El liberalismo es adultismo | Deirdre Nansen McCloskey

Todos queremos ser adultos. Seguramente te gustaría tener siempre la libertad de tomar decisiones por ti mismo y que los demás te tomen en cuenta como un adulto dentro de una sociedad libre. No hay nada más honrado y placentero que perseguir tus propios proyectos y sueños sin dañar a los demás —ya sea dedicarte a tejer, a hacer maquetas de ferrocarriles o lo que fuera— o incluso ayudar a otros, ya sea trabajando o también comerciando. ¿Recuerdas cómo te sentías cuando fuiste a la escuela secundaria por primera vez, en el camino a convertirte en un adulto? ¿Recuerdas cómo te sentías cuando ganaste tu primer sueldo y ya no tenías que recurrir a tu papá para tener algo de dinero en tu billetera? ¿Recuerdas cuando votaste por primera vez?

Que quieras tener el poder de gobernarte a ti mismo como un adulto no significa que quieras ser una persona solitaria o que desprecies la vida en comunidad. En 1819, el filósofo francés Benjamín Constant mencionó dos tipos de libertades, las cuales denominó «antigua» (la libertad de los antiguos) y «moderna» (la libertad de los modernos). La libertad de los modernos es la fascinante manera que uno tiene de gobernarse a sí mismo y lo que ganas de manera honesta y honrada, a partir de tu propio esfuerzo. Por otro lado, la libertad de los antiguos es el derecho a participar, por ejemplo, en las ciudades-Estado griegas, cargando un escudo con mucho orgullo. Aquello se comprende actualmente bajo el lema de que «tú voz cuenta», algo que nos da la dignidad ciudadana, entre otras tantas, como lo es el hecho de poder votar y elegir. Sin un voto, siendo adulto, eres un niño social, eres una persona oficialmente subordinada. En otros tiempos, algunos hombres se oponían a que las mujeres pudieran votar porque, después de todo, las mujeres estaban subordinadas a sus padres y luego pasaban a ser propiedad de sus maridos. «Dejémoslo así, tal cual está», decían. La realidad es que el voto te entrega dignidad, aquella dignidad de la libertad de los antiguos.

Los seres humanos queremos ambas libertades adultas, tanto la de los antiguos como la de los modernos. Una sociedad «liberal» respeta ambas libertades, ponderando una versión adulta del autogobierno propio de cada individuo y una versión adulta de la idea de comunidad.

Los grupos de cazadores-recolectores en los que se organizaban nuestros antepasados durante millones de años fueron, de este modo, sorprendentemente liberales. Si no te gustaba el líder de turno del grupo, podías alejarte y tomar un camino distinto, o arrojarle una piedra a la cabeza. Sin embargo, eras parte. Pertenecías. No obstante, la mayoría de las sociedades desde que se inventó la agricultura, ya sea en lugares como Irak o Guatemala, han sido sorprendentemente no liberales. De modo distinto a lo que sucede con el cazador-recolector, la persona dedicada a la agricultura debe permanecer en su lugar, no puede irse. La tierra, por cierto, mantiene a una buena cantidad de agricultores y granjeros. Tan pronto como un hombre dueño de un portentoso caballo y de una costosa espada de bronce reclama la tierra, también te reclama a ti. Una lástima por tu vida. Jefes de grupos, reyes y burócratas gobernaron y siguen gobernando en sociedades no liberales, como, por ejemplo, el México azteca de Moctezuma, la España fascista de Franco o la Argentina populista de Juan Domingo Perón.

De manera un poco más light, todos los Estados modernos tienden a ser no liberales. Necesitamos un Estado —uno pequeño, honesto y competente, al estilo de las ciudades neerlandesas de los Países Bajos del siglo XVI— para ejercer lo que el sociólogo alemán Max Weber señaló en 1919 como la mismísima definición de un Estado: «Un monopolio legítimo de la coerción en determinado territorio». Porque tampoco queremos un montón de bandas mafiosas paseándose por la ciudad ejerciendo la coerción. Tal vez se trata de tenerlo y luego vigilarlo con mucho cuidado. No obstante, los Estados modernos se han convertido en algo mucho mayor, en términos geográficos, pero sobre todo en términos tributarios, arrebatando, por ejemplo, más del 40 por ciento de la producción de los ciudadanos para sus grandes ejércitos o para subsidiar determinadas ideas (especialmente las ideas de los familiares cercanos de los miembros del partido político que se encuentre en el poder).

El problema está en que a mucha gente le gusta ser dirigida, le gusta que le digan qué hacer. Esto deriva en una bonita libertad infantil, con una libertad antigua totalmente fuera de control y sin una libertad moderna que le brinde el equilibrio necesario y la estabilidad al ser humano. Actualmente, muchos argentinos, al igual que italianos y rusos, y, en verdad, al igual que casi todo el electorado, desea fervorosamente más «Mussolinis», «Perones» y «Putins», más hombres montados sobre caballos blancos, más reyes. En pocas palabras: más de todo aquel estatismo antiliberal. Esto hace que la gente se sienta segura y resguardada —de una manera muy infantil— en una familia de cincuenta millones de personas, con un padre realmente estricto a cargo. El «estatismo», como vemos, es lo opuesto al liberalismo, siendo en el mejor de los casos una antigua libertad, y representando, en el peor de los casos, el fascismo italiano de 1922-1943 de Mussolini: «Todo dentro del Estado. Nada en contra del Estado. Nada fuera del Estado».

