Acabar con la pobreza en el siglo XXI: el argumento a favor de la libertad | Matt Warner

A comienzos del siglo XIX, el ingreso per cápita promedio global comenzó a aumentar constantemente y ha continuado con la misma tendencia hasta la actualidad. La economista e historiadora Deirdre N. McCloskey llamó a esto el período de Gran Enriquecimiento debido al aumento sin precedentes de los ingresos en un 3.000 por ciento, que mejoró enormemente nuestro nivel de vida. 1 La causa principal de este impresionante cambio no fue la acumulación de capital o la industrialización per se, sino el tipo de innovación que se expandió a lo largo de nuestro planeta y que se hizo posible cuando comenzamos a ver a los seres humanos de una manera diferente. Fue cuando comenzamos a entender y a tomarnos en serio la idea de la dignidad humana.

El concepto de dignidad humana había estado carburando los motores en la conciencia humana durante un buen tiempo. La firma de la Carta Magna en 1215 fue un intento limitado pero fundamental para avanzar hacia la igualdad ante la ley. Luego, la firma de la Declaración de la Independencia de Estados Unidos en 1776 y el principio de la igualdad ante la ley, sumado a la apuesta por la libertad humana —aunque de maneras imperfectas en su momento, claro— fueron grandes avances para lograr el ideal universal de la dignidad humana. Es que las personas no deben ser consideradas como medios para un fin de otros o de algún ente.

En 1948 se firmó en París la Declaración Universal de los Derechos Humanos a través de las Naciones Unidas, y ha sido difundida ampliamente desde entonces en más de quinientos idiomas, comenzando con el siguiente preámbulo: «Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana». 2

Tras la caída del Muro de Berlín en 1989, los ideales de la libertad y la democracia se expandieron. En 1990 había más autocracias que democracias en el mundo. Hoy en día, hay más democracias que autocracias, y durante ese mismo período, 3 hasta el día de hoy, y a pesar del crecimiento demográfico, el porcentaje de personas en todo el mundo que viven en niveles de pobreza extrema (definida como el hecho de vivir con un dólar al día o menos) ha disminuido del 36 por ciento en 1990 a menos del 9 por ciento en la actualidad. 4

Pero ¿cuál es la relación entre la idea de dignidad humana y el fin de la pobreza?

Para empezar, tenemos que comprender que la concepción actual de «dignidad humana» significa mucho más que respetar a todos los seres humanos. Implica respetar el derecho de los demás a tomar decisiones por sí mismos y hacerlo porque, además, sólo ellos y ningún otro burócrata sabe qué es mejor para uno mismo. El economista y premio Nobel, Friedrich Hayek, hizo énfasis sobre este punto en su libro El uso del conocimiento en la sociedad:

Hoy en día, es prácticamente una herejía sugerir que el conocimiento científico no es la suma de todo el conocimiento. Pero una pequeña reflexión demostrará que sin duda existe un conjunto de conocimientos muy importantes pero desorganizados que no puede llamarse científico en el sentido del conocimiento de reglas generales: el conocimiento de las circunstancias particulares de tiempo y lugar. Es con respecto a éste que prácticamente cualquier individuo tiene cierta ventaja sobre los demás, dado que posee cierta información única que puede usarse beneficiosamente, pero sólo si se le dejan a él las decisiones dependiendo de dicha información o éstas son tomadas con su activa cooperación. 5

A menudo pensamos que el conocimiento es en realidad «tener experiencia», del tipo que pueden poseer los profesionales, académicos y tecnócratas para tomar decisiones. Pero si usamos la idea de dignidad humana como nuestro principio rector por sobre todas las cosas, nos daremos cuenta muy rápidamente de que los individuos en las comunidades de bajos ingresos y recursos saben muchas cosas que los de afuera no saben. Además de las habilidades o la comprensión técnica que una persona pueda tener, cada individuo también sabe más que nadie sobre sus propias preferencias, valores, esperanzas, metas, creencias, pasiones y compensaciones. Todo ese conocimiento va a influir de manera decisiva en sus elecciones personales y decisiones, y aquellas decisiones van a afectar a los resultados sociales y económicos de la sociedad en general.

Hoy en día, es prácticamente una herejía sugerir que el conocimiento científico no es la suma de todo el conocimiento.

Además, gran parte de este conocimiento es tácito, lo que implica que no puede ser aprendido o conocido de antemano por otra persona, entre otras cosas porque el poseedor puede no ser consciente o no ser capaz de articular de manera segura por qué acaba tomando ciertas decisiones, o en qué condiciones se equilibrarán determinados valores frente a diversas situaciones o intercambios. El economista del siglo XIX, W. S. Jevons, observó que «toda mente es incomprensible para otra mente y no es posible tener un denominador común de los sentimientos». 6

