A lo mejor eres feminista liberal, y no lo sabes | María Blanco

El feminismo liberal consiste en mirar los problemas presentes, derivados de muchos años de una situación de desigualdad de la mujer ante la ley, desde el prisma de los principios libertarios.

El liberalismo es una mirada intelectual que permite plantear cualquier tipo de problema: no hay temas tabúes. No es un libro de recetas, es decir, permite que cada persona camine por su senda siempre que no obligue a los demás a hacerlo. Desde este punto de vista, se puede mirar a nuestra sociedad y pensar si la situación de las mujeres en un momento y lugar determinados es problemática, van en contra de los principios liberales y si tienen solución sin transgredirlos.

El feminismo liberal no es actual: esto no es un invento mío, ni de nadie, viene desde hace siglos, cuando la mujer no tenía igualdad ante la ley en casi todo el mundo. Era un mundo en el que no tenía acceso a la educación universitaria, se le limitaban los caminos que podía escoger, no tenía participación en la vida política, etc. Es entonces cuando aparece el feminismo como un movimiento que defiende el derecho de las mujeres a ser iguales ante la ley: estudiar en las universidades, votar, ocupar cargos públicos, gestionar su patrimonio, conducir automóviles.

Además, solemos pensar con una mentalidad muy occidental y creemos que en todos los sitios la mujer ya logró todo, y no es cierto. En regiones y países deprimidos, o en naciones donde la cultura y la religión son diferentes, la mujer es considerada una ciudadana de segunda categoría. Esas injusticias hay que seguir denunciándolas y luchando por su desaparición.

En nuestras sociedades occidentales, hay determinadas circunstancias en las que, aunque en la letra de la ley somos iguales, en la aplicación no. ¿Por qué? Por la mentalidad. Estos casos son, precisamente, los que suscitan más polémica y una mayor confusión.

Por un lado, quienes defienden una mentalidad más conservadora, creen que el rol de la mujer es el tradicional: la casa, los niños, los ancianos. Por otro lado, quienes defienden una mentalidad más moderna, creen que el rol tradicional de la mujer ha sido superado. Esta diferencia de opinión no es relevante. Cada cual puede vivir de acuerdo con sus creencias sin tratar de imponerlas a los demás.

Pero ¿qué sucede cuando se educa a las niñas en la creencia de que son inferiores para determinados estudios y actividades, cuando se les enseña a autolimitarse y autocensurarse? O, por poner el caso contrario, ¿qué sucede cuando se les enseña a los niños que son los responsables absolutos de llevar el dinero a casa y que no pueden expresar ninguna debilidad, sino aparecer siempre como quien toma las decisiones más importantes y manda en la familia? Esas niñas y esos niños no podrán desarrollar sus personalidades adecuadamente. Pero no es tarea del gobierno decidir quién tiene que pensar qué cosa, o cómo se ha de educar a los hijos. Al menos, siempre que no se promocione la transgresión de los principios básicos, como son el cumplimiento de los contratos, el respeto por la propiedad privada y por la integridad física y moral de todos.

¿De quién es esa tarea? De la sociedad civil. Somos los ciudadanos quienes tenemos que hacernos con las riendas, en lo que se refiere a la defensa de los valores en los que creemos. ¿Queremos o no una sociedad del siglo XIX? Es responsabilidad de cada uno de nosotros y no del Estado. No se debe pedir a los gobiernos que legislen para proteger mi creencia, mi religión, mi mentalidad o mi cultura.

Por eso, el feminismo liberal defiende la igualdad de la mujer en la comunidad desde la sociedad civil, dejando de lado al Estado. ¿Usted cree que las niñas y los niños pueden optar a los mismos trabajos? Edúquelos de manera que sus límites estén fuera de sus mentes y que afronten su futuro sin miedo.

Lo que está sucediendo, cada vez más, es que bajo una pretendida pluralidad, se oculta la negación del que no piensa como tú, tanto desde un extremo del arco político como desde el otro. Y, en el tema concreto del feminismo, la cosa no es diferente.

