El liberalismo y sus verdaderos enemigos | Carlos Alberto Montaner

Cuidado: no hay un Estado prêt-à-porter

Recuerdo una reunión de la Internacional Liberal 1 en la que uno de los ponentes, creo que se trataba de un caballero de los Países Bajos, bramaba contra la intromisión del Estado en los asuntos del correo. Tenía razón. En su país era evidente que sobraban limitaciones impuestas por el Estado a la voluntad de la sociedad. Pero tenía a mi derecha un liberal de Mozambique que negaba con la cabeza cada afirmación del conferenciante.

—¿No está de acuerdo? —le pregunté extrañado en voz baja. —No —me respondió—. En mi país hay pueblos en los que no

existe el correo. No hay Estado ni para eso. Ya quisiéramos tener nosotros los problemas de los Países Bajos.

También tenía razón. No hay un Estado prêt-à-porter, listo para usarse. Depende de las condiciones cambiantes de las sociedades. Eso quiere decir que el liberalismo no existe como receta unívoca porque no es una doctrina.

 

Los protoliberales

Tradicionalmente, la antología del pensamiento liberal comienza en Atenas, pero no deja de ser una arbitrariedad. El punto de partida suele ser la «Oración fúnebre de Pericles», texto reescrito por el general e historiador Tucídides (460-400 a. J. C.) en La guerra del Peloponeso (411 a. J. C.).

Probablemente, Tucídides estuvo presente en esa ocasión, pero reconstruyó libremente las palabras de Pericles (495-429 a. J. C.) años después de ser pronunciadas. La guerra fue librada entre dos coaliciones griegas lideradas por Atenas y Esparta. Ganó esta última.

Pericles, de acuerdo con la versión de Tucídides, da cuenta del orgullo que sienten los atenienses por la «democracia», sistema que colocaba a todas las personas en igualdad de condiciones. (Al extremo de que la jefatura de los ejércitos era compulsada en las urnas. El general Tucídides fue elegido «estratega» por ese método.)

A veces, los liberales, puestos a trazar los hitos de su saga, comienzan dos siglos más tarde, también en Atenas, por los estoicos, de manera que ya se puede hablar de una «cultura grecorromana», dado que Roma conquistaría Grecia, pero sería totalmente impregnada por la forma de pensar y hacer de los griegos.

Algunos atenienses se reunían a escuchar a Zenón de Citia (334-262 a. J. C.) junto a la puerta de Stoa, y de ahí lo de «estoico». Se trataba de un filósofo pelirrojo, pequeño y patizambo, probablemente judío, que había llegado a Atenas tras un naufragio en el que había perdido todos sus bienes materiales.

Zenón, por convicciones o por su carácter de extranjero, no asignaba o reconocía los derechos de las personas por la ciudad en la que se había nacido (Ius soli), o por la fratría a la que se pertenecía (Ius sanguinis), sino por el hecho de «ser humano», y contar con una racionalidad única entre los seres que poblaban el planeta.

Ciertamente, los juicios de Zenón sobre el origen de los derechos humanos constituían una reflexión escasamente importante dentro del estoicismo, pero no dejaba de ser vital para la historia del catolicismo que llegaría a Roma siglos más tarde.

Una religión que se proponía como «universal» debía comenzar por rechazar el Ius soli y el Ius sanguinis para asignar los derechos humanos. Les correspondían a todos.

 

Los hispanoamericanos

Si bien los mozambiqueños —como la persona que estaba sentada junto a mí en la reunión de la Internacional Liberal, de cuyo nombre sí quiero acordarme, pero no lo consigo— tienen en su civilización un peso mucho mayor de África que de Portugal, a nosotros, en casi toda América Latina, nos ocurre lo opuesto.

Prácticamente todo el signo de nuestra civilización nos remite a la madre España o a Europa. 2 No sólo la lengua, sino con ella, y por ella, el resto de los rasgos principales: la religión (o incluso la ausencia de creencias), el trazado de las ciudades, el derecho, y también la forma de hacer justicia, la organización política y nuestras querellas en torno a ésta, los deportes, una buena parte de nuestra alimentación, la ropa, la mentalidad social, incluidas nuestras percepciones, y un largo etcétera. Casi todo nos viene de España y, por su conducto, de Europa.

Excluyo, parcialmente, grosso modo, a la mitad de Guatemala y Bolivia, a un 30 por ciento de Perú, al 21 por ciento de México, a un 12 por ciento de Chile, todos clasificados como pueblos «originarios», aunque no se sabe qué nivel tienen de transculturación. Por ejemplo, Alejandro Toledo, expresidente de Perú, un indio racialmente puro, habla perfectamente castellano e inglés, no así una lengua precolombina, y tiene un doctorado en Pedagogía por una gran universidad estadounidense.

