestión gubernamental de los negocios fracasaba constantemente. Los negocios se inclinaban por fines políticos, dirigir una empresa del gobierno significaba enfrentarse no a inversores que exigían resultados en términos de beneficios, sino a políticos que intercambiaban el apoyo a un ejecutivo con su lealtad, los negocios nacionalizados se convertían, así, en gigantescas maquinarias burocráticas que sofocaban la innovación y mantenían alejado el talento. Por supuesto, en casi todos los países había algunos contraejemplos: directores generales bienintencionados, ambiciosos y brillantes nombrados por el gobierno que hacían un buen trabajo. Aun así, eran tan atípicos que ni con suerte recordamos sus nombres.

Organizar la producción con un solo objetivo, como por ejemplo ganar la guerra, es un tema. Hacer frente a todas las variables que la producción en aras del consumo privado puede enfrentar ya es una cuestión diferente.

Sin embargo, un número de economistas e intelectuales, ahora no están de acuerdo. Un ejemplo destacado es el de Mariana Mazzucato, una intelectual pública de enorme reconocimiento que dio nueva vida a la política industrial y que ahora trabaja como consultora para muchos gobiernos, además de ser una profesora y escritora productiva.

La profesora Mazzucato afirma que descubrió un secreto de la economía de mercado: «La mayoría de las innovaciones radicales y revolucionarias que han alimentado la dinámica del capitalismo, desde los ferrocarriles hasta internet, pasando por la nanotecnología y la industria farmacéutica de hoy en día, rastrean las inversiones

“empresariales” más valientes, tempranas y de capital intensivo desde el Estado». 1

Los valientes proyectos de trenes de alta velocidad hoy día, por ejemplo, están ampliamente financiados por gobiernos. Pero los ferrocarriles vistos como una innovación —o mejor dicho, los ferrocarriles cuando eran una innovación— fueron en gran medida una creación del sector privado, por ingenieros como Isambard Kingdon Brunel y George Stephenson, que combinaron la imaginación tecnológica y empresarial para obtener grandes beneficios para la humanidad. Cuando los ferrocarriles dejaron de innovar y se convirtieron en muchos casos en deducciones netas de la renta nacional, el Estado intervino. El buitre de la nacionalización extiende sus alas sólo a la caída del crepúsculo de la innovación.

La idea de que se necesita un gobierno fuerte para producir una economía innovadora es un lema popular. A algunas personas les gusta porque pone en perspectiva el papel de los empresarios estrella, los Jeff Bezos y los Elon Musk de este mundo: no son tan inteligentes, simplemente se agarraron del pequeño fruto de la ineficiencia de la innovación fomentada por el gobierno.

Si el punto de vista de Mazzucato, y de otros defensores de la nueva política industrial, es que la intervención del gobierno ha tenido a veces efectos indirectos positivos, sería una declaración difícil de sostener. El gasto público se ha expandido a tal ritmo durante el siglo XX (de alrededor del 10 por ciento del PBI a más del 40 por ciento en prácticamente todas las democracias occidentales) que sería sorprendente que no acabara en el vecindario de las empresas productoras de innovación en un momento u otro.

Pero sería difícil deducir de esto la afirmación de que es necesario tener un gobierno intervencionista para poder desarrollar novedades e innovaciones.

Mazzucato cree que el Estado es bueno para detectar «áreas de alto crecimiento y riesgo». 2 La idea es que los empresarios privados tienden a centrarse en el corto plazo y quieren obtener beneficios tan pronto como sea posible. Por lo tanto, no apoyarán un programa de investigación durante todo el tiempo que sea necesario para que dé frutos. Por otro lado, las evaluaciones realizadas por un Ministerio de Innovación no se verían afectadas por la política.

La experiencia del mundo real con los «gobiernos empresarios e inversores» no ha sido para nada emocionante. La propia palabra privatización fue acuñada durante la era Thatcher en Inglaterra, por el esfuerzo de devolver a las manos privadas lo que el Estado había nacionalizado anteriormente.

Esto parece poco probable. El mecanismo de acuerdos y negociaciones voluntarias (un «mercado libre») responde a los intereses sin pretensiones de los clientes, es decir, de los ciudadanos, tanto proveedores como demandantes. Cuando se permite que las consideraciones políticas inclinen la balanza y protejan los productos mal diseñados y a los productores incompetentes, es poco probable que el resultado sea, en promedio, espléndidamente innovador.