Por ejemplo, algunos grupos dentro del sector que propone un rol muy tradicional para las mujeres niegan que existan situaciones injustas que, aunque no deben ser delegadas en los gobernantes, sí deben ser expuestas ante la sociedad, de manera que sean los ciudadanos los que elijan cuál es su camino. En ese proceso, aludir a estudios supuestamente científicos, o emplear las malas artes de la culpa o el miedo no son deseables. Intentar demostrar científicamente que hay razas inferiores es racista. Intentar demostrar que un sexo es inferior es machista. En el otro lado del «ring» intelectual están quienes niegan lo que nos muestra la biología: somos diferentes. Pero la diferencia no implica superioridad o inferioridad. Ni tampoco excluye a nadie de un empleo, ocupación o del disfrute de ninguna libertad. En este sentido, me gustaría destacar el minusvalorado rol de los padres, que se han visto recluidos al papel de ser quienes llevan el pan a casa y no se les ha permitido ocuparse de la educación afectiva de los niños. Por suerte, poco a poco, la sociedad se ha dado cuenta de que las mujeres pueden hacer muchas más cosas que quedarse en casa limpiando y cuidando a los hijos. Y, paralelamente, hemos aprendido que el hombre es mucho más que un mero proveedor y que cumple una tarea muy importante en el cuidado de la casa y de los niños.

 

El camino a la libertad de las mujeres

El cambio ha sido posible gracias al desarrollo del capitalismo. Esta afirmación suele sorprender porque, hoy en día, no se sabe muy bien qué es el capitalismo. En parte, esto es culpa de quienes lo defendemos. Porque, al levantar la bandera del mercado libre, la empresarialidad, la limitación de las interferencias estatales en la libre actividad de los individuos, se nos han asociado algunos empresarios parásitos que, en cuanto han podido, han obtenido privilegios gubernamentales a cambio de financiar campañas electorales. ¿Cómo diferenciar a los empresarios liberales de los que no lo son? Por sus actos. No hay otra manera, porque no hay carnet de liberal y no hay un análisis en laboratorio como el que permite saber si tu sangre es 0 negativo o A positivo. Tampoco se trata de un club, sino de una manera de mirar el mundo y de ser mejor persona. Tal vez no hemos denunciado lo suficiente a los empresarios corruptos, los protagonistas de lo que se conoce como cronismo, el capitalismo de amigotes. Una expresión rara que designa lo que siempre se ha llamado «mercantilismo». El mercantilismo era el sistema económico basado en privilegios de la época de las monarquías absolutas europeas. Es retrógrado, injusto y se basa en el uso de la ley por el poderoso para su propio beneficio.

Por eso creo necesario dejar claro de qué hablamos cuando digo que el capitalismo es el mejor amigo de la mujer. Se trata de un sistema económico, un modo de organizar las relaciones económicas de los diferentes agentes, basado en la libertad individual. Es un sistema en el que se intentan minimizar los privilegios y la coacción. Por eso, la distribución de los recursos se produce de manera voluntaria en función de la valoración de unos y otros. Ese modo de organizar es el mercado. Los privilegios se eliminan permitiendo que la competencia genere incentivos en toda la población e impidiendo que el gobierno utilice su acción coactiva para favorecer a algunos empresarios, o a algunos consumidores.

Es curioso lo que enfurece a la izquierda resaltar lo importante que es el capitalismo para la emancipación, no sólo de la mujer, sino de todos los ciudadanos. Se llevan las manos a la cabeza mientras acuñan un nuevo término, «la violencia económica», como una de las formas en las que se manifiesta la violencia de género. Se ven obligados a destinar importantes recursos para ayudar a salir de la dependencia económica a las mujeres, especialmente si son madres, que sufren el horror del maltrato. Y parece lo justo. Pero, esa caridad mal entendida, encadena a esas mujeres a depender de la ayuda del gobierno, de todos los ciudadanos, a encontrar un puesto de trabajo «por favor». La alternativa sana sería que, desde niñas, las mujeres sintamos la misma obligación que los hombres de ser capaces de mantenernos por nosotras mismas y no depender de nadie. Incluso si una mujer decide formar una familia y tener hijos, lo que implica que durante unos meses va a dedicar casi todas las horas de sus días a cuidar del bebé, es muy importante que se entienda que se trata de algo transitorio. En primer lugar, para que el padre se mentalice de que no tiene que limitarse a «ayudar» en la crianza, sino que ha de compartirla. En segundo lugar, para que, si decides ser dependiente por la razón que sea, tengas claro cuál es el coste a largo plazo de tu elección. Las personas somos libres si somos responsables. Es decir, tu libertad individual va esencialmente unida a tu responsabilidad individual. Y eso afecta al presente y al futuro. Tus actos de hoy determinan tu mañana.