Hay una historia muy divertida en la Biblia hebrea (lo que los cristianos llaman el Antiguo Testamento) que explica lo que hemos mencionado. Los israelitas le pidieron al profeta Samuel que les diera un rey, «como tienen las demás naciones» en torno a Israel, como por ejemplo Babilonia y Egipto. Samuel lo consulta con Dios, quien le pide que advierta a la gente lo que implica tener un rey. «Samuel advierte a la nación sobre las responsabilidades de tener un rey» (1 de Samuel 8, también llamado 1 Reyes 8):

 

Así hará el rey que reinará sobre vosotros: tomará vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y en su gente de a caballo, para que corran delante de su carro;

y nombrará para sí jefes de miles y jefes de cincuentenas; los pondrá asimismo a que aren sus campos y sieguen sus mieses, y a que hagan sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros. Tomará también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras. Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, y los dará a sus siervos. Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dar a sus oficiales y a sus siervos. Tomará vuestros siervos y vuestras siervas, vuestros mejores jóvenes, y vuestros asnos, y con ellos hará sus obras. Diezmará también vuestros rebaños, y seréis sus siervos. Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido, mas el Señor no os responderá ese día.

«Pero el pueblo no quiso oír la voz de Samuel.» Así, tuvieron al rey Saúl, quien hizo exactamente las cosas terribles que Dios predijo.

El liberalismo es, entonces, algo raro a lo largo de la historia, pero ha crecido y se ha desarrollado inmensamente desde que surgió por primera vez como un ideal a partir de 1700 en adelante. Por liberal no me refiero, por supuesto, al uso que se le otorga al término en Estados Unidos desde, aproximadamente, 1933, comprendido como «una tendencia de izquierda, que aboga por implementar una especie de socialismo democrático». Tampoco me refiero a la crueldad con la que la izquierda europea ha llegado a denominarlo como «neoliberalismo». Tampoco me refiero al uso tradicional que tiene en América Latina, utilizado para justificar a una oligarquía patotera y delincuente que se ha enriquecido a través del poder. En realidad, me refiero al término liberal desde su visión internacional y comprendido como su uso original, a partir de finales del siglo XVIII —esto quiere decir, comprendido como una sociedad de adultos, libres de las jerarquías coercitivas a cargo de amos o incluso del Estado, dignificando incluso a los sectores más humildes—. Si perteneces, entonces votas. No te hacen a un lado.

Todo esto en el siglo XVIII fue una idea completamente innovadora. La palabra en inglés deriva de las lenguas románticas, del latín liber, que, como adjetivo, según el Diccionario de Latín de Oxford, significa «poseer estatus social o legal de un hombre libre (opuesto a ser un esclavo)». Es decir, lo opuesto a ser la propiedad de un humano que tiene la facultad de ejercer sobre nosotros el poder de la coerción física. La definición de la palabra en los últimos dos siglos ha tenido un significado más bien político. En el Diccionario de Inglés de Oxford sobre principios históricos, el liberalismo significa «apoyar o defender los derechos individuales, las libertades civiles, y la reforma política y social que tiende hacia la libertad individual o la democracia con una mínima intervención estatal». Ese significado se registra por primera vez en 1761.

No obstante, creo que podríamos usar otra palabra, además de individuo, alguna que quizá sea más adecuada para la nueva definición política. La palabra correcta sería adulto. Bajo el verdadero liberalismo, ningún adulto debe ser tratado como un niño, en ningún aspecto. No debe haber ningún amo, ningún padre de familia, ningún marido autorizado a maltratarte ni a golpearte.

La golpiza era algo común en el siglo XVIII: se maltrataba y golpeaba a las esposas, niños, esclavos, aprendices, soldados, marineros, mendigos. A finales del siglo XIX, los nudillos golpeadores o los látigos comienzan a ver, finalmente, un gran declive. La flagelación fue abolida en el Ejército estadounidense en el año 1861 y en la Marina británica en 1879. La esclavitud terminó en 1833 en el Imperio británico, en 1865 en Estados Unidos, en 1888 en Brasil y la servidumbre en Rusia en 1861. A finales del siglo XIX, estando en la frontera, un europeo le preguntó a un hombre libre estadounidense quién era su amo. Él le respondió «todavía no ha nacido». En 1935 el poeta afroamericano Langston Hughes expresó claramente la base central del liberalismo: «Oh, deja que América sea América otra vez. La tierra que todavía nunca ha sido y que todavía tiene que ser, la tierra donde todos los seres humanos son libres». Ningún adulto es ni debe ser coaccionado. Por eso apostamos por el liberalismo.

Un argumento fácil pero tonto a favor del liberalismo simplifica la idea del autogobierno llevándola a una indulgencia infantil que pareciera algo impulsiva, algo así como que «hagas lo que quieras», como, por ejemplo, llevar armas militares en la casa de gobierno de Míchigan o negarse a utilizar una mascarilla en Río de Janeiro y así esparcir este novedoso coronavirus hasta la nariz de tu vecino. Sin embargo, cualquier adulto sabe bien que la «libertad moderna» o «libertad de los modernos» se extiende sólo hasta la nariz de tu vecino (la «libertad antigua» o «libertad de los antiguos» es algo más intrusiva, debido a que la decisión de hacer A o B, de montar una expedición a Siracusa o de construir la presa Hoover, es colectiva y coercitiva).