Y, sin embargo, aunque a veces no lo parezca, este tipo de conocimiento es muy importante. El hecho de no tener en cuenta la influencia y la relevancia que tiene este tipo de conocimiento en la actividad económica y social hace que los tecnócratas caigan en sus típicos errores de cálculo una y otra vez. Afortunadamente, hemos descubierto una manera mucho más eficiente de utilizar todo ese conocimiento en la sociedad, institucionalizando nuestros valores compartidos de dignidad humana dentro de nuestros sistemas de gobierno. Resulta que limitar los poderes del Estado, exigir la libertad para todos y aplicar el imperio de la ley de manera igual para toda la ciudadanía, de manera justa y previsible (en la manera en que hemos podido lograrlo, claro que no todas las democracias han alcanzado este ideal), termina creando un buen entorno para que los problemas puedan ser resueltos. ¿Por qué? Porque hace posible una amplia y descoordinada (aunque coordinada en una red) experimentación, una interacción y un inmenso aprendizaje. En resumen, es la evolución comprendida como un mecanismo de búsqueda constante de soluciones. 7

Consideremos este interesante ejemplo. La empresa de jabones Unilever, años atrás, se enfrentó a un gran problema. La boquilla que habían utilizado para rociar la sustancia química que producía la espuma del jabón y lo hacía salir era irremediablemente ineficiente: no funcionaba. Los diseñadores del producto no lograban encontrar una versión mejorada. Como un último esfuerzo, decidieron contratar a un biólogo evolutivo para que les echara una mano. No sabía cuál era el diseño correcto de la boquilla, pero conocía bien el proceso de innovación que requería para su descubrimiento. Creó aproximadamente diez variaciones de la antigua boquilla y las probó todas. Luego tuvo en cuenta el mejor rendimiento de cada una y repitió el mismo proceso. Lo hizo cuarenta y cinco veces hasta que descubrió el diseño de la boquilla estándar tal como la conocemos hoy en día. Es extremadamente más eficiente, y nadie sabe por qué el diseño particular que tenemos hoy día funciona tan bien. 8 Este experto sabía que su experiencia no era el diseño de una boquilla perfecta, sino que ésta se basaba en descubrir el proceso que le permitiera el surgimiento de la mejor solución al problema.

De la misma manera, nuestros sistemas de gobierno deben generar un marco en el que se proteja ese proceso de innovación humana. Las personas, insistimos, son fines en sí mismos, no medios para un fin social colectivo. Las instituciones que protegen la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad también protegen el proceso de innovación individual, la investigación y el aprendizaje constante.

El resultado derivado de todo esto es un proceso de innovación nunca antes visto, sumado a la difusión masiva de la innovación y la reducción de la pobreza a niveles sin precedentes. Así es como el mundo se hizo más rico y como mucha más gente también puede sumarse a este proceso de enriquecimiento constante. Sin embargo, gran parte de lo que las naciones ricas han hecho para ayudar a los países más pobres o subdesarrollados y a las comunidades de bajos ingresos durante los últimos cincuenta años a menudo ha ido en contra de la fórmula exitosa basada en la dignidad humana.

Los países ricos y desarrollados gastan más de 150.000 millones de dólares al año en ayuda exterior 9 y, sin embargo, casi la mitad de la disminución de la pobreza en los últimos cuarenta años se ha producido en países que han recibido poca o ninguna ayuda exterior. 10 Es más, esto deja expuesto el gran fracaso de los proyectos de desarrollo a partir de la ayuda exterior.

En 2013, la periodista Nina Munk publicó un libro donde detallaba el fracaso absoluto que representaba el Proyecto Aldeas del Milenio de Jeffrey Sachs —una inversión de 300 millones de dólares que partía de una estrategia para acabar con la pobreza en varios países africanos— y terminó siendo una vergüenza mundial para todos los técnicos y expertos que procuraban salvar la vida de la gente en las comunidades locales de África. 11

El gran reto a nivel mundial debe ser apostar por el desarrollo económico a partir de la libertad: dejar que las personas experimenten y aprendan es algo crucial. Para maximizar la experiencia y el aprendizaje, las personas de las comunidades de bajos ingresos deben tener mayor libertad para descubrir por sí mismas qué es lo que les funcionará mejor. Para ello necesitan instituciones de gobiernos pequeños y limitados que protejan su libertad de experimentar y de elegir, y que cada individuo pueda tomar sus propias decisiones. Necesitan poder abrir sus microempresas, construir sus viviendas, comerciar con los clientes dondequiera que estén en el mundo, y así tener cada vez mayores oportunidades.

A veces, los gobiernos que lo ven desde afuera creen tener el poder de decidir por las demás personas. Aunque en ocasiones éstos se adjudiquen títulos de «conocedores especializados en las áreas pertinentes», siempre carecerán de los conocimientos más básicos y esenciales que sólo cada individuo conoce sobre sí mismo, sus preferencias y sus valores, que determinarán qué tan idónea o no es una decisión. Las soluciones a la pobreza siempre vendrán de los propios individuos en función de sus propias decisiones, bajo instituciones que permitan este entorno de libertad, pero nunca vendrán de gobiernos que se crean con la potestad de decirnos qué hacer. Ampliar las opciones de cada uno es la verdadera labor de los esfuerzos para desarrollarse y progresar. El fortalecimiento de las instituciones de gobierno que protegen estas opciones de libertad de empresa y libre desarrollo individual debe ser el objetivo de todos los que estén motivados a ponerle fin a la pobreza extrema.