De esta forma, la decisión de delegar en otra persona o institución tu manutención, significa que renuncias a tu responsabilidad y, por tanto, a tu libertad. Si, en un futuro, quien te mantiene (sean los padres, la pareja o la administración pública) decide exigir a cambio algo que inicialmente no estaba planteado encima de la mesa, algo a lo que no estás dispuesta, te va a resultar muy difícil recuperar tu libertad y volver a responsabilizarte de tu supervivencia económica. A pesar de lo cual, ninguna instancia superior tiene la potestad de dictar una ley que regule estas cuestiones, dado que es competencia exclusivamente individual. Eso sí, los ciudadanos deben tener claro el significado y las consecuencias de la dependencia.

¿Qué sistema económico ha permitido la independencia económica individual? El capitalismo. Si nos detenemos a analizar las bases del mercado, veremos que la función del empresario es básica. Un empresario es una persona que utiliza sus recursos para lograr sus fines, decidiendo los medios, el camino. En ese sentido, Mises afirmaba que todos somos empresarios de nuestra propia vida. Y yo estoy de acuerdo. Es más, creo que es muy sano plantearse la vida de esa manera. Yo tengo mis fines, que responden a mis valores, y empleo mis recursos, mi potencialidad física e intelectual, para lograrlos, eligiendo mi propia senda. Y lo hago sola, o de manera compartida, en la medida que me parezca bien. Un empresario arriesga lo que es suyo para lograr sus beneficios, reúne la información que necesita, calcula los costos de cada alternativa, tiene en cuenta el costo de oportunidad, es decir, el valor de la alternativa que rechaza, y con todo eso, emprende una acción en un entorno de incertidumbre. Si lo trasladamos a la mujer, parece claro que la elección está fundamentada en los valores. Ellos te llevan a emplear tu capacidad potencial para tomar un camino u otro. Pero, además, si optas por la dependencia, estás transmitiendo ese valor a tus hijos, a través de tu ejemplo. La sociedad será dependiente. Lo mismo sucede con las demás elecciones. No solamente hay que considerar las consecuencias a corto plazo para ti. Es importante entender que nuestro ejemplo es una señal para las futuras generaciones. Si quieres que la sociedad del futuro sea liberal, vive de acuerdo con esos principios, transmítelos a los tuyos.

Una mujer que elige trabajar, ahorrar, invertir, ser dueña de sus errores y rectificar a partir de ellos, no renuncia a la vida de familia, en la misma medida que un hombre que elige trabajar, ahorrar, invertir y mejorar a partir de sus errores tampoco lo hace. En esa afirmación hay que señalar que, en general, nadie se plantea que el hombre pueda elegir quedarse en casa en lugar de trabajar. Esa constatación nos lleva a un punto difícil: la diferencia salarial entre hombres y mujeres.

La sociedad está organizada de manera que los hombres ganan más, no porque el sexo masculino sea superior, sino porque la productividad media a lo largo de su vida laboral es mayor que la de la mujer. Obviamente si una mujer tiene bajas maternales cada vez que tiene un bebé, su productividad medida a lo largo de su vida laboral va a ser menor. Si fuera el hombre el que disfrutara de bajas laborales, o bajas tan extensas como las de la mujer, es muy posible que la cosa fuera diferente. Pero los cuatro o cinco meses de crianza son difíciles de soslayar. ¿Es justo? A mí no me lo parece. Dice muy poco de los empresarios y de las empresarias que no consideran el valor total de la aportación de las madres trabajadoras. No obstante, no debe haber ninguna ley que regule esa diferencia, que no se debe a que un sexo sea inferior, sino a las circunstancias y decisiones privadas de las parejas. Es potestad exclusiva de las personas propietarias de las empresas decidir qué pasa con ese tema. Y es la sociedad civil la que debe reclamar políticas conciliadoras. La cultura se cambia con pequeños avances.

Hay estudios en los que se demuestra que la productividad media de los trabajadores aumenta cuando el ambiente es más fluido y cuando hay un vínculo personal con la empresa. La conciliación, especialmente después del confinamiento, que nos ha enseñado todo lo que se puede trabajar desde casa, es una asignatura pendiente de la sociedad que está en vías de solucionarse.

Es curioso lo que enfurece a la izquierda resaltar lo importante que es el capitalismo para la emancipación, no sólo de la mujer, sino de todos los ciudadanos.