Del mismo modo, un argumento fácil y a la vez tonto en contra del liberalismo simplifica la regla del autogobierno a la idea del egoísmo, y reclama que el liberalismo erosiona, al fin y al cabo, la idea de comunidad. Cuando algunas personas oyen la palabra propio o autogobernarse, automáticamente piensan en la palabra egoísmo. Suele hablarse mucho sobre las sociedades modernas «atomísticas» e individualistas, pero no se comprende que un mercado es, en verdad, un método masivo de cooperación con otras personas, siendo algo de mucha más relevancia en nuestras vidas diarias de lo que es el Estado.

Los críticos del liberalismo esperan que la gente sea absorbida en la idea de comunidad y que no tenga el espacio propio para el «autogobierno» del que hemos reflexionado hasta el momento. Sólo ven, por ejemplo, dos reinos: el personal y el de jerarquías, el hogar y la Iglesia o el Estado, y tienen muy poco conocimiento de cómo funcionan los mercados entendidos en un tercer tipo de cooperación.

El liberalismo es, entonces, algo raro a lo largo de la historia, pero ha crecido y se ha desarrollado inmensamente desde que surgió por primera vez como un ideal a partir de 1700 en adelante.

Suelen pensar particularmente que querer ser uno mismo en vez de ser simplemente una «hija obediente de la Iglesia» o un «hijo obediente del Estado» es algo moderno y antinatural. No lo es. Para empezar, no es «moderno». Cuando Constant alabó la libertad de los modernos estaba participando en una idea de «individualismo» que había crecido históricamente hasta ese momento. Pero ya lo había hecho mucho antes. El individuo nunca ha tenido que «crecer». Se pueden encontrar muchas palabras e incluso acciones que hacen referencia al «individualismo» en, podríamos decir, la Biblia hebrea, el budismo o la literatura clásica del Mediterráneo, o la poesía china, o los cuentos de los hombres de negocios japoneses, o de lo que sea. Es decir, se puede encontrar por doquier, donde sea que miremos. Por supuesto, la gente también expresa gustos y exigencias colectivas, pero hoy en día lo hacen tanto como lo hacían en La Ilíada o en otros textos antiguos. ¿Votantes de Bolsonaro? ¿Fanáticos del fútbol?

El liberalismo adulto tampoco es «antinatural». Es humano. El teólogo germano-estadounidense Paul Tillich hizo referencia al «valor de ser» del héroe existencial que se enfrenta al mundo entero. Es grandioso. Su amigo, el ministro luterano y escritor, Diertich Bonhoeffer, pasó de un cómodo trabajo académico en Nueva York, a la Alemania nazi a principios de los años cuarenta para criticar a Hitler, y murió por ello, como sabía que le sucedería. Pero Tillich también habla de algo paralelo: «El valor de ser parte de». Bonhoeffer se sentía parte del cristianismo alemán y estaba dispuesto a morir por ello. No era simplemente un héroe existencial solitario. Era ambas cosas y necesitaba coraje para estar en ambos lados de lo que implica ser un adulto completo, el «yo» y el «nosotros», la libertad de los modernos y la libertad de los antiguos.

Un adulto, entonces, es ambas cosas. Un niño, claramente, se precipita desde el extremo del «yo» al conformismo del «nosotros». En Bellagio, Italia, en una tarde de passeggiata, vi a un niño al que le negaron un helado. El niño italiano estaba indignado ante la negativa al helado y comenzó a gritar (sorprendentemente fuerte para un niño tan pequeño, por cierto): «Io, io, io!» («yo»). La novela de William Golding, El señor de las moscas, cuenta también el colectivismo mortal de los niños pequeños, «noi, noi, noi» («nosotros»), que sus mayores exhiben en los partidos de fútbol o, peor aún, en las manifestaciones fascistas.

Por ende, un adulto libre logra ambos conceptos, el io y el noi, en una vida repleta de responsabilidad. El io se enfrenta al noi, y habla, interactúa, hace tratos, toma decisiones. En el liberalismo no se coaccionan mutuamente, sino que se involucran en «conversaciones dulces». La palabra inglesa sweet tiene la misma raíz del latín suadere, el español moderno de persuadir, lo que lleva a la palabra inglesa a to persuade (por el contrario, convencer es del latín vincere, conquistar, y tiene otro tono). El resultado es un orden espontáneo, como en la naturaleza, la ecología o en una lengua, o incluso en una comunidad artística. Un bosque o la vida silvestre no tienen un planificador central, no más de lo que tiene el idioma español o lo que tenía el Grupo de Barranquilla, compuesto por artistas y escritores de los años cuarenta y cincuenta. Sin embargo, todos ellos muestran un orden que surge de las interacciones biológicas o humanas.