Lo que quiero decir es que el español (y el portugués, al menos en Brasil) son lenguas de destino, mientras el quechua y cualquiera de los veintiún dialectos del mayense que se habla en Centroamérica, por sólo poner un par de ejemplos, son lenguas de tránsito. Cuando América Latina declaró la independencia, dos de cada tres habitantes de nuestro mundillo hablaban una lengua indígena. Hoy más del 90 por ciento hablan y escriben en un idioma europeo.

 

El comienzo del liberalismo

Ponerle límites a la autoridad de los gobernantes fue una preocupación liberal tan pronto hubo personas que se arriesgaron a ello. Hubo antecedentes importantes. El Fuero de León, en España, recopilado en el 1017, dicta normas en el sentido que hoy podemos llamar «liberal». Pero el ejemplo más notable fue la Carta Magna de 1215.

Se trata un documento suscrito en latín por Juan Sin Tierra (1166-1216), un rey de Inglaterra muy impopular, hermano de Ricardo Corazón de León (1157-1199), quien pactó con un grupo de nobles de su tiempo ciertos derechos que los reconocía, básicamente en el terreno de la justicia y en materia fiscal.

Democracia, universalidad y racionalidad fueron ideas y actitudes que los liberales, sin ser llamados con ese nombre, fueron acumulando con los años, hasta que algo así fue cobrando vida propia en Europa y se hizo presente en la etapa llamada Ilustración.

El antecedente de la Ilustración fue el diplomático florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527). Su obra El Príncipe (publicada póstumamente en 1532) se considera una ruptura con la forma tradicional de establecer las relaciones de poder en sociedades controladas por el conservadurismo católico.

De alguna forma, es el antecedente de lo que plantea Thomas Hobbes (1588-1679) en Leviatán (1651). Es preferible entregar toda la autoridad a un príncipe justo antes que padecer el desorden criminal que suele acompañar la falta de control en períodos de crisis de los Estados. Entonces «la vida», como dice Hobbes en la más famosa y pesimista frase de su libro: «Se vuelve solitaria, desagradable, brutal y corta».

 

Las revoluciones y las contrarrevoluciones

Primero fue la Revolución Gloriosa de Inglaterra, acaecida en 1688, que puso fin a la jefatura de los inflexibles «puritanos» y sometió a los reyes y a la nobleza a la autoridad de los Parlamentos que, poco a poco, se hicieron depositarios de la soberanía popular. Se formuló una lista de derechos a la que se llamó Bill of Rigths.

Pero fue de Francia, en el continente, de donde provino la influencia decisiva para los pueblos de su entorno. Primero España se afrancesó (a la derecha) cuando, al principio del siglo XVIII, tras la muerte sin descendencia de Carlos II el Hechizado (1661-1700), último rey de los Habsburgo en la Península, se instauró a sangre y fuego la dinastía francesa de los Borbones.

Para lograr la entronización de Felipe V en España, nieto del rey francés Luis XIV, fue necesaria una verdadera guerra mundial (se peleó en casi toda Europa y en América), concluida con la Paz de Utrecht de 1714, al costo de 1.250.000 muertos, de los que medio millón fueron franceses.

Felipe V era un joven de diecisiete años que ni siquiera hablaba español, y que llevó consigo a decenas de funcionarios franceses. Los ingleses, los holandeses y otras casas reinantes en Europa temían esa unión de Francia y España. Era una época en la que «el equilibrio de poderes» dictaba la política exterior de las grandes naciones. Cuando Francia y España se comprometieron a no unir sus reinos, se despejó el camino de Felipe V al trono de España.

La Revolución estadounidense comenzó oficialmente en 1776. Ese año, Thomas Jefferson (1743-1826), quien luego sería el tercer presidente de Estados Unidos, redactó un documento inspirado por el más influyente pensador político de entonces: John Locke (1632-1704). Esta declaración de independencia serviría de modelo a todos los separatistas latinoamericanos.

El año 1776 fue también cuando Adam Smith (1723-1790), escocés, publicó su An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations (La riqueza de las naciones), obra en la que postula que el libre mercado y la defensa del interés propio mueven «la mano invisible» que trae como consecuencia la prosperidad de las personas y, por ende, de los países. «No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés», escribió Smith en una frase memorable de su famoso libro.