Detrás de esta visión intervencionista, podemos detectar fácilmente una persistente falacia. El marco de arriba hacia abajo es un viejo error del pensamiento social, y uno bastante persistente. Es lo que conecta a los hechiceros de las tribus neolíticas con los profesores socialistas contemporáneos. Matt Ridley nos recuerda una palabra, skyhook (gancho o anzuelo), inventada por «un frustrado piloto de avión de la Primera Guerra Mundial», quien, cuando se le ordenó dar vueltas en el mismo lugar durante una hora —y llegaría un momento en que se quedaría sin combustible—, respondió: «Esta máquina no está equipada con skyhooks». El filósofo Daniel Dennett utiliza la metáfora del gancho imposible para atacar la idea antidarwiniana de que la vida es la evidencia de un diseño inteligente. Ridley afirma que «la historia del pensamiento occidental está dominada por los skyhooks, por dispositivos que explican el mundo como el resultado del diseño y la planificación». 3

Detrás de la política industrial, hay una visión económica del diseño inteligente. La palabra que utilizan los nuevos defensores de la política industrial es dirigismo. Según ellos, con inversiones, subvenciones, dirigiendo directamente algunas empresas, el gobierno puede realmente mover la economía en la dirección que crea conveniente. A diferencia de una empresa del sector privado, según los estatistas, puede hacerlo no sólo pensando en el próximo semestre, sino plantando las semillas de la innovación que está a décadas de distancia.

Es un poco como pensar que los ingenieros y técnicos de Motorola, que a principios del siglo XX produjeron el teléfono DynaTAC 8000X, el primer teléfono celular portátil comercial del mundo, ya estaban pensando en nuestro iPhone 12.

Esto supone dirección y racionalidad, y por lo tanto la eficacia de la planificación central ex ante de un resultado evolutivo complejo ex post. Es similar a la suposición de un Creador de la complejidad del ojo. Pero, en realidad, los productos y procesos evolucionan en el mundo económico de la manera en que el ojo evolucionó, por un vaivén entre los productores y los consumidores, como entre la variación biológica y su entorno. De abajo hacia arriba, como decimos.

Muchos intelectuales, incluso hoy en día, están abrazados, lo sepan o no, a una famosa observación de Karl Marx en Das Kapital:

Una araña ejecuta operaciones que semejan a las manipulaciones del tejedor, y la construcción de los panales de las abejas podría avergonzar por su perfección a más de un maestro de obras. Pero, hay algo en que el peor maestro de obras aventaja, desde luego, a la mejor abeja, y es el hecho de que, antes de ejecutar la construcción, la proyecta en su cerebro. Al final del proceso de trabajo, brota un resultado que antes de comenzar el proceso existía ya en la mente del obrero; es decir, un resultado que tenía ya existencia ideal. 4

La gente inteligente mira un producto como es hoy día y piensa que todo lo que tenía en el pasado era una especie de aproximación al artefacto eventualmente mejor diseñado que ahora tenemos en nuestras manos.

El economista Arthur Diamond Jr. escribió sobre este asunto:

Steve Wozniak fue uno de los mejores inventores de nuestros tiempos. Pero admitió con total honestidad que ni siquiera los mejores pueden ver más allá de dos años. El problema es que los innovadores no pueden predecir completamente cuál de sus propias innovaciones actuales resultará bien, y no pueden predecir qué nuevas innovaciones se les ocurrirán en el futuro. Y menos aún pueden predecir las nuevas innovaciones de otros. 5

Son personas como Wozniak los que innovan, no «el Estado». La cuestión clave es qué sistema tiende a ayudarles más a lo largo de ese esfuerzo por innovar: ¿el que los deja libres para experimentar o el que los mantiene atados con una correa corta?

El ejemplo más famoso de Mariana Mazzucato para demostrar la supuesta necesidad de que el gobierno regule y participe en la innovación y la economía es el iPhone. ¿Debemos atribuirlo a Steve Jobs y su empresa o al gobierno?

Para argumentar en favor de este último caso, a favor del gobierno, ella señala algunas características del dispositivo, en particular del GPS (un verdadero invento militar, con una lógica militar evidente) y la tecnología de pantalla táctica (que también ella arrastra a los auspicios por parte del Estado).

Para demostrar que los dispositivos modernos de pantallas táctiles son algo que se debe a la política industrial dirigista, Maz-zu-ca-to presenta al doctor Wayne Westerman: «Wayne Westerman era un candidato a doctorado que estudiaba los sistemas neuromórficos en la Universidad de Delaware (con financiación pública). Después de completar el doctorado de Westerman, él y Elias comercializaron esta nueva tecnología después de fundar la compañía FingerWorks.