En 1776, Adam Smith, el padre de la economía de mercado moderna (anticipada ya por los españoles de la Escuela de Salamanca dos siglos atrás), argumentó que, parafraseándolo, la división del trabajo es la necesaria, aunque muy lenta y gradual, consecuencia de la facultad del habla y de la razón. Smith, quien a los catorce años obtuvo una beca para estudiar en la Universidad de Glasgow y más tarde otra para la Universidad de Oxford, tuvo como primer trabajo la enseñanza de retórica a jóvenes escoceses, y nunca abandonó su idea de que el habla humana es algo fundamental para la economía (los economistas pronto perdieron interés en la facultad del habla, pero hicieron bien en volver a adquirirla luego). Una sociedad de mercado, al igual que una buena conversación o un buen concierto de rock, es flexible, innovadora, burbujeante, democrática, inintencionada y creativa. Es lo opuesto a la planificación central, y es la intersección de los pequeños y cambiantes planes de los individuos que componen nuestra sociedad.

El enfoque del sociólogo estadounidense Howard S. Becker debe contrastarse con el enfoque del sociólogo francés Pierre Bourdieu o con cualquier otra teoría social que se enfoque en los nefastos esfuerzos, como el pensamiento marxista previo a Gramsci o la teoría económica no liberal de los juegos. Becker escribió (de manera similar a otro Becker, el economista Gary) sobre su metáfora de un «mundo», «que no parece ser del todo cierta la metáfora (de Bourdieu) del “campo” [o la metáfora marxista de “clases”]. [Ésta] contiene personas, todo tipo de personas, que están haciendo algo que requiere que se presten atención entre sí [como hablar en español o encontrarse en el bar La Cueva de Barranquilla], para tener en cuenta de manera consciente la existencia de los demás y dar forma a lo que hacen a la luz de lo que hacen los demás. En un mundo así, la gente […] desarrolla sus líneas de actividad de manera gradual, viendo cómo responden los demás a lo que ellos mismos hacen, y ajustando las acciones a continuación de manera que encaje con lo que otros han hecho y probablemente hagan de ahí en adelante […]. La actividad colectiva resultante de aquello es algo que quizá nadie quería o buscaba, pero es lo mejor que cada uno podía sacar de esa situación y, por lo tanto, lo que todos, en efecto, acordaron». La metáfora del «contrato social» devuelve el orden espontáneo a la elección individual, pero es un mito, utilizado por Jean-Jacques Rousseau en 1762 para justificar el estatismo. ¿Cuándo firmó usted un contrato para usar «nosotros» como significado del inglés we?

El orden espontáneo de los adultos en un «mundo» beckeriano es la visión de la economía liberal que inicia con Smith. De todas maneras, no todos los economistas lo adoptan. Recientemente, la economista Marianna Mazzucato, por ejemplo, se ha adherido al antiliberalismo de su maestro John Maynard Keynes (1883-1946), escribiendo con mucha astucia que aquel economista estaba «en una posición de calcular la eficiencia marginal de los bienes de capital sobre la base de opiniones a largo plazo y también con base en la ventaja social general». No se explica cómo sabría el economista si se debería construir una pequeña tienda de alimentos en la esquina de Dearborn y Polk en Chicago, o si el avión anglo-francés Concorde es una buena idea o no. Nada de eso ha sido revelado.

Si crees que tal estatismo es una buena idea, ¿por qué no probamos ese estatismo en el lenguaje o en el arte o en, digamos, el rock? El rock, por ejemplo, encarna la libertad (de ambos tipos, tanto la libertad de los antiguos en la participación, como la libertad de los modernos en la elección). Por eso los tiranos odian el rock. El jazz estadounidense tuvo la misma posición disruptiva en la antigua Unión Soviética, especialmente durante la Guerra Fría. El Estado declaró que «hoy tocas jazz, mañana traicionarás a tu país». Los discos de jazz, como la Biblia o los libros de liberales como Milton Friedman, tuvieron que se introducidos en Rusia mediante el contrabando.

Es cierto que a veces sólo deseamos las comodidades que nos puede dar nuestra madre, como un regreso a la infancia, y estamos dispuestos a renunciar a nuestras libertades por un simple momento. No podemos ser Dietrich Bonhoeffer todo el día, con un inmenso coraje para «ser» y para «ser parte de», por la mañana, a mediodía y por la noche. A veces sólo deseamos consuelo. El deseo es inofensivo si no nos precipitamos al extremo y no nos consideramos niños perpetuos que deben ser atendidos por la Iglesia o el Estado, por una teoría de teocracia conservadora o de fascismo/socialismo radical.

Los liberales queremos, especialmente, asegurarnos de que otras personas también puedan ser adultas. El comportamiento infantil acaba siendo peligroso para todos porque es bastante imprudente. Ser prudente es una virtud fundamental, si no la única. Considera la conducción de automóviles en manos de adolescentes (salvo mi caso). El escritor y obrero estadounidense Eric Hoffer habló en su primer libro, en 1951, tras décadas de un mundo vuelto loco y sumergido en movimientos estatistas de masas, sobre «los verdaderos creyentes», los jóvenes soldados de las tropas de asalto que formaron parte de las filas de los movimientos revolucionarios. Un niño quiere que otros le provean, incluso que le den órdenes de matar a los comunistas o destruir tiendas de judíos. Ya sea bajo el engaño de una teoría infantil como el nacionalismo, o el socialismo, o el nacionalsocialismo, se sentirá un «adulto» al creerlo y morirá en el frente de batalla.