Una generación más tarde, en 1789, los franceses derribaban la monarquía y ensayaron una revolución que, literalmente, acabaría costándoles las cabezas a los reyes y a centenares de nobles, y que terminó por entronizar al emperador Napoleón Bonaparte (1769-1821) en Francia y a su familia en diversos reinos europeos.

Napoleón tuvo un solo hijo, nacido en 1811 y muerto de tuberculosis en 1832. Es conocido como Napoleón II, pero en realidad no llegó a reinar. Su madre fue María Luisa, duquesa de Parma.

Quien sí restauró el trono de su tío en Francia fue Napoleón III (1808-1873), primo de Napoleón II e hijo del hermano menor de Napoleón I. Llegó de la cárcel y el exilio y ganó los comicios con un considerable número de votos para convertirse en el primer presidente de la República (1848-1852).

Entonces se lo conocía como Luis Napoleón. Dio un autogolpe de Estado y gobernó como Napoleón III, emperador de Francia, hasta que Otto von Bismarck (1815-1898), al frente de las fuerzas prusianas, lo derrotó militarmente en 1870, lo depuso y lo exilió. A partir de ese momento se estableció en Francia la Tercera República hasta 1940.

No hay un Estado prêt-à-porter, listo para usarse. Depende de las condiciones cambiantes de las sociedades. Eso quiere decir que el liberalismo no existe como receta unívoca porque no es una doctrina.

Los liberales y Cádiz

Las palabras liberal, que designaba toda una visión de la vida y del Estado, y liberales (quienes la suscribían) surgieron en Cádiz, España, en 1812, cuando se redactó la primera Constitución que abarcaba a toda la hispanidad. Entonces los «liberales» se oponían a los «serviles», quienes adoptaban posiciones más conservadoras de acuerdo con el ideario absolutista.

Los enfrentamientos en Cádiz entre «serviles» y «liberales» marcarían a las dos fuerzas que se enfrentarían a lo largo del siglo XIX en Europa y en América Latina. Con matices, los serviles pensaban que la esclavitud era una manifestación de la voluntad divina. A fin de cuentas, Aristóteles, siglos más tarde refrendado por el tomismo, había sentenciado que existen «esclavos por naturaleza».

Los liberales, en cambio, se dividían entre los que deseaban terminar a rajatabla con el cautiverio de los negros (casi todos los esclavos eran negros), y los que proponían liquidar la trata (el comercio) y procurarles a los propietarios una suerte de indemnización.

Los serviles solían ser católicos a machamartillo, mientras que los liberales deseaban liberar a los Estados de esa «tara» histórica trasmitida cuando Roma, en época de Teodosio (380 d. J. C.), convirtió el Imperio a la religión de Cristo, declarando «loco y malvado» a quienes se resistieran a las resoluciones del obispo de Antioquía.

Los serviles, como regla general, se oponían a la libertad de comercio, mientras que los liberales, avalados por Adam Smith y por la realidad de los hechos, postulaban lo contrario.

 

Marxismo contra liberalismo

En 1848 se produjo una gran revolución liberal en Europa. Casi todas las naciones del Viejo Continente se estremecieron: Francia, Bélgica, los Estados alemanes, Hungría, Polonia, los fragmentos de Italia, incluidos los Estados Papales, Suiza y los países escandinavos, Suecia, Noruega y especialmente Dinamarca.

Parecía que el mundo se acababa para las oligarquías.

Pero no había una coordinación entre las naciones. En esencia, por lo menos en sus orígenes, se trataba de liquidar el Antiguo Régimen y sustituir los gobiernos absolutistas por democracias funcionales en las que existiera la votación universal de los varones adultos, la separación de poderes, la libertad de culto y la libertad de prensa. Pero, como siempre suele ocurrir, surgieron las divisiones entre los «radicales» y resultaron masacrados o exiliados por sus enemigos, mientras en algunos sitios las turbas saqueaban o destruían todo lo que les parecía valioso y no podían llevarse.

Pocos días antes del estallido de lo que se ha llamado la Revolución de 1848, dos jóvenes alemanes, Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895), publicaron en Londres un folleto en alemán titulado Communist Manifesto. Se trataba de una casualidad, no de una causalidad.

Habían sido comisionados para esa labor por la Liga Comunista, pero el resultado no despertó el interés de los revolucionarios de 1848. Prácticamente no lo leyeron, en principio no lo tradujeron, y pasó sin pena ni gloria como uno de los numerosos panfletos que se publicaron sobre el «inminente» colapso del modelo económico prevaleciente.