La evolución de las instituciones resulta algo crucial en este sentido. Tras la caída del Muro de Berlín, algunos expertos bienintencionados de Washington, Nueva York, Londres y otros lugares del mundo iniciaron una cruzada para fomentar las instituciones de la democracia liberal a lo largo del mundo y hacer que la gente apostara por ellas. La ironía es que muchos de los gobiernos que siguieron a continuación contaron con una importante cuota de ingeniería social, estatismo y mercantilismo económico, en vez de apostar por instituciones liberales. Cayeron, una vez más, en la fatal arrogancia de la que nos habló Hayek. A partir de entonces, hemos visto el resurgimiento de impulsos nacionalistas y populistas.

La democracia liberal es, como sostienen los politólogos Ivan Krastev y Stephen Holmes en su reciente libro La luz que se apaga, la organización de derechos humanos más exitosa del mundo entero. 12

¿Qué puede hacer la gente que quiere ayudar a que se acabe la pobreza a lo largo del mundo?

Es hora de dejar de intentar diseñar las boquillas perfectas, dejar de esperar que podamos resolver la pobreza de los demás a través de nuestra propia experiencia. En su lugar, debemos reconocer que las soluciones a la pobreza surgen a través del descubrimiento cuando creamos los procesos correctos, los incentivos y las condiciones adecuadas para que la gente experimente en libertad e impulse al máximo su potencial humano y sus propias capacidades. Todo esto se logra con gobiernos limitados, Estado de derecho, derechos de propiedad y mercados libres.

En primer lugar, debemos reorientar nuestras instituciones hacia la cooperación voluntaria de los individuos y no hacia la estrategia intervencionista del gobierno. La experiencia es de vital importancia. Por otro lado, debemos apoyar la creación de las organizaciones no gubernamentales locales que exponen su visión y estrategias para fortalecer las instituciones de la democracia liberal.

A fin de cuentas, la dignidad humana y la libertad que necesitamos siguen siendo los antídotos más potentes y prometedores contra la pobreza. Como el Nobel y economista Amartya Sen explica en su libro El desarrollo como libertad:

Para contrarrestar los problemas a los que nos enfrentamos debemos ver la libertad individual como un compromiso social […]. La expansión de la libertad es vista en este enfoque tanto como el fin primario como el principal medio de desarrollo. El desarrollo consiste, así, en eliminar la falta de libertad que deja a las personas con pocas opciones y pocas oportunidades de ejercer sus propias capacidades. 13

Eliminar «la falta de libertad» es la clave para acabar con la pobreza. Los que esperamos que la población mundial restante que todavía vive en condiciones de pobreza extrema se una a la prosperidad, debemos tener cuidado en saber cuál es y cuál debe ser nuestro papel a la hora de ayudar. Los individuos mismos deben ser los propios héroes de sus propias historias, no nosotros, ni la ayuda externa, porque respetamos su dignidad humana y sabemos que su conocimiento importa.

Notas

  1. McCloskey, Deirdre y Art Carden, Leave Me Alone and I’ll Make You Rich: How the Bourgeois Deal Enriched the World, University of Chicago Press: Chicago, 2020.
  2. Naciones Unidas: <https://www.un.org/en/universal-declaration-hu man-rights/>.
  3. <https://ourworldindata.org/grapher/numbers-of-autocracies-and-democracies>
  4. <https://data.worldbank.org/indicator/SI.POV.DDAY? locations=1W&amp;start=1981&amp;end=2015&amp;view=chart>.
  5. <https://www.econlib.org/library/Essays/hykKnw.html>.
  6. En Sen, Amartya, Development as Freedom, Anchor Books, Nueva York 2000, p. 67.
  7. Para ampliar la información sobre este tema, véase Beinhocker, Eric, The Origin of Wealth: Evolution, Complexity, and the Radical Remaking of Economics, 2007.
  8. Para más información sobre esta historia, véase la conferencia Ted Talk del economista Tim Harford: <https://www.youtube.com/watch?v=K5wCfYujRdE>.
  9. <https://www.oecd.org/dac/financing-sustainable-development/development-finance-standards/official-development-assistance.htm>.
  10. <https://scholar.harvard.edu/nunn/publications/rethinking-econo mic-development>.
  11. Munk, Nina, The Idealist: Jeffrey Sachs and the Quest to End Poverty, Anchor Books, Nueva York, 2013.
  12. Krastev, Ivan, y Stephen Holmes, The Light that Failed: Why the West Is Losing the Fight for Democracy, Pegasus Books, Nueva York, 2019, p. 5.
  13. Sen, 2007, op. cit., p. XII.
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Matt Warner

Matt Warner es presidente de Atlas Network, una organización sin fines de lucro comprometida con el apoyo a ONG locales en más de noventa países. Matt es el autor de Poverty and Freedom: Case Studies on Global Economic Development.

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