América Latina está repleta de adultos infantiles que poseen armas, micrófonos para dar conferencias, que se aferran al marxismo, la teoría infantil de que el comercio es explotación y que es el partido el que debe gobernar tu vida. Esto los vuelve locos. Durante las recientes protestas en Chile, décadas después de que ideas bastante liberales convirtieran a los pobres chilenos en las personas más ricas del continente, un joven creyente del marxismo ordenaría un almuerzo caro, lo comería y cuando llegara la hora de pagar la cuenta, se levantaría y anunciaría en voz alta: «Ustedes, jefes burgueses, paguen la cuenta». Luego se marcharía. Es infantil: comer pero no trabajar para poder pagar lo que comes.

El liberalismo es, entonces, la teoría de que una persona libre debe convertirse en un adulto.

Lo del «debe» es parte de la definición de la prosperidad humana. Aunque todos necesitamos amor, la gente no florece y progresa simplemente siendo una «mascota amada». A los cristianos nos gusta llamarnos hijos de Dios. En última instancia, es cierto, pero Dios, después del Edén, también quiere que seamos adultos, no mascotas infantiles. La libertad no tiene sentido si no podemos elegir pecar y nos convertimos en meros robots de Dios. La idea de autogobierno es fundamental y se conoce como libre albedrío.

La libertad, entendida como comportamiento adulto, te anima a tomar responsabilidades por ti mismo. Todas las demás teorías políticas son, por el contrario, profundamente infantiles y, en consecuencia, están locamente desesperadas por el poder.

El pensador liberal David Boaz afirmó que «en cierto sentido, siempre ha habido sólo dos filosofías políticas: libertad y poder». Las teorías no liberales son todas sobre el poder, entendido como coacción, no como los amables «mundos» de Becker. Infantilizan a la gente y le dan el permiso de actuar como niños violentos y dependientes. Considera, por ejemplo, el caso de Sendero Luminoso en Perú.

El liberal Donald Boudreaux escribió que «mucha gente cree que nosotros, los seres humanos, cuando nos dejan sin dirección de parte de un poder soberano, somos manchas inertes capaces de lograr nada, o bárbaros poco inteligentes y brutales dispuestos a robar, violar, saquear, a menos que un poder soberano nos restrinja y dirija nuestras energías hacia vías más productivas». Por eso los estatistas, tanto de la izquierda como de la derecha, creen que es necesaria la coerción, para obligar a los bárbaros y a los inoperantes a organizarse.

Hace mucho tiempo, este panorama tenía cierta plausibilidad, suficiente en la mente de sus pintores o creadores, al menos, para justificar la esclavitud o para mantener a los indonesios en el aprendizaje del neerlandés por uno o dos siglos más. Cuando los irlandeses eran analfabetos y los italianos supersticiosos, un Estado magistral parecía tener sentido. En realidad, no creo que tuviera sentido un Estado magistral o superpoderoso, pero así lo vemos en los maestros que favorecían cuadros de manchas inertes o de bárbaros brutales. Estas teorías parecen mucho menos plausibles en una época en la que los irlandeses y los irlandeses-estadounidenses tuvieron uno de los logros educativos más elevados del mundo, y los italianos, a pesar de algunas extrañas votaciones recientes, están lejos de ser bárbaros y supersticiosos.

En otras palabras, el liberalismo moderno encaja en el mundo moderno de aquello que los economistas llaman el «elevado capital humano», y lo hace mucho mejor que en el viejo modelo derechista de los campesinos dirigidos por la aristocracia o en el viejo modelo izquierdista de los proletarios incompetentes dirigidos por el Partido. Si alguna vez hubo un momento para que la gente se libere y ejerza el autogobierno, ese momento es ahora, listos para gobernarse a sí mismos de manera liberal. Ayer, se podría decir, fue el momento de la aristocracia o el Estado sobre los habitantes/niños. Ahora es el momento para un liberalismo adulto.

Entonces, ¿por qué el estatismo infantil sigue siendo tan persistentemente popular? Es porque una creencia tan infantil y basada en la magia se topa con numerosos reyes, políticos y economistas dispuestos a proveer dicha magia. «Probemos el socialismo», dicen estos niños, con un curioso y cómico desconocimiento sobre los acontecimientos en Rusia en 1917, en Alemania en 1933, en Cuba en 1959 y en Venezuela en 1999. «Esta vez —dicen— va a ser diferente porque nuestro corazón es puro.» Si la gente no decide crecer, todo esto continuará sucediendo. El poeta y ensayista italiano Giacomo Leopardi describió una escena presenciada por un amigo suyo en Florencia, en el año 1831. En la ventana del segundo piso de una casa, la gente desde la calle veía lo que creía era un fantasma. Esto fue así durante dos noches seguidas y la gente estaba aterrorizada. El amigo de Leopardi trepó y descubrió que el «fantasma» era un camisón movido por el viento e iluminado por una farola. Leopardi comentó lo siguiente: «¿Por qué esta pequeña historia? En el siglo XIX, en el corazón de Florencia, cuyos habitantes son particularmente exigentes y sofisticados, la gente todavía ve fantasmas que cree son espíritus».

Un ejemplo moderno de pensamiento mágico es la típica promulgación de un salario mínimo por ley, un tipo de ley inventada en Australia luego de 1890 y ahora muy común a lo largo del mundo entero. El político mago argumenta que al promulgar un salario mínimo alto en Sudáfrica, por ejemplo, por sugerencia del Congreso de Sindicatos de Sudáfrica, los trabajadores sindicados, bien remunerados, van a estar protegidos de la competencia, nadie saldrá perjudicado y así se acabará con la pobreza.