Como resultado, Westerman y Elias, con fondos de agencias gubernamentales, produjeron una tecnología que ha revolucionado la multimillonaria industria de dispositivos electrónicos móviles». 6 Es decir, si alguien transforma su tesis de doctorado en una idea empresarial, la idea es el producto de cualquier política industrial dirigista que la haya tocado, y, además, esa política industrial le ha dado direccionalidad. Sí, la universidad a la que fue Westerman fue financiada por el gobierno y su doctorado parcialmente fue financiado por una beca de Fundación Nacional de Ciencias. 7 Lo mismo ocurre con unas dos mil becas cada año. Y así el trabajo de vida de todos los dos mil debe ser asignado a la acción del Estado, y la acción humana ordinaria y privada debe ser dejada de lado.

Bajo esta perspectiva, la actividad económica se ve como la aplicación mecánica de determinadas recetas, dos átomos de hidrógeno a uno de oxígeno. No es de extrañar que la izquierda y parte de la derecha piensen que los negocios son algo sencillo.

Pero ¿lo es?

A. Hayek comentó una vez que «comparado con el trabajo del ingeniero, el del comerciante es en cierto sentido mucho más “social”, es decir, entrelazado con las actividades libres de otras personas». 8 El papel del empresario no es crear nuevos inventos, sino anticipar y satisfacer las demandas de los consumidores.

Esta última parte, la parte «social» de la iniciativa empresarial, difícilmente puede encajarse en recetas fijas. La innovación revolucionaria no se produce en el vacío y rara vez se lleva a cabo sólo gracias a las ideas brillantes y a los nuevos logros tecnológicos. Los «artilugios» por sí solos no son la base de la innovación. Para tener éxito, también deben crear entusiasmo entre los clientes compradores, satisfacer una demanda y, por lo tanto, provocar un reajuste de los factores de producción. El progreso tecnológico no añade nuevos productos a las estanterías por sí mismo.

Una economía de mercado lo que hace es aprovechar el conocimiento disperso de los seres humanos. Ese conocimiento se refiere en la mayoría de los casos a las situaciones concretas de producción. No es, literalmente, ciencia espacial: pero si produces una silla, necesitas adivinar cuántas rojas y cuántas azules debes producir, para que la gente las compre. Los planificadores del gobierno no cuentan con tales conocimientos que, en realidad, no pueden procesar.

A veces la realidad no alcanza las expectativas de los intelectuales, pero como la historiadora de economía Deirdre N. McCloskey 9 nunca se cansa de recordárnoslo, mira a dónde nos ha llevado esta cosa tan imperfecta que es la economía de mercado.

Hace un siglo, los hogares de Europa gastaban el 70 por ciento de sus ingresos en comida y vivienda. La cifra es impensable ahora en Chicago, Londres o Milán. La gente asocia la comida con algo abundante y barato. Incluso los más comprometidos defensores de la política industrial dirigista, felizmente, no querrían ni deberían, siquiera, entrometerse en la oferta de restaurantes y pizzerías de tu ciudad.

 

Notas

 

  1. Mazzucato, Mariana, The Entrepreneurial State: Debunking Public vs. Private Myths in Risk and Innovation, Anthem Press, Londres, 2013, p. 167.
  2. Mazzucato, 2013, op. cit., p. 197.
  3. Ridley, Matt, The Evolution of Everything, Fourth Estate, Londres, 2015, p. 7.
  4. Marx, Karl, y Frederick Engels, Marx & Engels Collected Works, vol 35: Karl Marx Capital, Lawrence & Wishart, Dagenham, 1996, p. 188.
  5. Diamond, Arthur M., Openness to Creative Destruction: Sustaining Innovative Dynamism, Oxford University Press, Oxford, 2019, p. 183.
  6. Mazzucato, 2013, op. cit., p. 103.
  7. Westerman, Wayne, Hand Tracking, Finger Identification and Chordic Manipulation on a Multi-Touch Surface, PhD thesis, University of Delaware, 1999, ft. 129. Disponible           en: <https://resenv.media.mit.edu/classarchive/MAS965/readings/Fingerwork.pdf>.
  8. Hayek, F. A., «Scientism and the Study of Society», en The Counterrevolution of Science: Studies on the Abuse of Knowledge, The Free Press, Nueva York, 1955, p. 98.
  9. Con la profesora McCloskey tuve el placer de escribir The Myth of the Entrepreneurial State, AIER and Adam Smith Institute, Great Barrington, MD-Londres, 2020.
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Alberto Mingardi

Alberto Mingardi es el director general del Instituto Bruno Leoni, un centro de investigación del libre mercado en Italia. También es profesor asociado de Historia del Pensamiento Político en la Universidad IULM de Milán y académico presidencial en Teoría Política en la Universidad Chapman. Es becario adjunto en el Instituto Cato. Tiene un blog en EconLog.

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