Los comunistas en definitiva no eran reformistas. Sus verdaderos enemigos eran los liberales. No deseaban «reformar» el sistema. El objetivo era liquidarlo. Querían abolir la propiedad privada. Daban por sentado que, una vez que eso hubiera sucedido, desaparecerían las clases sociales y hasta el Estado mismo. No serían necesarias las leyes ni las cárceles. Las personas consumirían lo que necesitaren para vivir y trabajarían de acuerdo con su capacidad. Los individuos se fundirían en una masa benévola.

En las predicciones de Marx y Engels, pese a presumir de científicas, no se manejaban fechas ni cifras precisas. Naturalmente, esa gran transformación de la especie no ocurriría en un abrir y cerrar de ojos. Para lograrla era importante crear un mecanismo represivo: la dictadura del proletariado.

En su momento, Lenin (1870-1924) le agregaría el concepto de «vanguardia» al Partido Comunista (PC). Los proletarios no dirigirían el proceso. Sería el PC, la vanguardia, la que manejaría la transformación de la sociedad. El PC, lamentablemente, nunca rebasaría la etapa represiva, lo que explica que, durante el tiempo que existieron esas nefastas dictaduras, provocaran más de cien millones de muertos de acuerdo con El libro negro del comunismo. 3

Pero el daño mayor causado a la sociedad por los comunistas fue la penetración en los partidos de base obrera. La socialdemocracia alemana, fundada por Ferdinand Lassalle, adoptó una especie de marxismo blando, a la espera de una oportunidad de terminar con la propiedad privada.

Como las previsiones de Marx y del propio Lassalle no se cumplieron —la «Ley de Hierro de los salarios», 4 enunciada por Lasalle—, sino que sucedió lo contrario, y los asalariados fueron progresivamente recibiendo una cantidad mayor de la renta nacional, hasta acabar engrosando los niveles sociales medios, los alemanes desecharon el dogmatismo marxista en el Congreso de Bad Godesberg de 1959 y desarrollaron la tesis del «socialismo liberal», que en cierta manera había adelantado ya Eduard Bernstein (1850-1932) en el siglo XIX.

El apóstol de ese cambio fue un periodista y pensador que venía del radicalismo de izquierda. Se llamaba Willi Eichler (1896-1971), casado con una mujer extraordinaria: Susanne Mil-ler (1915-2008), nacida en Bulgaria y muerta a los noventa y tres años en Alemania.

Cuando los nazis se apoderaron de Alemania, Eichler tuvo que exiliarse en Francia. En 1938 fue expulsado de ese país y acabó refugiado en Londres. Trabajó para la BBC y trabó relaciones con Salvador de Madariaga, un prominente exiliado español que fundó la Internacional Liberal después de la Segunda Guerra Mundial, persuadido de que el olvido de los principios liberales había permitido la aparición de los totalitarismos.

La palabra socialismo es muy confusa, dado el alcance semántico que tiene. El término era muy vago. Supuestamente, el vocablo quería describir a una sociedad en el camino a convertirse en comunista, pero al calificarla como liberal le elimina ese destino. En Cuba el partido de los comunistas, a partir de los años cuarenta, pasó a llamarse Partido Socialista Popular. No era políticamente rentable adoptar la palabra comunista. La propia Rusia, después de 1917, se denominó Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

La influencia del socialismo europeo, especialmente del alemán, se hizo patente en España. En mayo de 1979, durante la celebración del XXVIII Congreso del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Felipe González (n. 1942), su secretario general, planteó abandonar las tesis marxistas, como habían hecho los alemanes, pero fue derrotado. González renunció a la Secretaría General y se marchó a su casa. Allá fueron a buscarlo, sabedores de que el sevillano era indispensable, como lo era Alfonso Guerra (n. 1940), su segundo a bordo en el PSOE.

En septiembre de ese mismo año, celebraron un Congreso Extraordinario en el que se aceptó la postura de González de acogerse a la socialdemocracia. Como fórmula de compromiso, se relegó el marxismo a una referencia histórica y marco teórico, a sabiendas todos de que, si querían llegar al poder, debían abandonar el radicalismo suicida de los comunistas y los dogmas marxistas, verdaderos fabricantes de miseria.

En efecto, en octubre de 1982 ganaron las elecciones generales y obtuvieron la mayoría absoluta. González fue presidente del Gobierno (primer ministro) durante dieciséis años, hasta que José María Aznar (n. 1953) —un liberal al frente del Partido Popular— lo derrotó en 1996.

 

Democracia liberal contra totalitarios

Es conveniente admitir que eso a lo que llamamos «liberalismo» ha triunfado contra todos sus enemigos.