El político, y un sorprendente número de economistas, afirman que por arte de magia los empresarios seguirán contratando a tantos pobres como antes, aunque el costo de su contratación haya aumentado por ley. Los magos no tienen ninguna explicación de por qué los pobres en Sudáfrica, especialmente los jóvenes, tienen tasas de desempleo superiores al 50 por ciento. La izquierda en Estados Unidos hoy en día se ve bastante entusiasmada con la idea de un aumento del salario mínimo federal a 15 dólares la hora. Pero esperemos un minuto. Entonces si las meras leyes, como las que aplica el Estado, con las que nadie puede pagarte menos de 15 dólares la hora, sin importar cuán inexperto seas, hacen que los pobres estén mejor, ¿por qué no ponemos 20 dólares la hora? ¿50? ¿100? Aprobemos una ley y que todo el mundo esté mejor. Es sencillo. No hay necesidad de trabajar, invertir o ahorrar. Agitemos una varita mágica en el Parlamento y, ¡solucionado!

Creer en la magia es algo que viene de la infancia. El niño rechaza lo que Sigmund Freud llamó «el principio de realidad», y cree que si imagina que mata a su padre y se casa con su madre, y sobre todo si lo dice (el «io, io, io»), mágicamente sucederá. Del mismo modo, un niño muy joven, recuerdo, ve la obtención de bienes y servicios como el maná caído del cielo, o más exactamente caído de mamá. Algunos adultos, e incluso algunos economistas adultos, se aferran a esta visión. El antropólogo Alan Page Fiske argumenta de forma persuasiva sobre la evidencia psicológica y transcultural de que los niños desarrollan sucesivamente cuatro «formas elementales» que luego persiguen la mente de los adultos infantiles. A la primera la llama compartir en comunidad (se obtiene carne porque se es parte de la multitud, o de la familia de mi mamá); luego viene el rango de autoridad (soy el jefe, o el padre, así que obtengo más carne); y luego (parte de los primeros recuerdos de un niño a la edad de cuatro o cinco años) la igualdad de correspondencia (estamos todos juntos en esto, así que hagamos que las cantidades de carne sean exactamente iguales para todos).

Ninguna de estas tres primeras formas de asignación éticamente aprobadas hasta el momento involucran a los precios, es decir, tipos de cambio entre dos tipos diferentes, como carne por leche, por ejemplo, o puntas de flecha por pinturas rupestres. El liberalismo, en su aspecto económico, se trata de un intercambio mutuamente beneficioso, opuesto a la típica mentalidad de todas las demás teorías políticas.

Fiske explica que la cuarta forma elemental, «el precio de mercado», parece ética sólo cuando un niño tiene aproximadamente ocho años, cuando intercambia una rana por una navaja. Algunos adultos simplemente se aferran a las formas uno, dos y tres. Un comentarista de béisbol dijo sobre un intercambio de jugadores entre equipos, que «obtener cuatro proyectos interesantes por un viejo jugador es una gran victoria». El otro comentarista que lo acompañaba respondió, usando el sabio cliché que sirve para argumentar a favor del precio de mercado, que él lo llama «ganar-ganar».

El prejuicio del intercambio desigual, que se ampara en que un lado gana y el otro pierde, atraviesa la historia de la teoría política económica como un pecado original. Salió a la luz recientemente de la mano de Peter Navarro, asesor de Donald Trump en áreas de comercio exterior, contratado por Trump debido a que Navarro —con un doctorado en Harvard— lo alimentó con el tradicional estilo mafioso de Trump basado en el prejuicio de que el intercambio es una trampa respaldada por la coacción, es decir, «una oferta que no puedes rechazar». Los economistas a favor de las teorías del intercambio desigual, desde Friedrich List a Raúl Prébisch y Peter Navarro, nunca llegan a la visión preanalítica del niño de ocho años que se basa en la idea de ganar-ganar de la que hablábamos recientemente.

Incluso algunos de los mejores entre nosotros todavía conservan un sentimiento inherente de que el intercambio nos arruina y nos corrompe. Tengo un querido amigo, un brillante economista marxista, quien dice que «odia el mercado». Yo le digo, «Jack, tú no odias el mercado. Tu casa está repleta de muebles antiguos divinos que has adquirido a través de la forma elemental de los precios del mercado». A lo que él me responde: «No me importa: odio el mercado». Como el Mago de Oz, una visión preanalítica dirige el espectáculo detrás de las cortinas.

De todos modos, a mis dieciséis años estaba de acuerdo con el sentimiento de Jack, y me definía como socialista, creía en el socialismo, aunque no como Jack, ya que ignoraba bastante sobre de qué trataba el socialismo. En 1958 devoré en la biblioteca pública de Wakefield, Massachusetts, financiada por Andrew Carnegie, el libro El apoyo mutuo: un factor de evolución (1902), de Pyotr Kropotkin, y el libro Diez días que estremecieron al mundo (1919), de John Reed.