La libertad sexual

Junto con el dinero, el sexo es el tema más polémico de todos, no solamente hoy en día, sino en todas las épocas. A pesar de los siglos de historia que hemos pasado, los humanos posmodernos y ultraconectados del siglo XXI también seguimos escandalizándonos cada vez que surge una cuestión relacionada con el sexo. Y suelen darse dos reacciones muy humanas: la hipocresía y la negación.

Hipocresía la de quienes piden respeto a sus ideas sobre la sexualidad y no son capaces de respetar las de los que no piensan como ellos: esto se refiere tanto a quienes son más progresistas como a quienes lo son menos. A menudo, en ambos casos se pide ayuda estatal: sea a través de subvenciones a las familias numerosas, sea a través de financiación total o parcial del cambio de sexo.

No todo el mundo tiene la misma visión de lo que debe ser una vida sexual sana y adecuada. Algunas personas consideran que es una cuestión tan frívola como beber o comer, una función orgánica más. Estas personas se olvidan del sufrimiento que traen consigo los trastornos alimentarios. No todo el mundo come por hambre, hay quien desarrolla una relación ansiosa con la comida. Con esta reflexión, quiero decir que la naturaleza humana es más compleja. En lo que se refiere al sexo, como en lo demás, cada quien es cada cual, siempre que sea entre adultos y consentido. No se puede intentar que haya un comportamiento homogéneo en la sociedad. Ni puede imponerse la castidad al cien por cien porque mi religión lo dice. Ni tampoco es sensato señalar y demonizar a quien no comparte tu idea del poliamor, de sexo sin distinción de género ni número, en la práctica, como si tuvieras el monopolio de lo que debe ser. La decisión de limitar cuándo, con quién y de qué manera se tiene sexo, o no limitarlo, es particular. Cada persona madura en este terreno en función de muchas circunstancias: la educación, los amigos, las creencias, los miedos adolescentes, la comunidad en la que vive. Lo normal es que tu percepción acerca de qué te hace sentir cómoda, y qué necesitas o no, vaya cambiando contigo.

Lo cierto es que, a lo largo de la historia, la sexualidad femenina ha sido siempre un arma, no de los hombres, sino de los pueblos. Mantener pura la tribu para que el linaje perdurara implicaba asegurar que ninguna doncella se mezclaba con alguien no aprobado por el resto, en concreto, por los jefes de la comunidad. Por otro lado, la invasión demográfica depende del crecimiento de la población, y éste depende del número de hijos que las familias estén dispuestas a criar. Si asumimos esos supuestos, es perfectamente comprensible que, en épocas pasadas, se penalizaran los comportamientos sexuales que no conducían a la procreación, que se sacralizaran las relaciones sexuales, que se amedrentara a las jóvenes vírgenes para impedir que se enamoraran de quien no era apto, fuera por su linaje extranjero, fuera por su incapacidad de mantener a la prole. Incluso se acordaban los matrimonios desde la infancia, bendecidos por un sacerdote, aunque no hubiera amor verdadero. Una aberración mantenida durante siglos inexplicablemente.

Pero eso valía para el siglo XVIII, no para el siglo XXI. Hoy en día, las familias capaces de criar hijos no son necesariamente heterosexuales, ya que hay diferentes medios por los cuales las parejas homosexuales pueden tener hijos, como la adopción o la gestación subrogada. Hoy en día, hay diferentes procedimientos para que las mujeres no se queden embarazadas si no quieren.

La salud sexual está más desarrollada y al alcance de todos que nunca. Aun así, todavía hay prejuicios que mantienen a oscuras a los adolescentes de algunos sectores de la sociedad. Lejos de infundirles una moral más conservadora, la oscuridad, el miedo y los tabúes suelen conducirles por el camino de la estricta obediencia temerosa, la represión, y todos los problemas conductuales y sociales que conlleva.