En el siglo XIX derrotó al catolicismo intransigente que aseguraba que éste era «pecado». Todos acabaron «pecando». Poco a poco se fue imponiendo la soberanía popular mediante elecciones que fueron siendo cada vez más inclusivas. Se impuso la disolución civil y voluntaria de los matrimonios mal avenidos. Las iglesias dejaron de tener el monopolio de la educación, del ejercicio de la caridad y, en definitiva, de la definición de la moral. La religión salió del Estado en casi todas las naciones.

Lamentablemente, el comunismo y su primo hermano el nacionalsocialismo, se apoderaron de una buena parte del planeta, pero acabaron perdiéndola. Tal vez nada ejemplifica mejor ese vínculo ideológico que el pacto Molotov-Ribbentrop con que se inició la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939. Los unía el odio a los valores liberales. Alemania atacó a Polonia desde sus fronteras. Luego lo hizo la URSS arteramente. Al principio, los comunistas alemanes, con Willi Münzenberg 5 a la cabeza, se enfrentaron a los nazis, pero también debieron hacerlo contra Stalin.

Derrotados casi todos los enemigos del liberalismo: ¿cuál es el panorama ideológico que queda en pie? Sin duda, la democracia liberal. Los conservadores, a los que hoy no se les ocurriría reivindicar la esclavitud. Los democristianos, que gobiernan en Alemania con la ayuda de los socialdemócratas. Los liberales pueden ser católicos o agnósticos, como Mario Vargas Llosa o como el que esto escribe.

¿Qué divide a la izquierda de la derecha dentro de la democracia liberal? El costo del llamado estado de bienestar, inventado por Bismarck en el siglo XIX, el llamado «Canciller de Hierro», seguido por los británicos (por los liberales, por los conservadores y por los laboristas). El porcentaje de los impuestos oscila. En Estados Unidos fue hasta el 70 por ciento del PBI. Hoy anda por el 40 por ciento. En Suecia fue el 95 por ciento y hoy apenas es la mitad. En Francia anda por el 55 por ciento. Y algunas querellas escapadas del mundo estadounidense.

Lo importante es el respeto por el Estado de derecho y por la dignidad humana.

 

Los «iliberales»

Fue todo un hallazgo. En 1997, en Foreign Affairs, Faared Zakaria (n. 1964), un pensador político y social nacido en la India, pero radicado en Estados Unidos y graduado de Yale y Harvard, puso en circulación una palabra, iliberal, que generaría un gran debate.

Los «iliberales» suelen (más o menos) creer en el mercado, y hasta pueden llegar al poder mediante elecciones libres, como el brasileño Jair Bolsonaro (n. 1955), o el filipino Rodrigo Duterte (n. 1945), incluso pueden tener el apoyo mayoritario de la sociedad, pero no son liberales en el mejor sentido de la palabra. Les falta respeto por la dignidad humana y por las leyes, y es muy difícil llegar a ser un verdadero liberal cuando se tienen esas carencias tan importantes.

No debe olvidarse que el liberalismo no es una doctrina, sino un conjunto de ideas reformistas que van evolucionando con el tiempo. Tal vez eso fue lo que obligó a Jeremy Bentham (1748-1832) a negarle el carácter de «liberal» a Simón Bolívar (1783-1830) pese a la ansiedad con que el Libertador se lo pedía.

 

 

Notas

  1. 1. Durante 20 años fui vicepresidente de la Internacional Liberal. Los mismos que presidí la «Unión Liberal Cubana». Hoy soy «Patrón» de la Institución.
  2. 2. Ver Los latinoamericanos y la cultura occidental de mi autoría publicado por Editorial Norma en 2003. Existe traducción al inglés publicado como The Latin Americans and the West, Interamerican Institute for Democracy, Miami, Fl, 2016.
  3. 3. El libro negro del comunismo, por S. Courtois et al, 1997. Edición Internacional.
  4. 4. Es decir, la predicción de que los salarios se irían reduciendo hasta el nivel de supervivencia de los trabajadores.
  5. 5. Willi Münzenberg fue un comunista alemán. Fue quien organizó la ayuda internacional en la peor época de la URSS, y el propagandista más inteligente que tuvo Moscú. Stalin lo mandó matar en Francia en 1940, donde estaba refugiado, cuando estorbaba su alianza con los nazis. Sucedió poco antes del asesinato en México de León Trotsky.
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Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner nació en La Habana, Cuba, en 1943. Fue profesor universitario en diversas instituciones de América Latina y Estados Unidos. Es escritor y periodista. Expresidente del Interamerican Institute for Democracy. Durante veinte años fue vicepresidente de la Internacional Liberal.

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