En cambio, si me hubiera topado con Dadme libertad (1943), de Rose Wilder Lane, o La rebelión de Atlas (1957), de Ayn Rand, supongo que habría tenido desde antes una mejor comprensión sobre los precios del mercado. Muchos liberales clásicos amantes del mercado llegaron al liberalismo por el camino del libre mercado, y nunca fueron socialistas. Sin embargo, la ruta del socialismo es muy común en las biografías de políticos del siglo XX, como la de Leszek Kolakowski o la de Robert Nozick, o incluso la de Mario Vargas Llosa o, para bajar algunos escalones, la de D. N. McCloskey (la ruta contraria, de liberal de mercado a socialista de Estado, es en verdad menos típica). El viejo chiste es que si no eres socialista a los dieciséis años, no tienes corazón. Si todavía eres socialista a los veintiséis, no tienes cerebro (yo me amoldo a ese dicho).

¿Por qué el socialismo ha seguido siendo atractivo desde 1848 para todas las generaciones de jóvenes, incluida la mía, incluso cuando se han visto los reiterados desastres de su aplicación en la práctica? Podemos notar que (aunque muchos economistas varones no lo hacen) todos crecemos en familias que por supuesto deben ser pequeñas comunidades socialistas, de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad, además del compartir comunitario. Los amigos también son algo similar. Erasmo de Rotterdam comenzó cada edición de su compilación de miles de proverbios a principios del siglo XVI con «entre amigos, todos los bienes son comunes». Es cierto. Si compras una pizza grande para tu grupo y luego declaras «pagué por ella, así que me la comeré toda», la próxima vez no te van a invitar. El precio del mercado es una barbaridad: entre familia y amigos se comparte todo, y en casos de política (donde están respaldados por la coerción), se comparte dependiendo del rango de autoridad y cosas por el estilo.

De esta manera, cuando alguien en su adolescencia —de manera ingenua—, dentro de una sociedad teóricamente no jerárquica —como la mía— descubre que hay gente pobre en el mundo, el primer impulso es volver a todos la propia familia de uno, una familia de, digamos, aproximadamente 330 millones de personas, algo así como una democracia social provisional. Esa misma persona no habría tenido tal impulso si hubiera sido criada en una sociedad jerárquica, ya sea aristocrática o autoritaria, en la que la jerarquía se hace ver como algo natural e incluso irremediable. Aristóteles, el tutor de los aristócratas de una sociedad donde también estaban presentes los esclavos, declaró que algunas personas son esclavas por naturaleza. Y el personaje ficticio que representa al cerdo/comisario en la novela de Orwell, Rebelión en la granja, declaró que todos los animales son iguales, pero que algunos son más iguales que otros.

El crítico literario Tzvetan Todorov informó de que Margarete Buber-Neumann (la nuera del teólogo Martin Buber) era «una atenta observadora de las realidades soviéticas en el decenio de 1930», quien «se sorprendió al descubrir que los centros de vacaciones de los empleados del ministerio estaban divididos en no menos de cinco niveles diferentes de “lujos” para los distintos rangos de la jerarquía comunista». Unos años más tarde, Margarete descubrió la misma estratificación dentro del campo de prisioneros al que la enviaron.

La otra razón por la que el socialismo puede ser atractivo para los adolescentes, a sus dieciséis años, en una economía moderna, y una razón por la tendremos que seguir refutándolo generación tras generación, para siempre, es (como sostiene el economista Laurence Lannacone) que cuanto más compleja se vuelve una economía, y cuanto más lejos la gente se percibe de los frutos de su trabajo, estando cada vez más arriba en las increíblemente largas cadenas de suministro de una economía moderna, menos obvio se vuelve el vínculo existente entre el esfuerzo y la recompensa.

Para un adolescente de hoy en día, la economía puede ser entendida como un maná arbitrario que cae del cielo para ser «distribuido» entre los miembros de la familia. En los años cincuenta, ésa era mi condición, adolescente y con un padre profesor de Harvard cuyo dinero caía sobre la familia como el maná. Para una persona dentro de una gran empresa, y aún más en una oficina del gobierno, o un monasterio, o una escuela de posgrado, y sobre todo en una familia de clase media, afectuosa, apartada del mercado, parece ser que lo más normal es la idea de compartir todo en común.

Por el contrario, una persona, incluso un adolescente que trabaja en el campo de su familia o en la pequeña tienda o negocio familiar, no tiene muchos problemas para ver la conexión existente entre el esfuerzo y la recompensa, pero además puede ser más fácil ver también las ventajas de ello. Ésa suele ser la manera en que mis alumnos entienden la economía con mayor facilidad. Comprenden, así, los fundamentos de la escasez y de la especialización, lo mismo respecto del intercambio en el que todos terminan ganando. Tengo amigos que crecieron en granjas, ordeñando vacas dos veces al día para vender la leche, los 365 días del año, sin descanso. Conocen el esfuerzo y la recompensa de ello. Conocen el mercado y son buenos economistas, y, además, muy buenos trabajadores. San Pablo de Tarso no tuvo muchos problemas para comprender este importante detalle de la economía de los cristianos tesalonicenses: «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma». Esta regla, tan contraria a la reciente interpretación del cristianismo visto como un socialismo amablemente distributivo, es la única forma de que un pequeño y amable grupo pueda conseguir que se haga una gran pizza para ser redistribuida.