¿Qué se supone que debe recomendar el pensamiento libertario? Pues lo de siempre: mientras no se transgredan los principios fundamentales (respeto a la vida, cumplimiento de contratos, respeto a la propiedad privada), cada cual puede elegir libremente (es decir, responsablemente) los medios que le conducen a sus fines, y eso incluye su planteamiento acerca del sexo, siempre consentido y entre adultos. Lo repito porque, de vez en cuando, mentes obtusas y reprimidas se empeñan en asociar la libertad sexual tal y como la planteo con la pederastia. Por ejemplo, en Twitter sugirieron que Juan Ramón Rallo aceptaba la pederastia por decir que los órganos sexuales empiezan a desarrollarse en la prepubertad, lo cual es un hecho biológico sin más. También se intentan demostrar cosas como que la homosexualidad o la transexualidad son antinatura. La naturaleza es la que hace que el pez payaso cambie de sexo para poder procrear. La naturaleza es la que lleva a una persona a sentirse atraída por otra de su mismo sexo. En fin, los humanos somos criaturas de la naturaleza, que es la que nos ha dado un cóctel hormonal particular, y las relaciones afectivas o sexuales que mantengamos pueden ser anómalas, o poco frecuentes, pero no antinatura. Es interesante comprobar que quienes argumentan que todas las relaciones que no conducen a la perpetuación de la especie van en contra de la naturaleza, están en contra de la adopción homosexual o de la gestación subrogada, que permite aumentar la población y asegurar un futuro a niños que, de otra manera, no lo tendrían.

Más allá de los argumentos y contraargumentos, creo que hay que plantear el sexo con más frecuencia, con mayor rigor y cuidado, con más respeto al otro. Mucho más seriamente que cuando se habla, por ejemplo, de temas monetarios como el bitcoin o la transformación digital. Esos temas, siendo relevantes, no lo son tanto como el respeto por la libertad sexual del otro (insisto: entre adultos y consentido). La razón es que este respeto es una buena prueba de fuego de la coherencia de cada uno con los principios libertarios. ¿Es usted capaz de respetar una visión del sexo diferente a la suya sin mentir, denostar al otro, ni demonizarlo, tanto si ese otro es firme defensor de la castidad absoluta como si el sexo le parece irrelevante?

 

El problema de la mujer

¿Hay un problema de la mujer? Hay muchos problemas. Hay muchas mujeres. Hay temas problemáticos que afectan a una mayoría de mujeres debido a diferentes factores: la pobreza, la mentalidad, la cultura heredada del pasado. Resolver esos conflictos forma parte del avance de la sociedad, de la misma forma que nos enfrentamos también a otros dilemas que afectan a los hombres, a los niños, a los ancianos.

Es muy importante darse cuenta de que una sociedad es un sistema hipercomplejo, dinámico, en permanente evolución, adaptativo, que no necesita de planes impuestos coactivamente desde arriba. Más bien al contrario, es preciso ser conscientes de que somos cada uno de nosotros, y todos de manera espontánea, quienes tenemos en nuestra mano elegir un camino u otro para perpetuar la sociedad resolviendo esos conflictos.

También hay que tener en cuenta que, paradójicamente, es el propio carácter dinámico de la sociedad el que los causa. Las instituciones y estructuras que valían en otras épocas, y que han dejado una impronta en la mentalidad de las personas más mayores, sufren mutaciones lentas, que provocan rozamientos entre las nuevas generaciones y esos vestigios del pasado. No se trata de hacer desaparecer todo lo logrado. Hay que conservar aquello que permite que seamos mejores personas, primero como individuos y, porque somos seres sociales, también como comunidad. Por ejemplo, el libre comercio es una institución que nos hace avanzar y relacionarnos pacíficamente.

La evolución social no implica esa destrucción creativa que nos contaba Schumpeter, sino cambio adaptativo. Un cambio que sucede, normalmente, a lo largo de un tiempo lo suficientemente extenso como para que no se produzca un shock brutal, sino que asumamos los cambios y los integremos como parte del ADN de la comunidad.

Lo relevante es que no nos dejemos llevar por la confusión y la desinformación, que seamos impermeables a los señalamientos morales de un lado y otro, y sepamos agarrarnos a los principios y valores que nos sustentan como personas.

En este sentido, los principios libertarios, que presuponen no cargar el peso sobre más hombros que los nuestros, exponerse a la competencia para llegar a la excelencia y el respeto irrestricto hacia las formas de vida de los demás, son un buen punto de referencia para analizar lo que pasa alrededor.

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María Blanco

María Blanco es doctora en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Complutense de Madrid y profesora de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad CEU-San Pablo. Su principal tema de investigación se centra en la metodología económica, a la que dedicó su tesis doctoral Los debates sobre el papel de las matemáticas como instrumento de investigación en el análisis económico, dirigida por el catedrático de la Universidad Complutense de Madrid Carlos Rodríguez Braun.

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