No obstante, el niño de clase media de hoy día no se da cuenta de estos aspectos, pero si pasara su vida entera en una gran organización, sería de extrañar que llegara a los veintiséis años, y luego a los setenta y seis, sin entender de economía y estando a favor del socialismo. El senador estadounidense Bernie Sanders y el exlíder del Partido Laborista Británico, Jeremy Corbyn, nacieron, como yo, en 1942. En el año 1958 compartíamos la misma opinión respecto del «capitalismo»: derrocarlo. El novelista estadounidense Saul Bellow expresó, respecto de su temprano trotskismo, que «como todos los que invierten en doctrinas desde una temprana edad, no podía renunciar a ellas».

Pero ser un adulto, sin embargo, no es suficiente. Tienes que ser una persona real y completamente adulta, no un niño con ropa de adulto. Donald Trump y Jair Bolsonaro, y los teóricos marxistas, y los tiranos militares de América Latina, creen que son adultos. En realidad, uno también tiene que comprometerse a ser un adulto con ética. La ética es fundamental, tanto para la economía como para la política. Si hablamos de las instituciones, por ejemplo, la Unión Soviética tuvo tres constituciones oficiales sucesivas, cada una con cláusulas muy bonitas que supuestamente protegían la libertad de expresión, de reunión y toda una colección de liberalismos (a los tiranos del mundo moderno les sirve hablar de libertad, de una manera que no necesitaban hacerlo antes del siglo XVIII). Todas las constituciones soviéticas eran, absolutamente todas, pura «letra muerta», porque en verdad quien gobernaba era el Partido Comunista, especialmente el Politburó, y, sobre todo, Stalin. Su ética determinaba cuáles derechos se ejercían realmente y cuáles no, es decir, todo dependía de la voluntad del tirano: nada en contra de la voluntad del tirano, nada fuera de la voluntad del tirano.

A diferencia del proyecto pensado desde Nicolás Maquiavelo en 1513, y en la economía después de haber olvidado el camino verdaderamente ético que marcó Adam Smith, el egoísmo no llegaba a satisfacer del todo. Una persona completamente adulta necesita un conjunto completo de virtudes, y los antiguos lo sabían, por eso Smith escribe su Teoría de los sentimientos morales (1759) recurriendo a la sabiduría de los antiguos.

Las personas completamente adultas son los únicos seres que estarían verdaderamente interesados en formar una sociedad humana. Para decirlo de otra manera, supongamos que tienes en mente fomentar que las personas adultas sean prósperas y progresen. Si éste es el objetivo, entonces los medios científico-sociales deben centrarse, como dice Nussbaum, «en las normas éticas desde el comienzo». Tienes que poner los conejos en el «sombrero mágico» antes de hacer el truco. Para tener una sociedad que muestre prudencia, justicia, amor, fe, esperanza, coraje y templanza tienes que contar con personas que sean prudentes, justas, amorosas, fieles, esperanzadas, valientes y con templanza «desde el principio».

El «comienzo» se llama «infancia», en su mayor parte ignorada dentro de la filosofía política occidental moderna. Una filosofía político-económica debe centrarse en cómo conseguimos en primer lugar que los adultos puedan ser prudentes, justos, cariñosos, etc., y que, por lo tanto, se preocupen por cualidades tales como la buena salud, el apego emocional, la sociabilidad, etc., o también por los cambios constitucionales apropiados. Esto es lo que la economía feminista ha estado diciendo desde hace cuatro décadas, y lo que también surge de algún tipo de economía de desarrollo, e incluso, a regañadientes pero persistentemente, de campos de aspectos poco prometedores como la teoría de los juegos, la economía experimental, la economía del comportamiento, el realismo de las relaciones internacionales, el nuevo institucionalismo y la economía política constitucionalista.

Libertad es que la libertad es libertad. La libertad de un hombre o de una mujer, de adultos libres. Es la valiente libertad de «ser» y de «formar parte de». Es un equilibrio entre la libertad de los antiguos y la libertad de los modernos. Es la receta para ver a un adulto prosperar en toda la filosofía de la dignidad. Es el derecho a vivir y amar como se quiera, sin ser dominado por otro ser humano.

Lo opuesto a esto es la tiranía. En la otra novela antiautoritaria de George Orwell, 1984, el hombre del partido, O’Brien, explica lo que significa un futuro bajo el fascismo, de izquierda o de derecha: «Pero siempre —no lo olvides, Winston—, siempre habrá una intoxicación de poder, en constante aumento y cada vez más sutil…

Si quieres una imagen del futuro, imagina una bota estampada en un rostro humano para siempre». Algunas personas hoy en día, los fascistas o los casi fascistas, Action Française o el Alt-Right de Estados Unidos, parecen anhelar algo similar. Supongo que serán los partidarios de la intoxicación de poder. Recuerda que estos personajes con esos terribles anhelos autoritarios pueden poner su bota en tu cara para siempre.

No lo permitamos. No lo hagamos. Seamos maduros y adultos.

 

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Deirdre Nansen McCloskey

Deirdre Nansen McCloskey es profesora emérita de Economía e Historia y profesora emérita de Inglés y Comunicación, adjunta a los clásicos y a la filosofía, en la Universidad de Illinois en Chicago. Formada en Harvard en el decenio de 1960 como economista, ha escrito veinticuatro libros y unos cuatrocientos artículos académicos y populares sobre historia económica, retórica, filosofía, teoría estadística, teoría económica, liberalismo, ética y derecho.

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